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Cayo Largo

Llegamos a Cayo Largo en un avión a hélice, el tiempo nublado y los humores también nublados hicieron de ese viaje una experiencia que quizás no deba contar.

Domingo 16 de Junio de 2019

UNO

Llegamos a Cayo Largo en un avión a hélice, el tiempo nublado y los humores también nublados hicieron de ese viaje una experiencia que quizás no deba contar. La playa tiene un color azul turquesa y es transparente como la piscina más clara. Algo que seguramente extrañaré al pisar en un futuro las playas de Mar del Plata, San Bernardo o el río marrón que veo al despertar junto a ella. Cayo Largo me remite al clásico filme dirigido por John Huston, con Humphrey Bogart como protagonista. La película transcurría en los años cuarenta, pero era otro Cayo Largo, el de Florida, en Estados Unidos. A este lo llaman Cayo Largo del Sur, quizás para diferenciarse del otro que no creo que tenga la belleza del Caribe. Estamos en una cabaña rodeada de palmeras, con un pequeño balcón desde donde se divisa el mar. Esto es Cuba pero a su vez es la Cuba para los turistas a los que sólo les importa la playa, el sol, el “todo incluido” que supone beber y comer las veinticuatro horas. También es el lugar para que una pareja disfrute de unos días en un paraíso terrenal, totalmente alejado de las preocupaciones mundanas. El idioma que que se habla es el español, pero se confunde con el francés, el inglés y el italiano. Ante cada pregunta en la que nos confunden con una pareja canadiense aclaramos, somos argentinos: para que a continuación respondan “la tierra del Che, de Messi y de Maradona” y algunos agregan Fito Páez. Es decir, tres de cuatro son rosarinos. Pero también se escuchan algunas voces en ruso. Se sabe, los rusos siempre fueron amigos de los cubanos.

DOS

El hombre es petiso y bastante gordo, con una pelada prominente, bigote y barba candado, canoso. Tendrá unos 65 años y viste una remera con la cara de Putin, un facsímil de la revista Time cuando el jefe de la KGB fue declarado personalidad del año. El ruso luce con orgullo esa estampa, lo que a mi entender marca una postura, una posición, un punto de vista. Se mueve por el lugar como si lo conociera de memoria y saluda a los encargados, mozos y cocineros con naturalidad. Creo que no es la primera vez que está aquí. Tal vez haya formado parte de algunas de las misiones diplomáticas de la ex URSS o de los servicios secretos rusos y ya con la caída del Muro ha conservado sus amistades en la isla y por eso regresa cada tanto a este lugar, que es ideal para los que quieren escapar del crudo invierno ruso. ¿Otro espía que salió del frío?

TRES

La televisión del cuarto se ve con interferencias, con esa interferencia que llamamos “lluvia”. Veo los noticieros y programas políticos donde el eje está puesto en una parte del mundo al que pocas veces tenemos un acceso directo desde los 670 canales de la fibra óptica argentina. La cama es ancha, muy ancha. Ocho días en el paraíso o algo parecido. ¿Por qué llamamos paraíso a un sitio así? La descripción del paraíso como el lugar donde todos quieren llegar pero sólo se alcanza después de la vida o partir de la muerte. El hecho de acceder al paraíso está basado en un concepto cristiano que supone recorrer un camino regado de sinsabores con el pecado acechando de manera permanente, al que hay que eludir para tener la llave que nos abrirá las puertas del cielo. Pero fuera de la concepción cristiana, el paraíso también es donde lo placentero, el goce y la felicidad se pueden disfrutar como moneda corriente. Y el sistema capitalista nos permite comprar el paraíso, al menos por unos días y hasta en tierras del comunismo. Mar transparente, arena fresca que no se calienta con el sol. Caminar metros y metros con el agua a la cintura, con peces que se escabullen entre las piernas. Unos pequeños pájaros corren sin volar por la orilla, surfeando el final de una ola diminuta. No les importa la gente, no se asustan y siguen su carrera hasta que deciden volar, en banda, en bandada.

