Cultura y Libros

La pantorrilla de Ana

Domingo 05 de Agosto de 2018

UNO

El viaje al Aeropuerto Charles De Gaulle es la primera parada. No se puede escribir nada de París, hay demasiada literatura, demasiado cine, demasiado de todo. Llegué varias veces a esta ciudad, siempre solo. Ahora somos dos. París como destino romántico-meloso-de-película-hollywoodense. París y amor van de la mano en las ficciones pero lo asumimos también en lo real-real. Un hombre y una mujer caminando por el Pont Neuf o sacándose una foto a los pies de la torre Eiffel pueden ser la postal del romanticismo prefabricado en la ciudad luz, la ciudad de Luis XIV, el Rey Sol. Luz y sol. Como si el hecho de estar iluminada fuera una marca de fábrica de París. Porque a la luz nocturna la podemos vincular con el amor o los amantes, y un rey iluminado ¿es sinónimo de poder? Y Luis XIV, bailarín, músico, diseñador de modas, bon vivant y gran guerrero, fue el mayor representante del absolutismo: el Estado soy yo. Se hacía cargo de todo, desde la guerra hasta las fiestas. Empezamos el viaje alrededor de las luces y las sombras, nocturnas y diurnas.

DOS

Ella duerme recostada en la cama del hotel. Un cuarto de apenas diez metros cuadrados, al que se accede con un ascensor donde apenas caben las valijas de ambos.

Solo tres noches en París, para evitar entrar de lleno en la puerta de Medio Oriente. Salimos en busca de la noche, en el frío del invierno, con las calles todavía congeladas por la nieve que nos recibió. Nos metimos en un barrio donde nuestra condición de extranjeros era evidente y la noche el momento equivocado para caminar esas cuadras. Nos miramos y nos reímos, como si ese acto pudiera ahuyentar el eventual peligro que se esfumó mientras nos alejamos del barrio equivocado. Luego caminamos perdiéndonos y encontrándonos por calles que desaparecían del GPS, como debe ser en esa ciudad madre del cine e inspiradora de la mejor literatura. La caminata nos llevó al barrio africano de Chateau Rouge, un barrio donde la mayoría de los habitantes nació fuera de Francia y gran parte de ellos proviene de África. Tal vez esas cuadras sean la marca distintiva de un París alejado de la postal, representante de esa zona fronteriza entre lo glamoroso y una historia de colonialismo y violencia alejada de la libertad, igualdad y fraternidad.

Salimos en busca de la noche y de la música que se dice se baila en todo el mundo, en toda ciudad, hasta en las noches heladas del invierno francés. La milonga en el país de Gardel, en la ciudad del tango de Bertolucci tocado por el (rosarino) Gato Barbieri o en los escenarios donde brillaba Piazzolla. Pero en la milonga el tango es otro, es el que se baila sin el desenfado del show. El mejor bailarín o la mejor bailarina bailan para sí mismo me dice ella, baila por el placer del propio baile y no importan los otros. Quizás mi mirada tienda a pensar el baile como un espectáculo, pero esa milonga de la que soy testigo en París es el puro goce de los protagonistas. Quisiera sentir lo mismo que sienten esas personas. Eso me sucede cuando veo la pantorrilla de ella moverse entre las piernas de los demás. Tomo mi cerveza y la observo: sus movimientos son sutiles pero se me ocurren sofisticados. Su mano que se levanta y luego baja sobre el cuerpo del bailarín, sus piernas y la cadencia de sus pasos tienen el magnetismo que la separa del resto. Las cervezas se apilan y el regreso es en un taxi conducido por un negro fanático del Paris Saint Germain que se entusiasma porque somos de la ciudad de Ángel Di María, aunque le aclaramos que también es la ciudad de Lionel Messi y del Che Guevara, a quien parece desconocer.

La mañana nos empuja a Montmartre y subimos los 197 escalones que nos llevan a la Place du Tertre, evitando las huellas de Amélie como también las selfies que den cuenta de nuestro paso juntos por esas calles. Pero las selfies nunca dan la posibilidad de distinguir un espacio particular. Las selfies de a dos son puras caras, algo de cuerpos y a lo sumo el recorte de un edificio de fondo que puede ser un monumento con tres mil años de historia o los leones del Palacio Municipal de Rosario.

Intento escribir esa noche mientras a ella la devora el sueño. Pero el sueño me devora a mí también. Dormimos abrazados en el frío de una ciudad llena de historias dentro de un hotel al que le encontramos el encanto solo porque estamos allí.

TRES

El viaje a Tel Aviv es sin turbulencias y con la incomodidad de todos los aviones en clase turista. Me habían dicho que atravesar la aduana israelí llevaría un largo rato y que las preguntas antes de ingresar podían augurarnos unas largas horas de espera. Por suerte la entrada al país fue sin mayores inconvenientes, quizás por la carta que certificaba una invitación y una serie de actividades culturales. O apenas pura suerte.

Las autopistas de las afueras de Tel Aviv no se diferencian demasiado de la Panamericana en la entrada de Buenos Aires y los edificios que crecen junto al asfalto bien podrían ser los de Puerto Madero o las torres que dibujan la nueva silueta de Rosario desde el río.

Israel es un país en guerra permanente pero las calles y su gente no tienen la apariencia de que allí suceda ningún acto bélico. La guerra está en otro lado, pero el poder de la guerra está ahí. Recorremos la noche antes de recorrer el día. Hay un mundo que es igual a sí mismo en cada ciudad, y a su vez es distinto por los matices de ese mismo lugar. El taxi nos deja en un barrio que se asemeja al East Side de Nueva York, con paredes pintadas con graffitis, grandes contenedores de basura y puertas en mal estado que parecen llevar a pequeños departamentos o lofts elegantemente reciclados. Hay algunos bares y gente caminando por la zona. Dudamos antes de bajarnos del taxi para ingresar a un gran estacionamiento apenas iluminado que me hizo recordar a la película Después de hora, de Scorsese. Luego de varias vueltas llegamos por una escalera a ese mundo tan particular en donde el lenguaje del tango une lo desparejo y lo desigual. Otra vez me quedo afuera pero ya sé cómo es el mecanismo. Quienes bailan se eligen o al menos tratan de hacerlo. Quienes bailan detectan al bailarín y lo marcan como la presa para la próxima tanda. Me gustaría poder asestar al menos dos o tres pasos y ser parte de ese grupo que sin conocerse puede conocerse, que sin hablar el mismo idioma puede dialogar en varias lenguas. Y nuevamente su pantorrilla que delata la sensualidad de la mujer que me acompaña y que me abre la puerta de un universo ajeno y misterioso pero tan familiar que no reparo en que estoy a miles de kilómetros de casa. La milonga en Tel Aviv alarga una noche sin preocupaciones mientras aviones israelíes bombardean Siria.

La mañana nos encuentra con los pies en el Mediterráneo. El agua del mar es transparente y las playas se agrandan y se achican al lado de grandes acantilados. Más al sur, no muy lejos, quizás demasiado cerca, esas mismas aguas bañan las costas de la Franja de Gaza. Posiblemente las playas tengan la misma belleza, pero la naturaleza no hace diferencias, las diferencias las hacemos nosotros. Hace frío y las aguas vivas del tamaño de una tortuga de mar invitan a caminar con cuidado. Seguimos sacando fotos, en busca de la imagen distintiva que pueda hablar por sí misma del lugar, de ese espacio en el mundo. Ella viene detrás mío y yo voy detrás de ella. Nos miramos y miramos la inmensidad del mar, el horizonte que se confunde con el atardecer. Y respiramos como si la paz que sentimos fuera real.

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