La reciente ley de alquileres ha vuelto a poner sobre la mesa una discusión largamente postergada sobre las condiciones en que la mayoría de los contratos de alquiler tienen lugar, buscando regular los aumentos y duración de los mismos, así como la división de gastos, depósitos y otros puntos más. Sin dudas constituye un avance en la protección de los inquilinos, aunque no agota todos los puntos de conflicto. No obstante, esta lucha —lejos de agotarse en torno a dicha ley— cuenta con más de un siglo de historia, destacándose puntualmente un largo y reñido conflicto hace ya ciento catorce años en el cual muchos conventillos de muchas ciudades se lanzaron a la huelga y no pagaron los alquileres, incluida por supuesto, Rosario.
Es conocida ya esta experiencia para Buenos Aires, la cual ha sido historiada y recuperada en diversas oportunidades, sobre todo en estos últimos años. Esto no se debe exclusivamente a la ley en cuestión, sino también por la participación de mujeres que tuvieron lugar en aquellas duras jornadas de 1907, siendo conocida la llamada “Huelga de las Escobas”, en la cual muchas mujeres agrupadas enfrentaban a la policía barriendo mucho más que el polvo, también la impunidad y la injusticia. A pesar de la cercanía, mucho menos conocida es la misma experiencia inquilina en Rosario, la cual, aunque tuvo sus particularidades, fue proporcionalmente igual de intensa.
Para inicios del siglo XX Rosario era la segunda ciudad más grande, populosa y económicamente más importante del país. A pesar de sus singularidades, buena parte de los procesos que vivía Buenos Aires rápidamente se reproducían en Rosario, puesto que ambas ciudades compartían una lógica productiva y portuaria que las vinculaba. El permanente crecimiento de Rosario durante la segunda mitad del siglo XIX había cambiado la fisonomía de la ciudad, que crecía en tamaño y población de una forma acelerada. Hacia fines del siglo XIX podía observarse cómo el problema habitacional comenzaba a transformarse en una verdadera preocupación: en poco más de una década había aumentado cuatro veces la cantidad de conventillos en la ciudad. Éstos se caracterizaban por su pequeño tamaño, poca ventilación, escasos servicios de higiene y por ser compartidos por numerosas familias, lo cual no sólo suponía un problema en términos de hacinamiento, sino que traía aparejado consigo problemas epidemiológicos e higiénicos.
Mientras a las elites y autoridades, imbuidas del pensamiento higienista y de la cultura científica de entonces, les preocupada la degradación moral de aquellas viviendas, a los sectores populares les preocupaba la escasa posibilidad de acceder a una vivienda digna. Así, al calor de los conflictos entre obreros y patrones que caracterizaron al cambio de siglo, se sumaría el de la vivienda digna, que encontró su punto de inflexión en 1907, el año más conflictivo de la década y del período.
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Un suelto en la edición de La Capital del sábado 5 de octubre de 1907 daba cuenta del grave problema habitacional en la ciudad.
El 29 de septiembre de 1907, en medio de un año cargado de huelgas y luchas, ya con la información de la huelga de inquilinos comenzada en Capital Federal unas dos semanas antes, muchos obreros de Rosario decidieron convocar a una asamblea en la cual tomaría centralidad el Comité Pro Rebaja de Alquileres, que había sido creado un año antes. La sede del comité sería la del gremio de Obreros Pintores, de calle Corrientes 1247, hoy tristemente tapiada y pronta a ser demolida. El caso rosarino acá sí tiene una diferencia singular con respecto a la de su par porteño, puesto que aquél había surgido directamente desde los conventillos y los barrios, pasando a tener el apoyo de los gremios y sindicatos. En Rosario, en cambio, el movimiento surgió alentado directamente por la Federación Obrera Local Rosarina, la principal entidad obrera local, mayoritariamente compuesta por anarquistas.
De esta forma, aquella asamblea estableció un pliego de condiciones que sería presentado ante los propietarios al tiempo que se dejarían de pagar los alquileres hasta obtener una respuesta favorable al mismo. Aquel pliego pedía, puntualmente, la rebaja de los alquileres en un 30%, la higienización de las habitaciones, la abolición de los pagos por adelantado, la abolición de las garantías y la prohibición de desalojo a las personas que tomaran participación de la huelga. En poco más de una semana ya eran 130 los conventillos que se habían plegado a la huelga, los cuales estaban agrupados en torno a subcomités barriales encargados de nuclearlos, destacándose entre ellos el subcomité femenino de calle Corrientes 1825. A las dos semanas, el número de conventillos en huelga ascendía a más de 250.
La convocatoria crecía diariamente, lo cual no solo alertaba a los propietarios, sino a las autoridades, las cuales comenzaron a tomar acciones. La División de Investigaciones de la policía de Rosario comenzó a infiltrarse en las reuniones para conocer el estado de la huelga y los planes futuros, logrando así desbaratar asambleas y detener a los principales cabecillas, muchos de los cuales ya eran perseguidos por su condición de obreros anarquistas. La represión en Buenos Aires estaba siendo muy violenta, ordenada por el tristemente conocido coronel Ramón Falcón, a tal punto que fue asesinado de un tiro en la cabeza por parte de la policía el adolescente Miguelito Pepe, de tan solo 15 años, quien fue un orador y luchador respetado en aquellas jornadas.
Aquel evento, sumado a los casos de represión local, llevaron a la asamblea rosarina a convocar a una reunión pública para el 10 de noviembre en Güemes y Callao, en la cual habría oradores que disertarían en español, italiano y ruso, para que todos pudieran estar al corriente de la situación y la gravedad del caso. Según informó el diario El Municipio, la asamblea pedía que "...ninguno falte, pues dados los triunfos obtenidos en Buenos Aires, sería doloroso que aquí se malograra el movimiento por la dejadez de sus habitantes. Todos estáis conformes en que el alquiler es carísimo, que es casi imposible la vida. ¿Pues entonces, qué esperáis? En Buenos Aires están palpando el triunfo; procedamos en idéntica forma y serán dos triunfos; el de la capital y el del Rosario. Así es que hoy, todos a la calle Güemes y Callao”.
La convocatoria, según comentan los principales diarios locales, había sido enorme, pero breve, puesto que la policía llegó y disolvió la reunión de forma violenta, deteniendo e incomunicando a muchos en la Jefatura, al tiempo que figuras obreras locales como Manuel Daniel Rodríguez y Natalio Pellegrotti resultaron deportadas. Aquella acción policial terminaría por debilitar el movimiento huelguista, al tiempo que la Federación Obrera Local Rosarina convocaría a inicios de diciembre a una asamblea para llamar a una Huelga General Nacional coordinada con otras entidades obreras nacionales. Como afirma la historiadora Agustina Prieto, desde entonces los diarios locales operaron un bloqueo informativo, en claro rechazo al cariz violento que entendían estaba tomando la medida de fuerza y por oposición a la huelga general convocada.
Finalmente, la huelga de inquilinos se fue difuminando hasta perderse en la prensa, al tiempo que los inquilinos comenzaron a pagar sus alquileres nuevamente sin la rebaja negociada, en las mismas condiciones y con represalias signadas por los desalojos. A pesar de la derrota, la experiencia marcó un hito en las luchas populares y obreras, que se repetiría en muchas ciudades de América Latina como síntoma de una época convulsionada y en acelerado cambio. Hoy, a más de un siglo, muchos de los reclamos de aquellos valientes inquilinos siguen estando vigentes.