CUATRO

El desayuno es un almuerzo temprano, huevos revueltos, jamón, queso, salchichas, frutas varias, jugos, café, tortas y un largo etcétera. El ruso esta vez tiene una remera que da cuenta de un recital de Depeche Mode en la ciudad de Sochi. Esta ciudad se hizo conocida internacionalmente cuando se realizaron los Juegos Olímpicos de Invierno en 2014. Pero casualmente yo conocí Sochi hace casi 20 años, cuando fui a un festival de cine. Recuerdo haber llegado a Rusia creyendo que me recibiría el frío que estaba estúpidamente grabado en mi cabeza por haber visto películas de cosacos o porque la imagen de Tolstoi, Dostoievski, Chéjov o Tarkovski nos hacen suponer que el frío es una constante en aquel país. Grave error, tuve que guardar mis abrigos, pulóveres y botas y comprarme un short de baño y remeras. Sochi es una ciudad turística que queda a las orillas del mar Negro. Allí descansaban los zares, luego los jerarcas del partido en la época soviética y hoy sigue siendo la Punta del Este del poder, de los directivos del Kremlin o de la misma mafia rusa. En Sochi me asignaron un traductor. Un señor que hablaba perfectamente el español ya que había estado en misiones consulares en La Habana. Pero claro, estar en una de esas misiones soviéticas en Cuba y en plena Guerra Fría me hacía suponer —y lo fui comprobando con el correr de los días— que mi traductor había sido un agente de la KGB y que en ese momento, con poco trabajo, se ganaba la vida de otra manera. Una noche me confesó que con la caída del Muro se retiró de los servicios secretos y que Sochi era el refugio de los ex agentes que decidieron dar un paso al costado, pero que su deseo era volver a Cuba. Miro al ruso en Cayo Largo, algo me hizo recordar a mi traductor y observo nuevamente su remera. No tiene el perfil de un fan de Depeche Mode, pero quizás mi mirada esté cargada de prejuicios. ¿Por qué tiene esa remera? ¿Acaso vive en Sochi y uno de sus hijos fue a ver el recital? ¿Es un fan de la primera hora aunque su edad no concuerde con los seguidores de la banda? ¿O trabajó en el recital en algunos aspectos de la producción? Se sabe que la mano de obra desocupada de los espías rusos se ha volcado a emprendimientos privados, incluida la mafia y los negocios ilegales, como también algunos se han reciclado en el mismo Estado dentro de la política. Así lo hizo el propio Putin. Mientras yo hago estas disquisiciones acerca del ruso, ella se ríe y me asegura que el hombre no es ruso y que habla italiano. Yo le aseguro que es ruso y hasta podría afirmar que intercambió miradas con un gordo fanfarrón que dice ser canadiense, pero ese cruce de miradas denotó un conocimiento previo. Pero yo no creo que el canadiense sea canadiense. Se sabe que un canadiense y un estadounidense solo están separados por el lago Ontario y unos grandes bosques y, salvo en Montreal, donde se habla francés, el resto de los canadienses podrían pasar desapercibidos en territorio yanqui como también un yanqui en medio de esta isla podría disfrazarse de canadiense. ¿Y si este fuera un juego de espías, de viejos espías? ¿Si el canadiense fuera un agente de la CIA en Cuba? ¿Y el ruso un viejo ex agente de la KGB que en medio de sus vacaciones reconoció a un adversario de época de la Guerra Fría? Ella se aburre de mis análisis y se va a la habitación.

CINCO

Me siento en el bar y pido una crema catalana. Observo los movimientos del ruso y detecto una caja, tipo valija, como las que se usan para los instrumentos musicales, pero más pequeña. ¿Qué llevará ahí? Levanta la valija y se aleja hacia la playa en un día donde el viento y la amenaza de tormentas transforman en desierto la arena del Caribe. Pero lo que me llama la atención es descubrir al canadiense fanfarrón ir hacia el mismo sitio que el ruso. Algo sucede en estas tierras y creo que soy testigo involuntario de un encuentro de espías. Me asomo a la playa y veo a los dos hombres que mantienen una prudencial distancia, parece que desconocieran la presencia uno del otro, pero por algún motivo ambos están allí en el mismo momento. Me quedo observando hasta el que el ruso se agacha para abrir la valija en el mismo momento que el hombre de la CIA (a esta altura creo que puedo llamarlo así) se distrae con el aleteo de un ave que parece una gaviota pero es un petrel antillano, lo reconozco por un documental de History Channel. Algo interrumpe mi observación, es ella que regresa de la habitación y propone que aprovechemos nuestra última tarde en el Cayo para caminar al lado del mar. Unos segundos en los que desvío la mirada. Y luego de prometerle a ella que iríamos a mojar los pies en la arena, me vuelvo hacia donde estaban los hombres, que ya no están. No quedan ni las huellas, ni rastros, ni siquiera puedo ver sus siluetas recortadas en la playa, porque se esfumaron como dos fantasmas. Ella me pregunta qué me sucede, pero evito volver a hablar de espías y sólo atino a responder que la crema catalana con hielo me ha caído pesada.

SEIS

Por la noche no puedo dormir y la miro a ella tendida sobre la cama con el sueño tan profundo que ni la lluvia que azota las ventanas la despierta. Después de la tormenta las primeras luces del alba invaden la habitación. Enciendo la TV. El noticiero da cuenta de una persona que se ahogó en el mar luego del temporal que azotó la isla durante la madrugada. Abro la ventana y salgo al pequeño balcón. Ya el cielo está despejado y el sol atraviesa las pequeñas construcciones que forman parte del complejo turístico. Apoyo mis manos en la baranda y como si las casualidades no fueran casualidades, veo al ruso caminar frente a mi balcón en dirección al comedor. El tipo se detiene unos instantes y me mira. Es en ese momento que sonríe.

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