Leónidas Gambartes

Personajes míticos, dioses olvidados

Tempranamente, Leónidas Gambartes (Rosario, 1909-1963) exhibió un dominio virtuoso de las diferentes técnicas artísticas

Martes 17 de Noviembre de 2020

Leonidas Gambartes fue señalado de muy joven por el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros cuando visitó la ciudad en 1933 y seguramente también Antonio Berni, que lo contó –junto a varios jóvenes que habían frecuentado la academia de Fernando Gaspary– como uno de los principales colaboradores en la escuela-taller sostenida por la Mutualidad Popular de Estudiantes y Artistas Plásticos entre, aproximadamente, 1934 y 1937. Durante esos años, las consignas sobre el empleo de apuntes fotográficos para una nueva plástica realista –sostenida por Berni y estimulada por el paso de Siqueiros– impulsaron a Gambartes a recorrer con una pequeña cámara los barrios y periferia de la ciudad y a registrar, en una clave típicamente moderna, aquello que estaba excluido de los beneficios de la modernización. Así, dotado de una aguda sensibilidad social alimentada por el pensamiento de izquierda y de un bagaje cultural que abrevaba, por ejemplo, en la lectura de textos literarios y el ejercicio de la poesía y en la familiaridad con tendencias estéticas como el realismo mágico alemán y el surrealismo francés, realizó –prácticamente como una constante durante los años treinta y cuarenta– una extensa saga de paisajes del suburbio sumidos en la quietud y silencio; paisajes cuyas manifestaciones más conocidas son la tinta Confidencia y la acuarela Lunes, presentadas en el XIV Salón de Otoño de Rosario de 1935, donde contrastaban con los espectaculares envíos de escala mural realizados por Berni y sus compañeros de la Mutualidad.

Paralelamente, entre 1937 y 1942 encaró una serie de insólitos cartones humorísticos en los que de una manera mordaz trató los cuentos y personajes ligados a la infancia, la cotidianidad burguesa, los avatares del mercado y el dinero, las calamidades acarreadas por la guerra y, muy sugestivamente, si se consideran sus desarrollos posteriores, las supersticiones y creencias tal como lo revelan Gualicho y Magia negra. También aproximadamente a partir de esta última fecha grabó una serie de enigmáticas y oscuras planchas de linóleo pobladas de apariciones, espectros y oprobiosas escenas bélicas y, del mismo modo, realizó un interminable conjunto de dibujos oníricos donde, nuevamente, la devastación provocada por la segunda confrontación mundial convive con una galería de seres que experimentan fantásticas transformaciones, brujas y nigromantes. Munido de los relatos y leyendas del Noroeste que circulaban en su familia y de los recuerdos de infancia anclados en los barrios y descampados donde vivenció la cotidiana presencia de lo sobrenatural, Gambartes recogió luego, en los caseríos de los campos aledaños a la ciudad y en los ranchos de la zona ribereña, el legado de la gente de mayor arraigo. Se trataba de los modos de vida y el pensamiento, de las creencias y las prácticas mágico-religiosas de los descendientes de antiguas poblaciones que, más allá de sucesivos mestizajes, mantenían aún vivas formas culturales que el artista vinculó con el universo americano.

La progresiva y prácticamente indisoluble asociación de su obra con esta dimensión continental encontró nuevos estímulos en la lectura de Universalismo constructivo, de Joaquín Torres García, y en la frecuentación de las manifestaciones artísticas del antiguo Mediterráneo actualizadas por la publicación del libro Pintura pompeyana, escrito por el crítico y novelista Roger Pla. Por este motivo la ortogonalidad, la abstracción y la frontalidad que presiden el sistema del primero, la composición y la iconografía de las antiguas pinturas y mosaicos romanos, y también la mirada sobre las imágenes de sabor arcaico elaboradas por Pablo Picasso y Massimo Campigli impregnaron de estatismo y gravedad la serie de obras que, en la primera mitad de la década del cincuenta, mostraron un friso de la vida extramuros y cuyas protagonistas privilegiadas son anónimas figuras femeninas. Sin embargo, esa cotidianidad no está exenta de elementos extraordinarios: están allí las promesantes y poseídas, las yuyeras y gualicheras, las tiradoras de cartas y conjurantes, las luces malas y los nocturnos agoreros para confirmarlo.

Desde entonces, esa dedicación a representar los rituales y creencias de las viejas poblaciones –paradójicamente próximas a la novísima ciudad puerto y los campos poblados por inmigrantes europeos– abrió el camino a una incansable exploración de las antiguas culturas americanas que, además, cronológicamente coincidió con su participación en las muestras del célebre Grupo Litoral. Auxiliado ahora por la novedosa técnica pictórica del cromo al yeso que aproximaba sus obras a pretéritas expresiones murales, por las variadas referencias del arte moderno que abarcaban desde las especulaciones espaciales del cubismo a las imágenes imposibles del surrealismo, de las distorsiones formales de Picasso a las abstracciones de Joan Miró y la secreta imaginería de Paul Klee, y por el aporte de diversas expresiones estéticas que se extendían de los ídolos africanos a las máscaras polinesias, de los postes tallados de América del Norte a los ceramios del antiguo noroeste argentino, Gambartes plasmó una galería de personajes míticos y dioses olvidados, de poderosos oficiantes que evocaban animales feroces, de acuarios y bestiarios, de fósiles atrapados en la piedra milenaria.

Un elenco de temas que, tamizados por la sensibilidad contemporánea, le permitían marchar hacia la conquista de lo que llamó una “imagen propia y única”, haciendo de él un caso excepcional en la pintura argentina de mediados del siglo XX.

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