En busca del tiempo perdido

Rafael Ielpi es vastamente conocido en sus roles de funcionario cultural e historiador de la ciudad. Sin embargo, él se define como poeta. En su nuevo y elogiado libro, Fotos de familia, el "Negro" escarba en su historia personal para reinterpretar una infancia dolorosa.
29 de diciembre 2019 · 00:00hs

Rafael Ielpi cumple medio siglo de oficio poético y lo celebra con la publicación de un libro que regresa al tono de su opera prima, editada por la Biblioteca Vigil en 1966. Fotos de familia pasa revista a las circunstancias siempre particulares de una vida, con una peculiaridad: por primera vez el autor —representante de la generación de los sesenta en Rosario— rescata y exhibe las impresiones de una infancia dolorosa “para exorcizarlas o tal vez para dejarlas convivir con nosotros para siempre”, como él mismo ensaya en un prólogo que eligió titular “Advertencia”, toda una declaración de principios.

En su sexto poemario, que publicó Homo Sapiens, Ielpi vuelve al ruedo después de dos décadas. Un largo intervalo en el que la escritura de poesía figuró entre sus tareas habituales, aunque también rompió y tiró aquellos textos que no lo conformaban, de allí que quedaron seleccionados veinte en total. De versos cortos y largo aliento, donde lo que se tiene que decir se dice sin eufemismos.

Es necesario mucho coraje para animarse a escarbar en el pasado y, a la vez, “no basta ser valiente/ para aprender el arte del olvido”, según advierte Borges. Como buen historiador —“no académico”, aclara, “para que nadie se ofenda”—el Negro se decidió a emprender poéticamente un trabajo de exhumación de sus propias vivencias, no sólo en tren de ejercitar la memoria sino como un intento de reinterpretarla, sin juzgar a los actores que estuvieron involucrados. A los ochenta años, acomoda el espejo retrovisor para observar su niñez, y nos comparte además todas las estaciones que se sucedieron desde entonces: los bares, los viajes, el amor, los sueños, las pérdidas, los compañeros de la poesía, la poesía misma.

—¿Cómo fue el armado del libro?

— Siempre escribí poemas y siempre rompí, no soy un perfeccionista pero sí puntilloso en el trabajo con la palabra, en la precisión de lo que quiero expresar. He tratado de tener una poesía accesible, no me gustan mucho las abstracciones, aunque las respeto y las valoro. Incluso en los poetas de una generación anterior a la mía, como (Aldo) Oliva, (Hugo) Padeletti y (Rubén) Sevlever. Mi poesía no tiene nada que ver con la de ellos. Yo tenía unos dieciocho años cuando empecé a escribir mi primer libro, El vicio absoluto. Con el tiempo lo ninguneé porque pensé que era el de un escritor novel, bastante inseguro de lo que hacía. Después, los amigos me dijeron que estaba equivocado, que era bueno; considerando el momento en el que salió incluso podía ser un punto de inflexión entre la generación anterior y la que venía después, los (Eduardo) D’Anna, los (Hugo) Diz, gente amiga. Lo volví a leer con la mayor objetividad que pude y en 2013 lo reedité; me convencieron y accedí, tuvo buenas críticas. Entre 1989 y 1994, quizás por lo que hablé más de una vez con (Juan José) Saer —que también tenía la pretensión de una poesía narrativa, el objetivo de superar la frontera entre poesía y prosa, que hacía poemas extensos y narrativos— surgieron una serie de libros con poemas largos, muy detallistas y hasta reiterativos en algunos aspectos.

En los últimos años, sobre todo en 2017 y 2018, me propuse recuperar aquel camino que había iniciado en El vicio absoluto, el de una poesía más concentrada, más trabajada, y me volvió un tema que siempre estuvo presente y a la vez sepultado, valga la contradicción: esa cosa entre asombrosa y de aprendizaje de la niñez. Mi infancia no fue muy feliz: nuestra madre nos abandonó, se separó de mi padre cuando yo tenía doce años y la más chica de mis cinco hermanos tenía dos. De mi madre tengo imágenes difusas, la vi poco. Como a mi padre lo trasladaban permanentemente, los hermanos fuimos naciendo en distintas ciudades y en época escolar nos mandaban a Rosario con mis abuelos paternos. En las vacaciones regresábamos adonde ellos estuvieran y en una de esas que volvimos, mi madre ya no estaba. No la vi nunca más.

