Muy a menudo, cuando no generalmente, se ha procedido a utilizar de modo
indistinto las vocablos de integración y de cooperación internacional. Antes de definir los mismos
decimos que la cooperación es el paso previo a la integración, aunque posteriormente esta no se
concrete.
La hipótesis del presente trabajo es que, en el marco de América latina, la
integración regional debe constituirse, definitivamente y a pesar de los fallidos intentos, en la
herramienta de inserción de la región en el sistema internacional.
Se entiende por cooperación internacional entre Estados a los lineamientos y
principios que caracterizan la relación entre dos o más países, acordando un objetivo común, como
por ejemplo, la investigación conjunta entre varios países en la exploración de hidrocarburos.
Cuando la cooperación se profundiza, se podría estar transitando hacia una nueva
fase, la integración, que está representada por el conjunto de medidas tendientes a suprimir
algunas formas de discriminación, es decir, las barreras al libre comercio.
Cuando hablamos de los intentos fallidos de la integración regional, entendemos
que una de las causas principales reside en el perfil adquirido hasta el momento por estas
experiencias, es decir, un perfil económico-comercial, representado por el Mercosur de los años 90,
que distó bastante de su concepción inicial cuando se firmó el Picab entre Alfonsín y Sarney.
De igual modo, y a efectos de caracterizar los vaivenes en la actuación de los
Estados hermanos podemos apreciar a Lula empeñado en posicionar a Brasil en los organismos
internacionales de legitimación de la acción colectiva (ONU) como en los de decisión económica
(Foro de Davos); a Chávez, como la contraparte de la corrección política brasileña; a Tabaré, con
aguas mas aquietadas por la protesta argentina por las pasteras; y a Bachelet, con el conflicto
social in crescendo al tiempo de la tasa de desempleo en el "modelo más exitoso de América Latina",
a Morales con la convocatoria a plesbicito revocatorio, a Uribe y Correa tensos por las relaciones
limítrofes y a Alan García como anfitrión de la reciente cumbre Mercosur-UE y reincidiendo con la
cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico (Apec).
Por lo tanto, resulta esencial complementar una conceptualización, a nuestro
juicio resulta parcial, que sólo consideraría la dimensión económico-comercial como integración y
en cuyo caso estaríamos hablando de desarancelamiento.
Entendemos a la Integración como el proceso multidimensional y dinámico de
relación entre dos o más Estados, fundamentado en lo económico-comercial, lo político, lo
sociocultural, etcétera.
El desarrollo, la pobreza, el desempleo y el endeudamiento en América latina no
están contemplados en los acuerdos de desarancelización, que promueven exclusivamente la libertad
comercial.
Y una de las consecuencias más directas de la desarancelización es la
potenciación de las asimetrías, como sucedió durante los años 90.
Ahora bien, ¿es viable integrar una región con asimetrías estructurales como las
existentes en América latina?
Sin dudar, es una tarea ardua y dificultosa, pero es el camino hacia una
verdadera y sustentable inserción en el sistema internacional. Las asimetrías en la región tendrían
varios puntos a considerar: resultaron de la génesis y posterior desarrollo del sistema
capitalista, generaron Estados con diversas realidades y capacidades, y promovieron, a la vez,
nuevas asimetrías dentro de los Estados.
La base material
Las asimetrías hacia adentro de la región, pueden ser corregidas por medio de la
integración, morigeradas mediante las instituciones financieras comprometidas con el desarrollo
regional, como el BID, la Corporación Andina de Fomento y el nuevo Banco del Sur.
La base material de la integración puede constituirse a partir de la
coordinación de los programas de financiamiento de las instituciones existentes y las nuevas, en
una suerte de división por áreas temáticas, convergiendo todos en el objetivo excluyente.
La pregunta a responder es la siguiente: ¿Cuál es el valor agregado de pensar e
implementar el camino de la integración regional en el actual contexto de globalización?
Permitiría consolidar el crecimiento económico experimentado en los últimos
años, orientándolo hacia el desarrollo, como concepto integral de las sociedades modernas,
tendiendo a superar las asimetrías existentes. Además, generaría un espacio de mayor autonomía, con
perspectivas de toma de decisiones propias, conformando una nueva unidad supranacional.
Pero, ¿es posible pensar en una verdadera integración en América latina, de la
mano del Mercosur, Aladi, CAN o la recientemente constituida Unasur? Habría al menos tres
consideraciones previas, para concretar la misma:
Que Estados Unidos manifieste claramente su ponderación hacia la región:
¿permitirá que se profundicen los caminos de integración o potenciará el Alca, a través de los
acuerdos bilaterales,?
Que la integración resulte de la firme decisión política de guiar a la región
hacia el desarrollo, la autonomía y a la consideración mundial.
Que el sector público, articulado con el sector privado y con la sociedad civil,
se constituyan en los traccionadores de la inserción y reposicionamiento internacional.
Es posible pensar en una verdadera integración en América latina, siempre que se
supere la dificultad inicial, como la constituye la oscilante voluntad integracionista.
(*) Licenciado en Ciencia Política