Los datos difundidos por este medio días atrás, en relación a los problemas de
aprendizaje de los alumnos en las escuelas secundarias de nuestra provincia, no constituyen una
primicia, como tampoco lo es el malestar de los docentes en las instituciones educativas.
Podríamos decir que dicha información es parte de un viejo problema, y bien
sabemos que cuando un problema se sostiene en el tiempo, contrariamente a lo que podríamos pensar
"que no cambia", en realidad empeora. Deseo con las ideas que aquí presento, proponer un giro en la
dirección que vamos, ya que entiendo no es la que maestros, padres, alumnos, investigadores,
directivos y funcionarios deseamos.
Desde una visión compleja de los sistemas ya no podemos pensar que la
transformación de la realidad tiene un punto de partida, desde donde comenzar dichos cambios: la
política educativa, los funcionarios, supervisores, directivos, docentes o bien padres y alumnos.
La literatura sobre sociología de la educación ha sido abundante en investigar la punta del ovillo
de las reformas educativas. Orientadas por la metáfora de la pirámide organizativa, las propuestas
han buscado los cambios transformadores de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba.
Hoy guiados por el paradigma de la complejidad, la metáfora de la red nos
proporciona una potente imagen para dejar de pensar en partes aisladas y apostar al centro de la
trama que se tensa creativamente entre el "yo cambio" y "nosotros cambiamos".
Desde esta visión compleja, complexus (lo que está tejido junto), todos y cada
uno somos agentes fundamentales de dicho cambio.
Ante la situación educativa compleja que quedó planteada al principio, bien
podemos resistir al malestar, sufrir, enfermar juntos o bien podemos de manera saludable "darnos
cuenta" y "hacernos cargo" de nuestra responsabilidad en la cuestión.
¿Y entonces por dónde empezar?
En primer lugar por uno mismo. En mi caso, en este momento escribiendo este
texto. Escribir para mí no es un "hábito adquirido", es una pasión que me conecta con lo que
siento, me permite el encuentro con el lector que no necesita para leerme de "especiales
habilidades comprensivas", tan sólo se requiere que "sintamos juntos" esto, que a "nosotros" nos
importa, nos duele, nos afecta, nos motiva tanto como para transformarlo.
Propongo una nueva agenda educativa centrada en la vida como valor primordial.
Esto implica poner en relación lo que sentimos, lo que pensamos y lo que hacemos. Conlleva a tomar
conciencia de los graves problemas afectivos que atraviesa hoy la práctica educativa, aunque
sabemos que no sólo ella.
"Los maestros, los alumnos, los directivos, los padres, todos —dice
Maturana— en definitiva queremos lo mismo, queremos ser tenidos en cuenta, reconocidos,
apreciados, tolerados, respetados, amados", queremos desplegar nuestro ser. La descalificación, el
no reconocimiento de nuestro trabajo, la falta de escucha, la negación de las diferencias, provoca
desgano, vacío, sinsentido, falta de motivación, desinterés, enojo y violencia entre todos los que
formamos parte de esta tarea.
Centrar la agenda de la escuela en la vida, requiere priorizar el re-aprendizaje
de las emociones, recuperando el deseo, sentido y la pasión por enseñar y aprender. Las emociones
preceden y atraviesan los procesos cognitivos. Cuando aquéllas están dañadas, el fracaso gana la
partida. Urge aprender lo que nos gusta, lo que no nos gusta, nuestras preferencias, el poder de
elegir y el desafío de saber qué elegir: ¿qué los apasiona a los maestros? ¿Qué desean los alumnos?
¿Qué prefieren los padres? Cuando no expresamos aquello que sentimos, no escuchamos al otro, ni
somos escuchados: enfermamos.
Conectar con la vida significa recuperar nuestra vitalidad, sentirnos vivos
cuidándonos de la sobrecarga de trabajo, la urgencia del tiempo y la euforia descontrolada de
nuestro modo de vivir actual, que nos conduce al agotamiento y el estrés. Ser vital es respetar
nuestros tiempos de trabajo y descanso, el tiempo para aprender y para errar, el tiempo de cada
uno, de cada grupo, autorregulando las energías que disponemos para vivir.
Todos y cada uno puede creer y crear una escuela diferente a la que tenemos, en
la medida que como seres autopoiéticos (Maturana) somos capaces de autogenerarnos e influir en el
entorno en el que participamos como sistemas. La creatividad ya no puede ser concebida de manera
restringida a las artes, entendida tradicionalmente como expresiones musicales o pictóricas de
algunos genios, sino aplicada al arte de vivir. Esto implicará abandonar la idea de las
organizaciones como máquinas y entender que somos todos sin excepción seres creativos y creadores
de la realidad en la que ineludiblemente participamos, aquí otro punto nodal para esta agenda.
Y por último, entender la educación no sólo como una práctica de inclusión
social, ligada a la adquisición de conocimientos científicos y habilidades técnicas. La educación
en sí es un acto trascendente, de despliegue del ser en toda su potencialidad, de revelación de
todas sus cualidades diferentes y especiales, que le posibilitan encontrar su lugar único en el
universo al que está conectado. En este caso el acento de "tener una buena educación" ligada al
éxito económico-social y consumista, para canjear en el mercado, se debilita en pos del equilibrio
con una concepción de la educación ligada a la expansión de la conciencia y la libertad
(Freire).
Sabemos que la urgencia de esta nueva agenda no es privativa del sistema
escolar; ahora bien, como docentes, la escuela, aunque junto con otros actores sociales, es nuestra
responsabilidad. Espacio social designado tradicionalmente para difundir el conocimiento y
adaptarse a una cultura, actualmente desafiado para revisar críticamente dicha cultura,
transformarse y transformar.
Un recurso indispensable para llevar a cabo este desafío será contar con espacio
y tiempo en la escuela para expresar y compartir lo que se siente, lo que se piensa y lo que se
hace.
Esta nueva agenda encuentra su sustento teórico-metodológico en diversas
fuentes: "La educación biocéntrica", "Pedagogía 3000", "Pedagogía Waldorf", "Unipaz", entre otros
desarrollos que convergen en el cuidado de la vida y el despliegue del ser como valor
primordial.
Convencida de que al comunicar esto que siento y creo estoy creando otra
realidad ligada a la recuperación del sentido y la pasión por enseñar y aprender, es que comparto
con esperanza este texto.
(*) Area de aprendizaje y desarrollo organizacional del Irice-Conicet (UNR)