—¿No supiste cuál fue el destino de tu mamá?

—No, cuando se fue vivíamos en el Chaco, en un obraje forestal chiquito, cerca de Roque Sáenz Peña. Por lo poco que pudimos averiguar mucho después con mi hermano Atilio, se habría mudado a Paraguay. A los dos años de su partida a mi padre lo pisó un tren, una paradoja para un empleado ferroviario. Los años en Rosario, en la casa de Echesortu de mis abuelos, dos tipos maravillosos, no fueron tampoco de lo más feliz por algunos de mis tíos que vivían allí y no eran muy amorosos. A los diecisiete años —mi abuelo ya había muerto—yo me independicé, conseguí trabajo, empecé a estudiar en la Facultad (de Filosofía y Letras), me fui a vivir solo. Cuando murió mi abuela se produjo una diáspora porque los tíos prácticamente les dijeron a mis hermanos que se fueran. Mejor olvidémoslo.

—Pero en el libro lo rescatás…

— Sí, porque tengo imágenes. De mi padre más, porque después de la separación venía regularmente a vernos, en la época de clases incluso.

—¿Habías abordado la infancia desde lo poético?

—Con esta intensidad, no. Había algo que se movía adentro hasta que me decidí conscientemente a hacerlo. No son poemas llorosos sino una mirada desde afuera de alguien que no soy yo pero soy yo, intentando ser lo más objetivo posible dentro de la subjetividad de un tema como este. Es evidente que la relación con mi madre era muy entrañable a pesar de que la veíamos poco. Con mi padre no era igual, era un tipo bastante severo, muy duro. Distante por la distancia geográfica, no en el trato: era muy jodón, extrovertido, pero llegado el caso nos pegaba con el cinturón como correspondía a la época. De todas maneras cuando hablo de él no lo hago para pasarle factura sino en un intento de comprender. Lo demás son las sensaciones que he tenido en aquellos años e incluso hoy sobre la comprensión de la realidad inmediata, el paisaje, el desarraigo. Es un libro bastante lineal en algunos aspectos. La segunda parte tiene poemas anteriores, más largos. Tributo, el primero de la serie, está dedicado a Juanele (Ortiz) y ya había sido publicado.

—Hacía unos veinte años que no publicabas poemas nuevos.

—Sí, muchísimo comparado con la producción prolífica de D’Anna, de Isaías (risas).

—¿Te preocupaba?

—Estaba haciendo otras cosas, soy un animal de trabajo (dirige el Centro Cultural Roberto Fontanarrosa desde 2003, fue el primer subsecretario municipal de Cultura de la democracia y concejal por tres períodos). El trabajo lleva tiempo y responsabilidades, la investigación histórica lleva tiempo. Yo no soy un académico, lo aclaro para no herir susceptibilidades. Mi primer profesor de historia fue Tulio Halperín Donghi: cuando entré a la Facultad era el decano, yo tenía dieciocho años y él veintiocho. En esa época viví un año y medio en una pensión con Aldo Oliva. Hasta entonces había escrito muy poco y con Aldo aprendí muchísimo, primero a leer. Antes leía pero en forma desordenada, él me dio ciertas pautas. Me decía: “Hay que leer todo”. Aparecieron Nerval, Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud, Ezra Pound. De ahí salió mi primer poemario de alguna manera.

—Un libro que nos conduce a un paisaje, el del Litoral, y a través de él nos revela un mundo.

—Mis abuelos vivían en San Luis entre San Nicolás y Cafferata. Entonces se venía poco al centro. Yo hice la primaria a una cuadra, en la escuela Zeballos de la calle San Juan, y la secundaria en el Nacional Nº 2, de Entre Ríos al fondo. Iba en tranvía pero enseguida me volvía. Al río no lo veía nunca, salvo desde el segundo piso del Nacional. Desde abajo no se podía ver por los paredones, estaba el puerto.

