Los jubilados en nuestro país son millones. Sin embargo están olvidados, como una tétrica especie en extinción. No existen para nadie, desde la señora presidenta, pasando por todo el espectro político y llegando a los medios. Los abuelos no interesan a nadie, al extremo de que la Suprema Corte insinuó lo que podía ser una mejora para nuestro mal vivir, pero esto para nuestras autoridades fue como oír llover. Los medios periodísticos tocan todos los temas: Chávez, las retenciones, la valija diplomática, la vuelta de Riquelme o la boda de Sarkozy. Se habla de todo, menos de los jubilados. Desde que asumieron las nuevas autoridades, la palabra jubilado no se oyó nunca desde el atril, como si todo anduviera bien. Cada vez que aparece el bendito atril por TV, los abuelos lo miran como si esperasen la llegada del mesías. ¡Pobres!, no saben que ellos están ninguneados, borrados. Parece mentira, pero este es nuestro país y estos nuestros conciudadanos. Nos duele, hermanos, ¡no saben cuánto nos duele!



























