Cultura y Libros

Los surcos del amor

Era un partidor de sillas profesional. La última la quebró en Semana Santa. El viaje a la costa había sido largo y agotador.

Domingo 22 de Julio de 2018

Era un partidor de sillas profesional. La última la quebró en Semana Santa. El viaje a la costa había sido largo y agotador. No teníamos las llaves para entrar en la casa y nos recostamos en las reposeras que habían quedado del lado de afuera, en un segundo quedó dando manotazos al aire atrapado entre barrotes de plástico. Me tiré al piso hecha un bollito para que no se me escapara el pis de la risa mientras ensayé un "dejame que te ayudo". Me dijo que no con el dedo, "puedo solo", y mientras se reincorporaba, puteaba con que siempre se sentaba en sillas que ya estaban rotas.

Pero una vez sí se me escapó el pis. Fue el día que el abuelo Hermelindo enloqueció, la primera noche después de una larga recuperación hospitalaria. En medio de un ataque de ira agarró un cuchillo y nos amenazó a todos con matarnos. Lo teníamos rodeado, pero en un movimiento de una agilidad sorprendente para un hombre de ochenta años recién operado de las caderas, el abuelo Hermelindo logró encerrarse bajo llave con el cuchillo en mano en la pieza donde dormía la abuela. Quedamos todos mirando con pánico la puerta y él dijo "ábranse". Alzó los brazos como un karateca, pegó un grito imposible y le dio una patada a la puerta que cayó en bloque adentro del cuarto. Nos asomamos pensando lo peor, que el abuelo estaría muerto aplastado bajo la puerta. Pero no, estaba ahí, parado, un metro atrás. Nos agarramos Juan, Martina, yo, no recuerdo si había alguien más, hechos bollitos de risa, llorando de risa y a mí se me escaparon unas gotas de pis.

Escribo para no llorarte.

El sábado 9 de julio a las 10 de la mañana veo en el celular dos llamadas perdidas, llamo, "papá está internado, está grave, lo están reanimando", "¿qué papá?", ¿qué papá?", "qué papá, mi papá Fer, soy Sofi". Dani también es mi papá. Estaba ordenando la ropa en la pieza de mi hija, habíamos vuelto hace unos días de un viaje hermoso, esa noche tenía una cita, el día estaba soleado. Di vueltas sobre mi eje, varias, buscando apoyo en algún lado y no lo encontré, me senté en el piso y así estuve una hora balanceándome bajo un rezo desconocido, intenté visualizar su cuerpo, limpiarlo y salvarlo de un infarto masivo pulmonar. Otro llamado, "Dani se fue, vení rápido".

Escribo para no llorarte.

"¿Preferís que te diga padrastro o cómo?". "A mí me gusta más padre putativo, soy una puta de la paternidad", respondió.

El remís agarró la autopista Buenos Aires Rosario y sentí que se abría una grieta, no, una grieta no, una zanja, no, una zanja no, busqué en mi diccionario interno y lo que se abría en la autopista era un surco. Soy chica de la ciudad pero se me hizo que un surco es lo que se hace en el campo antes de sembrar. Desde que vine a vivir a Buenos Aires, hace más de diez años, Dani fue dejando un surco en la autopista que ahora atravieso para despedirlo. Hizo incontables kilómetros para lo que fuese: traerme una heladera, un lavarropas, una cuna, venir a buscarnos para irnos de viaje, traernos de vuelta, venir para ver una casa, la otra, dos veces a ver la casa en la que hoy vivimos, volver para ver las filtraciones de agua, venir para acompañarme en el parto, venir, ir, venir, ir, venir. Hay surcos que se siembran con amor, amor de padre.

"Si vienen a visitarnos, pido comida en Sarkis". "Vamos, no te olvides del falafel".

Escribo para no llorarte.

No sé cómo es este mundo sin él, no lo conozco, se puso de novio con mamá y sus cuatro hijos chicos. Sus amigos, me lo dijeron en su velatorio, pensaban que estaba loco. "¿No te podías enamorar de un mina con menos hijos?". No, no podías.

A mi regreso a Buenos Aires le dije a mi hija, su nieta número tres, que teníamos que hablar, que algo que no estaba bueno había pasado. Abrió sus ojos grandes y prestó atención. Lloró, lloró con desesperación como llora cuando se golpea fuerte, ahogada, nos abrazamos, lloró con tristeza, lloró con desolación, lloró, me pidió que jugásemos un rato. Hablamos. Hablamos de lo que había pasado, de dónde estaba, de si había posibilidad de verlo una vez más, "una vez más, mamá", de la película Coco, de los recuerdos, "¿vemos fotos?", veamos, de cómo recordarlo, del día que rompió la silla y casi nos hacemos pis encima. Nos reímos. "¿Vos pensás que mañana podremos reír un poco?". Sí, yo creía que sí, que mañana podríamos reír un poco.

Fue inmenso, amoroso, responsable, desmedido para dar. El mejor oyente de anécdotas del mundo. Las mejores anécdotas de la semana me las guardaba para él, porque antes del remate ya le aparecían las lágrimas de risa. Sus ojos chiquitos, más chiquitos, llenos de lágrimas.

Desandando el surco por la autopista le conté las últimas anécdotas en silencio apretando fuerte la carilina destrozada, del chico que me iba a perder por su culpa y le hice promesas que por supuesto cumpliré: que voy a estar atenta a mamá y a Sofi, que se quede tranquilo, que voy a aprender a manejar el auto y que lo voy a hacer muy bien, que voy a poner la reja de seguridad que rescató de una obra en la ventana de la cocina, que voy a hacer la obra en casa que me dibujó rápido en una hoja y que la obra se va a llamar "Arquitecto Daniel Jorge Levin, el mejor padre putativo con el que yo ni siquiera pude soñar".

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario