Cultura y Libros

"Las causas justas no siempre justifican los medios"

Rubén Chababo dirigió el Museo de la Memoria y es secretario de Derechos Humanos de la UNR. En su último libro, La piedra y el fusil, recientemente editado por Casagrande, se anima a transitar un espinoso territorio: el de la violencia política en la Argentina de los años 60 y 70. En diálogo con Cultura y Libros, explica su posición y retoma una polémica necesaria.

Domingo 29 de Abril de 2018

Tramitar el pasado es una de las tareas más complejas que pueden asumir los individuos y los colectivos humanos. La complejidad es aún mayor cuando se trata de pasados recientes en los que se jugaron la vida y la muerte de sus protagonistas, y algunos de ellos todavía viven. Este es el caso de las décadas del 60 y 70 en la Argentina. Este período se inició con el crecimiento de una nueva izquierda revolucionaria que tuvo como faro la Revolución Cubana y se clausuró con la dictadura más cruenta de la historia argentina. Muchas veces, el segundo momento castró las posibilidades de análisis del primero. La victimización que efectuó la dictadura de los militantes setentistas hizo que cualquier intento crítico de su accionar fuera descalificado rápidamente por "hacerle el juego al enemigo".

Sin embargo, aun en los primeros momentos de la apertura democrática, hubo escritos que se propusieron de distintas maneras revisar ese pasado. Estudios históricos como los de Richard Gillespie (Soldados de Perón, 1986) y Claudia Hilb (La nueva izquierda argentina: política y violencia, 1984). Estudios filosóficos como el de León Rozichtner (Perón entre la sangre y el tiempo, 1987) y ensayos en clave de discusión política como los de Pablo Giussani y Carlos Alberto Brocato, en mayor o menor medida todos coincidían en la matriz autoritaria que había guiado las acciones de las organizaciónes político-militares de izquierda.

Carlos Alberto Brocato, un militante sindical de izquierda y periodista, publicó en 1985 La Argentina que quisieron. Después de la destrucción estatal y foquista, ¿qué moral civil es posible reconstruir? El libro hacía una crítica ética y política a la guerrilla de los 70, pero desde la izquierda del espectro político-ideológico. Su crítica se centró en lo que llamaba la "praxis del coraje", o el culto al heroísmo, con el cual las organizaciones armadas clausuraban cualquier discusión política. Ese culto al heroísmo, según el autor, era ajeno a la tradición política de la izquierda, que apuntaba más a la "toma de conciencia" racional que al culto al coraje y la muerte.

La piedra y el fusil, del rosarino Rubén Chababo, se propone analizar en un sentido similar al de Brocato nuestra historia ya no tan reciente. Pero entre aquel libro y este pasaron treinta y tres años, en los que inevitablemente han ocurrido diversas tramitaciones de ese pasado. Por eso La piedra y el fusil incluye el tema de la memoria y su relación con la historia como hilo conductor del ensayo. Relación conflictiva y compleja, en la que el principal error sería buscar la confirmación fehaciente de la memoria por la investigación histórica. Y esta relación la plantea no sólo en la historia argentina y latinoamericana, sino en otras historias que acontecieron en el mundo, como los genocidios del siglo veinte, la Guerra Civil Española, el conflicto israelo-palestino y la guerra de los Balcanes. En todos ellos busca las figuras de los héroes, las construcciones y monumentos a la memoria, los mitos y las huellas que quedan en el paisaje y en los rostros de las personas. La mirada de Chababo se plantea una serie de preguntas sobre la eficacia de los "lugares de memoria", sobre los valores que se transmiten y sobre las posibles manipulaciones políticas de la memoria, entre otras cuestiones. Así el libro, además de una reflexión política, nos plantea mirar de otra manera los escenarios que visitamos, tratando de ver las huellas de lo que pasó, y las señales que se sobreimprimieron sobre calles, monumentos y obras de arte.

Rubén Chababo es profesor en Letras y secretario de Derechos Humanos de la Universidad Nacional de Rosario. Fue director y fundador del Museo de la Memoria de Rosario y director de la primera Oficina de Derechos Humanos de la Municipalidad. Escribió varios libros de ensayos y narrativa y artículos periodísticos y académicos. En un largo diálogo con Cultura y Libros, despliega una precisión lingüística propia de alguien formado en letras, combinada con la preocupación de qué y cómo transmitir de quien ha gestionado "lugares de la memoria".

—¿Por qué el titulo, La piedra y el fusil?

—Este es un libro sobre la rebeldía, sobre los modos en que las historias de aquellos que la encarnaron han pasado de generación en generación, de los modos en que esas historias han sido relatadas pero también transformadas o modeladas por la memoria transgeneracional. La piedra evoca la dureza de lo imperecedero, es el lugar donde los combatientes desean que su nombre quede inscripto, también el material donde buscan que se fije su memoria. Y la imagen del fusil, la "llave" que me permitió entrar en tantas historias que busco revisar e interrogar por fuera del aura sagrada en la que tantas veces han quedado encapsuladas en su calidad de "incuestionables".

—El libro comienza con un fuerte cuestionamiento de la idea de heroísmo, especialmente la que expresaba el Che Guevara en la idea de Hombre Nuevo. ¿Se pueden pensar las resistencias a la opresión sin dotarlas de cierta épica o aire mítico?

—Sí, esa idea de interrogar el heroísmo abreva en muchas lecturas, pero en especial en uno de los ensayos de Tzvetan Todorov dedicado a pensar el lugar de Mordejai Anilevich, figura central del Levantamiento del Gueto de Varsovia. Nadie hasta el momento se había interrogado sobre las "consecuencias" de sus decisiones, algo muy similar al procedimiento que usa Bruno Bettelheim cuando se atreve a desacralizar la historia de la familia de Anna Frank. Releer esas biografías despojándolas del aura sagrada, atreviéndose a entrar en la vida de esos personajes en su plena y nuda carnadura humana, ayuda a entender que la idea de heroísmo es funcional muchas veces a aquellos que se resisten a aceptar las zonas grises del pasado, tan afín esa funcionalidad a las visiones polares o unidimensionales de la historia. Por otra parte, el énfasis puesto en las virtudes heroicas de esta clase de personajes termina muchas veces opacando o invisibilizando las virtudes cívicas encarnadas por aquellos seres anónimos que en tiempos de oscuridad resisten con gestos mínimos a la barbarie.

—Otro de los testimonios que rescatás y retomás de Todorov es el del partisano judío Marek Edelman, que fue protagonista también del levantamiento del Gueto de Varsovia de 1944.

—Pocos o nadie recuerdan hoy a Marek Edelman, uno de los pocos sobrevivientes de esa histórica y luminosa revuelta. La razón es sencilla, Edelman resistió desde las alcantarillas, sobrevivió a la guerra y se negó sistemáticamente a aceptar homenajes, a ser reconocido como héroe. Narró el levantamiento del gueto sin estridencias, sin altisonancias. Recordaba que en el búnker desde donde resistían con sus últimas fuerzas al nazismo había también prostitutas, que bebían alcohol y que las conductas de muchos combatientes que luego pasaron a ocupar el friso de la historia no fueron siempre ejemplares. Eso fue suficiente para que lo arrojaran al peor de los ostracismos. Su versión de la historia "no servía" a la construcción de una épica revolucionaria que a partir de 1945 necesitaba relatos puros, sin fisuras.

—Esa "ausencia de heroísmo" de Edelman. ¿la expresa Pedro Lemebel, un escritor comunista, resistente a la dictadura chilena, y travesti?

—Lemebel no solo construyó un personaje singular, él mismo, en su mezcla de identidades, sino que escribió, entre tantos textos, el poema-manifiesto Hablo por mi diferencia, un alegato leído frente a la militancia de izquierda chilena en el momento de transición a la democracia en ese país, un texto en el que entre tantas cosas les recuerda su homofobia y además los grandes dolores que produjo, en tantas vidas jóvenes latinoamericanas que optaron por el sueño revolucionario, la idea acuñada en el Hombre Nuevo del Che Guevara.

—El escritor chileno, ¿funcionaría como una contrafigura del Hombre Nuevo?

—Lemebel no funciona en oposición, no pretende eso, sino como alguien que dice simplemente "yo recuerdo", no solo los campos de concentración donde los llamados pájaros cubanos fueron encerrados en los primeros años de la Revolución, para luego ser perseguidos y humillados en el seno de un proyecto político que buscaba encarnar lo justo, sino también que la aspiración de un ser revolucionario sin fisuras dañó tantas vidas, por su mandato normativo y moralmente ascético. El eco de ese manifiesto chileno se puede escuchar en estas orillas en la famosa polémica del "No matarás" que evoca el ajusticiamiento de dos militantes del Ejército Guerrillero del Pueblo por sus propios compañeros, en la condena a muerte por traición al ideal revolucionario que se le dicta a Roberto Quieto, y antes, con otros acordes, en los textos de Néstor Perlongher en los que evoca los álgidos 70.

—Vos tuviste mucho contacto con sobrevivientes tanto de las dictaduras como de la Shoá. ¿Cómo funcionan en el testimonio la memoria y verdad?

