Cultura y Libros

Un artista nato

Algunas de las numerosas imágenes femeninas que salieron del pincel del Negro Gómez.

Domingo 09 de Agosto de 2020

La obra de Raúl Gómez, el Negro, demuestra un arraigo fuerte con las tradiciones pictóricas que resurgieron en los 80 y que tuvieron en la transvanguardia italiana uno de sus ejemplos más célebres. En ese clima definitivamente posmoderno, se hizo visible la estrategia de mirar hacia el pasado y reflexionar sobre el legado modernista, recuperando algunas de sus experiencias. Los creadores como él, que en el despuntar de la democracia argentina formaron parte del grupo que revalorizaba la pintura de caballete, resistieron durante los años 90 al seguir apostando a este soporte frente a variables dominantes como las representadas por el neopop y las estéticas neoconceptuales.

Los cuadros de gran formato y el protagonismo de la figura humana solían ser aspectos compartidos por este artista y otros representantes, tanto del ámbito porteño como de la escena internacional. En la mayoría de los casos, se evidenciaba un regodeo en la pintura a partir del juego que la convertía, simultáneamente, en material y tema de la obra. Una de las representaciones predilectas del Negro Gómez eran las mujeres y las pintaba de muchas formas, pero la iconografía de las Venus yacentes era habitual en sus desnudos evanescentes, a veces alados, que configuraban una lábil frontera entre cuerpo y espíritu.

En ese trabajo de búsqueda revisaba la figuración, y la pintura como soporte dialogaba con cierto imaginario de artista utópico que apela a las grandes tradiciones del arte para intentar seguir dando respuesta a los interrogantes del presente. Algo de ese clima se trasladaba a su persona y se materializaba en sus gestos y en el andar, convirtiéndolo en una especie de cacique de otro tiempo que transmitía una gran serenidad. Así se lo podía ver durante los últimos años transitando por los pasillos de la Facultad de Humanidades y Artes donde había retomado el cursado de algunas materias y en la que, al mismo tiempo, tenía programada una retrospectiva para abril de este año.

Su inesperada partida generó un sinfín de reacciones en las redes por parte de amigos y compañeros de profesión de diversas épocas y edades. Norma Rojas es docente y directora de la Escuela de Bellas Artes, conoció a Raúl en el transcurso de los años 80 cuando cursaban en la facultad: "Su compañera de aquel momento era Silvia Borghi y estaba esperando su primer hijo. Como yo, éramos muy jóvenes y el Negro era ya un artista conocido. Nos reencontramos años después y siempre estuvimos en contacto. En éste último tiempo de aislamiento la comunicación fue permanente y, además, compartíamos los mismos temores. El Negro era un artista nato, de esos artistas románticos que se tienen en el imaginario del común de la gente. Optó por un modo de vida que fue elegido con total libertad, entregado a los altibajos propios de vivir de lo que se hace en el taller, de la producción personal, por lo que pasaba sus días esperando siempre posibles interesados en comprar alguna obra suya. No sabía de proyectos, de manejos de subsidios y no le importaba manejarse de ese modo porque sólo quería dibujar, pintar y, a veces, tallar. Mientras trabajaba escuchaba música: Charly, Spinetta o algún tango. El amor siempre fue un tema para él: «Todas las mujeres que pasaron por mi vida son hermosas». Guardaba esos recuerdos felices y le quedó solamente volver a ver a Renata, su hija, a quien amó hasta el último instante. Siempre decía: «Amé mucho y me amaron mucho también»".

En estos últimos meses, como si necesitara dejar más testimonios, acrecentó el vínculo con Javier Carricajo, artista de una generación más joven pero en el que encontró un interlocutor ideal a partir de su amor por la pintura: "A comienzos de la cuarentena me sorprendió con una llamada que se repitió muchas veces. Compartimos pareceres, pensamos en voz alta y pude conocer a una persona humilde, afectiva y que en cada uno de sus conceptos parecía ensayar su propia definición de libertad. En estos tiempos de lejanía fuimos cercanos, nos hicimos amigos y todo lo que hablamos hoy tiene más sentido: la soledad como aliada necesaria de la pintura, como demonio. También hablamos de nuestras vidas, de producir obra más allá de corrientes, de posturas y conveniencias coyunturales. Hablamos del amor y de las mujeres, de experimentos pictóricos, de música y de referentes de la pintura. Nos contamos lo que estábamos produciendo, hablamos de la muerte, de nuestro presente y de cuestiones domésticas. Nos reímos de mil cosas y planeamos vernos tras la cuarentena pero tristemente partió antes de que eso fuera posible. En la última charla le dije que dialogar con él me abría una puerta hacia un jardín (parecía contrarrestar todo encierro) y él pronunció muchas cosas generosas que siempre recordaré. Como recuerdo el timbre exacto con el que esa misma vez se despidió diciendo «te quiero mucho»".

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