Así solía decir mi abuela perteneciente al grupo de las mujeres sabias, pero que aún así organizaban sus vidas a la sombra del machismo. Seguramente como mujer visionaria e inteligente preveía el cambio que poco a poco se iría instalando en la sociedad porque nos enseñaba a respetar y que nos respeten, a brindarnos y que se nos brinden, a luchar a la vera del hombre, ni un paso adelante, ni uno atrás. No competía, por lo cual no le interesaba ganar ni perder. Vivía intentando igualarse a su esposo en derechos y deberes y no dudó en transmitirlo. Ambos a la par, cada uno respondiendo a su esencia. La carta de lectores de La Capital del 16 de julio pasado hace referencia al “machismo desorientado”, y a la competencia de ambos géneros en los cuales uno iría ganando y otro perdiendo. Se me ocurre que sería muy bueno abandonar esa competencia y comenzar de una buena vez a caminar juntos a la par, sin que ninguno intente poner sus pies por encima de la cabeza del otro. Las mujeres continuar en el intento de equilibrar sin desequilibrar y los hombres, sin desorientarse, comprender que por siglos la humanidad fue machista pero ha llegado la hora de empezar a convivir de otra manera para permitir que “los melones se vayan acomodando” en ese andar maravilloso que es la vida.





