—¿Por eso habrás quedado prendado del Paraná?

—Sí, de la isla en Rosario y en Santa Fe, porque yo empecé a visitar Santa Fe bastante seguido a partir de mi amistad con Saer. Él había venido a estudiar a Rosario y se casó con una compañera mía de la facultad. Tenía una casa en Rincón y otro amigo que se llama Mario Medina se había hecho la casa al lado de un hotel alojamiento de la madre en Colastiné. Ahí estábamos mucho, era la zona costera. Cuando lo íbamos a esperar a Juanele, que venía de Paraná en balsa, estábamos mucho en el río. La presencia del río en Saer es muy importante también. En esa época me hice amigo de Hugo Gola.

—En el prólogo de Fotos de familia definís a la poesía como un compromiso y una convicción. ¿De qué sustancia están hechos ambos para que se mantengan durante cincuenta años?

—Cuando me preguntan cómo me defino, siempre me defino como poeta a pesar de que la mayoría de mi producción publicada no es poética. La de poeta es una vocación que no se ha extinguido nunca en mi vida.

—¿Cuando no escribís, sentís angustia? ¿O no tenés problemas en “esperar” al poema?

—Si no tengo nada adentro para decir, hago otra cosa. Tengo una obra que me llevó doce años de trabajo, que no es poco tiempo, y se llama Rosario, del centenario a la década infame. Son cuatro volúmenes. Mi idea era, más que reflejar la historia institucional, contar todo lo que hacía a la vida y al movimiento de la ciudad en treinta años que fueron de gran desarrollo para Rosario. Me dediqué a explorar los diarios desde 1900 a 1930, llegué a tener catorce mil fichas. No había internet. Eso me obturó de alguna manera la posibilidad de sentarme a escribir poemas. No lo sentía.

—En su libro El arte de narrar Saer te dedica el poema Diálogo bajo un carro. ¿Hablabas de poesía con él?

—Sí, muchos de sus poemas los leí antes de que los editara porque él tardó en publicar El arte de narrar. Me gustaban los primeros poemas, luego se fue a vivir a Francia. Tengo una carta donde me dice algo que siempre me conmovió: “Los años más felices de mi vida los pasé en Rosario”. Estuvo dos años acá nada más. Hubiera sido más lógico que se refiriera a Santa Fe en ese sentido, a la que convirtió en escenario de su obra. El poema que me dedica en realidad es un diálogo entre José Hernández y su hermano Rafael, un poema extraño que no tiene nada que ver con el resto del libro. Ellos hablan sobre el país, sobre el futuro, sobre el territorio en el que vivían. Ahora, por qué me lo dedicó, no sé. En una carta plantea una cosa muy graciosa, porque era muy jodón. Dice: “Te dediqué el poema que menos me disgusta”.

Yo a él le había dedicado Las últimas poblaciones, un poema larguísimo que tiene como cita inicial un fragmento del Martín Fierro, o sea que también está Hernández. En un momento del fragmento se lee: “Le dijo a Cruz que mirara las últimas poblaciones y a Fierro dos lagrimones le rodaron por la cara”. En este poema Fierro recuerda sus peripecias con Cruz desde que se van a las tolderías y conviven con los indios y después vuelven; tiene que ver con el país, con el hecho de que ellos se extrañan de la civilización para ir de alguna manera a la barbarie. Y por qué después regresan.

—¿Con este libro cerrás un círculo?

—Sí (categórico). Creo que ya no voy a escribir más, aunque en realidad nunca se sabe. Por el momento no estoy escribiendo poemas. Hay que ver qué pasa ahora que se publica el libro, si empiezo de nuevo.

—¿Qué te gustaría que pasara con Fotos de familia?

—Cuando uno da a conocer un libro de alguna manera lo larga al viento y que caiga donde caiga, no lo hace para recibir nada en particular. No sé que sentís vos que estás en la misma trinchera, yo lo hago por necesidad, de escribirlo y de compartirlo. Después se escapa de tus manos, esa es la verdad.

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