Cultura y Libros

Un poderoso continuador de los maestros de la novela negra

En Rincones oscuros, James Ellroy parte de un relato autobiográfico para plasmar una obra tan sórdida como seminal, que es a la vez un crudo retrato de la sociedad estadounidense.

Domingo 03 de Junio de 2018

Autobiografía. Mis rincones oscuros, de James Ellroy. Random House, 496 páginas, $349.


James Ellroy es un duro de pura cepa. En la gran tradición de la novela negra norteamericana, su obra es uno de los últimos eslabones. La cadena, se sabe, arranca con Dashiell Hammett y Horace McCoy, y se prolonga, por ejemplo, en Raymond Chandler, James Cain o Ross Macdonald, para desembocar, entre otros, en David Goodis, Charles Williams o Jim Thompson. Nombres mayores de la narrativa del siglo veinte, claro está, más allá de las absurdas discusiones vinculadas con el género. Y después viene él, en la misma generación de Ed McBain o Elmore Leonard. Con obras como La dalia negra, El gran desierto o Los Ángeles confidencial se plantó sin pedir permiso en un territorio que excedía con largueza la escritura de entretenimiento. Así llegó al cine, de la mano de Curtis Hanson y Brian De Palma, nada menos. El éxito lo trató de vos. Pero él apenas siguió escribiendo, tan escéptico como cáustico, tan feroz como indoblegable.

Rincones oscuros, publicada originalmente en 1996 y reeditada ahora en España por Random House, puede ser leída como una novela negra, pero no lo es: aunque resulte extraño, si se piensa que Ellroy es ante todo un creador de ficciones, se trata de un libro autobiográfico.

Claro que la vida del autor tiene mucho de black. Cuando tenía diez años, su madre apareció muerta ―violada y estrangulada― en la cuneta de un camino en los suburbios de Los Ángeles. El pequeño James vivía con ella: sus padres se habían separado en los peores términos que pueda concebirse. Ella creía que su ex marido era un simple charlatán; él, que su mujer era una alcohólica promiscua. El hijo escritor, años más tarde, los verá como "una pareja atractiva y vulgar, al estilo de Robert Mitchum y Jane Russell en Macao".

Lo que se abrirá después del obsesivo relato del hallazgo del cadáver y el desarrollo de la investigación policial ―que jamás dio resultados positivos― es mucho más que una simple trama policíaca. La vida del joven Ellroy se convertirá literalmente en un infierno en compañía de su padre, un donjuán irresponsable y borrachín. Y tras la muerte de quien, mal que mal, era su único amparo, el futuro narrador entrará en situación de calle, paso previo a la delincuencia, el alcohol y la droga.

Pero el túnel, en cierto momento, terminó. Acaso milagrosamente, Ellroy escapó del previsible desastre: lo salvó la literatura. El relato de esta época de su vida es una extraña mezcla de hard boiled con Henry Miller y Louis-Ferdinand Céline. Tal vez sea el lector quien no salga indemne.

Ya triunfador, con dinero en los bolsillos, el novelista intentará dilucidar el asesinato de su madre, una hermosa pelirroja. Para reconstruir el pasado contratará a un policía retirado que es un personaje inolvidable: Stoner. Y juntos emprenderán una búsqueda alucinada de testimonios y datos. Todo terminará en nada.

Aunque la nada no es nada si quedó este libro. Que constituye, entre otras cosas, una prueba contundente de la potencia visceral de un narrador que carece de prestigio en los círculos áulicos, y que resulta virtualmente desconocido para los numerosos lectores argentinos de relatos policiales que optan por la exangüe vertiente europea.

Ellroy está allí, esperándolos. En algún momento, sus poderosas fauces se abrirán para tragarlos.

Suspenso, humor judío y vértigo cinematográfico

El rescate del Mesías, de Marcelo Birmajer. Sudamericana, 384 páginas, $369.

Buenos Aires, 1973. Un comediante judío presencia un asesinato en pleno centro porteño. A partir de ese instante, su vida da un vuelco: ha sido testigo de un ajusticiamiento montonero y se encuentra en peligro. Sin tiempo para recuperarse, recibe un llamado de un poderoso empresario que quiere contratarlo, con un año de anticipación, para animar el bar mitzv de su nieto. Entre Woody Allen y Tom Sharpe, la historia se precipita al ritmo del delirante derrotero del protagonista.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario