Cuando por cadena nacional se va a anunciar un aumento para los jubilados, el cosquilleo de la duda invade a la postergada clase pasiva. Millones de personas expectantes, pergeñando la posibilidad de un milagro que los saque de la pobreza, que les devuelva la dignidad perdida. Pero no. Solo escuchan lo que ya sabían. Y se preguntan que si ya lo sabían ¿para qué lo anuncian? Y se van dando cuenta de lo estúpidos que son al pensar, solo por un momento, que la situación pudo ser cambiada. Resignados, escuchan el reiterado discurso de las maravillas que logran los gobernantes de turno comparados con otros gobernantes de turno que les dieron menos migajas que las que reciben ahora. Y los lastiman los aplausos. Saben que son millones los jubilados que a partir de septiembre van a cobrar los 3.231 pesos que la elevada inflación ha vuelto miserables. Y que deberán ir al supermercado todo el mes, pagar diferencias de medicamentos todo el mes, luz, gas e impuestos todo el mes, alquiler todo el mes, o pagar una persona que los cuide si caen enfermos, para no correr el riesgo de ser encerrados en un geriátrico con penetrante olor a orina y abandono. Ellos también hacen a la historia de nuestro país. Yo los he visto. ¿Ustedes los han visto? Sentados frente al televisor, pidiendo silencio a todos para poder escuchar palabras mágicas que nunca se pronuncian. Disculpas fuertes y claras. Asumidas disculpas por la pobreza en la que están inmersos. Promesa de estudiar el tema para cambiarlo a la brevedad, sabedores de que sus tiempos se acortan. Análisis capaz de aceptar este presente obsceno. Porque convengamos argentinos: es obsceno pagar 3.231 pesos a los jubilados y además regocijarse porque en el pasado fue peor. ¿No? Pregúntenles a los jubilados, hablen con ellos. Van a sorprenderse al comprobar lo intactas que conservan sus neuronas.































