Fue una renuncia que conmocionó al mundo. Fidel Castro, el legendario comandante que en 1959 asumió el poder por las armas en Cuba, anunció que abandonaba la presidencia debido a su precario estado de salud. Durante 49 años su figura carismática no admitió grises. Al igual que Jesús se estaba a su lado o en la vereda de enfrente. Construyó un poder monolítico, centralizado y personalista, poco proclive a admitir disensos. Boicoteado salvajemente por la república imperial se transformó en el símbolo de una utopía que recibió un duro golpe en 1989, año en que se derrumbó el muro de Berlín. Dueño de una inteligencia superior y de una oratoria volcánica Castro llevó hasta las últimas consecuencias aquello que Max Weber denominó "La ética de la convicción". Jamás traicionó sus principios socialistas. Jamás pactó con el capitalismo global. Jamás se arrodilló. Jamás claudicó. Sus enemigos lo acusan de haber sido un tirano, una reencarnación de Lenin que sembró de violencia subversiva el cono sur. Sucede que no soportan que haya pensado distinto, que haya tenido el coraje de acusar públicamente las atrocidades que en nombre de la democracia y la libertad cometieron los Estados Unidos a lo largo de su historia. No toleran que haya sido un rebelde. Seguramente festejarán cuando la noticia de su fallecimiento cubra la tapa de todos los diarios del mundo. Pero su ética de la convicción perdurará hasta el fin de los tiempos.



