—La memoria es una construcción, una imagen que uno mismo construye del pasado que no necesariamente tiene que ver con la verdad de lo acontecido. La memoria está cargada de olvido, y también de imaginación. Muchos sobrevivientes tienen, como se dice, "un libreto" del que ellos mismos, muchas veces, ni siquiera son conscientes, y como explico en el libro, también en muchos caso, sus relatos se nutren de lo que han leído y lo que el cine les ha devuelto de la historia que vivieron. En este sentido hay muchos trabajos escritos en base a entrevistas que revelan el modo en el que la serie cinematográfica y narrativa terminó modelando escenas del pasado para volverlas verosímiles y en otros casos, épicas. Por otra parte, si en la situación límite o extrema del campo se vivieron situaciones de felicidad, si en medio de la guerra hubo situaciones de dicha, eso alcanza el estatuto de lo indecible, porque contradice la visión de lo que la sociedad necesita escuchar. Ya Annette Weviorka da cuenta de ese fenómeno exhumando los diarios de Meyer Levin, que fue uno de los primeros periodistas que entró en los campos con las tropas liberadoras. Allí narra cómo algunos sobrevivientes "posaban" penosamente respondiendo a la demanda de los fotógrafos de prensa o cómo negaban la existencia de zonas "confortables" en Büchenwald. Esas personas habían sufrido lo inenarrable, de eso no cabe la menor duda, pero a partir de ese momento entendían que había un modo de relatar su padecimiento que era requerido por las agencias de prensa y por un mundo ávido de escuchar el horror en su dimensión externa.

—Otro tema que planteás es el de la eficacia de los "lugares de la memoria". ¿Qué relación encontrás entre la eficacia simbólica, el valor artístico y la historicidad del lugar como testimonio?
—Se trata de niveles muy diferentes. La eficacia simbólica no siempre coincide con el valor artístico y la llamada "historicidad" del lugar. El valor de un espacio depende de la comunidad, la sociedad en la que ese sitio está inscripto. Sitios valiosos y donde ocurrieron acontecimientos relevantes para la historia de una comunidad pueden pasar desapercibidos durante siglos, eso no les resta importancia en absoluto, pero pueden ser invisibles en su densidad histórica y solo prevalecer su costado bello. Y la relación entre lo artístico y simbólico puede "coincidir" en un momento, y en otros evaporarse. El Obelisco de Buenos Aires, por ejemplo, fue construido para evocar un acontecimiento histórico como es el cuarto centenario de la ciudad, pero hoy solo se destaca de él su función estética en clave turística y funcional en clave ordenadora del tránsito. Pero cuando se lo ve, nadie recuerda a Prebisch, el arquitecto que lo construyó, ni las razones de por qué le encargaron hacerlo. Lo mismo sucede con las miles de estatuas diseminadas en el espacio público que casi nadie sabe qué pasado evocan o reivindican.
—Una de las consignas más frecuentes es sumar los conceptos de memoria, verdad y justicia. ¿Cómo se llevan esos términos de la ecuación?
—Depende de dónde apliquemos esta ecuación. En el caso argentino, con altibajos se desarrollaron importantes esfuerzos para que los tres conceptos pudieran cumplir su magisterio y en gran medida se lo ha logrado. Pero esto no es aplicable para todas las comunidades por igual. El caso colombiano, por ejemplo, plantea objeciones al equilibrio pleno de estos valores en un proceso posbélico complejo, en el que para lograr el fin de la guerra se necesitó hacer concesiones que para muchos son observables. ¿Dónde ubicamos a los niños y jóvenes arrebatados de sus hogares por las Farc y obligados por la fuerza a cometer actos aberrantes?¿Del lado de los victimarios puros, del lado de las víctimas? El caso sudafricano, el caso yugoslavo han dado ríos de tinta y el caso filipino otro tanto, por poner solo algunos ejemplos. No hay modelos ejemplares porque los pasados que se pretenden conjurar no son todos iguales, ni los actores armados se comportaron del mismo modo ni respondieron a las mismas circunstancias. No todas las sociedades son capaces de hacer frente a sus pasados traumáticos del mismo modo, ni tampoco tienen todas los instrumentos a su alcance para hacerlo.
—En el final hacés referencia a una historia íntima, la de tu padre como combatiente en la guerra de independencia de Israel. ¿Cuál es el vínculo entre esta historia y los demás temas del libro?
—Esa historia se enlaza con muchos tópicos del libro, y en particular con una historia dramática, la de la voladura del Hotel King David en Jerusalén por las fuerzas del Irgún, en los años de la ocupación británica. La evoco por varias razones, una de ellas es que en esa historia se anuda el fin de una promesa, de un sueño que recién estaba comenzando a gestarse, algo que supo advertir Martin Buber al condenar enfáticamente esa acción armada que la gran mayoría celebró como triunfo contra la ocupación inglesa. Martin Buber aspiraba, como tantos otros, a lograr un Estado judío, pero no a cualquier precio, no apelando a cualquier procedimiento, y ese atentado que dejó decenas de muertos y heridos, muchos de ellos con ninguna relación con el conflicto, me sirve para pensar muchas cosas, el tema de la responsabilidad militante y, entre otras cosas, que las causas justas no siempre justifican los medios que se despliegan para alcanzarlas y que esos medios elegidos pueden tantas veces expandir el dolor más que reducirlo.
—Pero alguien podría decir que esas acciones que hoy condenamos responden a un contexto histórico...
—Los contextos sirven para explicar los acontecimientos y no para justificarlos, que es algo muy diferente. Por otra parte, en contextos extremos y violentos no siempre todos piensan del mismo modo la forma de resolver el conflicto. Decir que el contexto justifica mis acciones puede ser un modo elegante de eludir acríticamente mi responsabilidad frente a la historia.
—Vos fuiste creador y director durante muchos años del Museo de la Memoria. ¿Se puede leer el libro como un balance de esa experiencia?
—Dirigir el Museo de la Memoria fue una experiencia fascinante, verlo nacer desde sus cimientos, no solo materiales, sino también conceptuales. Este libro es acaso un balance de esa experiencia, cargada de inmensos desafíos en torno a cómo contar una historia, compleja, cómo enfrentar los silencios sobre temas que muchos se resistían a enunciar. El Museo fue también para mí un valioso territorio de observación del alma humana. Allí fui testigo de las enormes resistencias que en sus comienzos había hacia el mundo académico cuando intentaba confrontar documentos con memoria, de los inmensos esfuerzos de tantos en negarse a aceptar que el pasado no se puede circunscribir nunca a una sola memoria, a una sola interpretación del ayer. El ayer es un palimpsesto y todas las voces y todas las experiencias aportan sus sentidos. Y también fui testigo de la amabilidad de tantos que abrían sus recuerdos de manera generosa, mostrando sus zonas oscuras o grises, eludiendo presentarse como los mejores o los salvadores de nadie. Además, siempre entendí que trabajar en un lugar de memoria no podía reducirse a rendir tributos al pasado, sino todo lo contrario, si queremos aprender del ayer, es necesario formular preguntas aun a riesgo de que las respuestas a esas preguntas no sean las que uno espera o desea escuchar. No siempre fue fácil que muchos aceptaran esa dimensión ejemplar y no literal de las operaciones de memoria.
—¿Revisar las acciones violentas de la guerrilla en los 70 podría legitimar la teoría de los dos demonios?
—En absoluto, nunca las responsabilidades del Estado son equiparables a las de los civiles. Ese es un principio elemental, básico, que debe estar en la base de cualquier discusión. No porque a mí me guste, sino porque jurídicamente es así. Pero eso no significa que no se puedan interrogar las acciones llevadas adelante por las agrupaciones armadas, sus consecuencias, el dolor que pudieron ocasionarles a muchos. La muerte del otro nunca puede ser entendida como un daño colateral, una consecuencia no querida de mis acciones y allí terminar toda discusión. Ya desde la revista Controversia en el exilio mexicano se asumió la necesidad de esa discusión, y luego se continuó en tantas otras páginas valiosas como las que se escribieron a partir del famoso "No matarás". Cuando alguien pretende revisar críticamente ese doloroso ayer y lo primero que obtiene como respuesta es que está enunciando la teoría de los dos demonios, eso no puede dejar de ser visto más que como un modo extorsivo de clausurar un debate doloroso y necesario por todas las implicancias que arroja hacia este presente.
—¿Cómo analizarías las políticas de la memoria del actual gobierno nacional comparándolas con la del anterior?
—Venimos de años caracterizados por una alta intensidad de los discursos y acciones vinculados a la memoria, no solo de la última dictadura, sino del inmenso espesor de la historia argentina y latinoamericana. Eso hoy está reducido a una mínima y pobre expresión. Y es, a mi juicio, lamentable, porque las comunidades se nutren favorablemente del conocimiento y el debate de sus pasados. No hay más que ver los billetes de circulación masiva: elegir la taruca y la ballena patagónica por sobre el rostro de Alberdi, Mitre o Leloir, lo dice todo.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario