A Juan Pablo Colazo, de 30 años, lo estaban buscando para matarlo y el viernes a la madrugada lo encontraron. Un plomo fatal le atravesó el cráneo cuando estaba a pocos metros de su casa, en Bordabehere al 1400 de Villa Gobernador Gálvez. El hombre sabía que estaba en una lista negra y por eso llevaba puesto un chaleco antibalas y portaba en su cintura una pistola Browning calibre 9 milímetros cromada que no alcanzó a gatillar. Al lado de su cuerpo malherido también quedó una escopeta calibre 12.70 de uso militar y fabricación estadounidense. Cuando la policía llegó al lugar lo encontró tirado junto a un Peugeot 307 color gris, con sus puertas y baúl abiertos y la música del estéreo a todo volumen. Colazo fue trasladado al Hospital de Emergencias donde murió la tarde de ayer. Veinticuatro horas antes sus familiares habían denunciado en Tribunales lo que sucedía.
"Mi cuñado está muy mal y yo no estoy autorizada a darte información. Mi esposo está con él y no creo que quiera atenderte", explicó la mañana de ayer una familiar del muchacho, cuando aún no se había producido el trágico desenlace. La balacera que mató a Colazo fue el último capítulo de una serie de ataques que se produjeron desde el miércoles por la tarde en un radio de diez cuadras tomando a calle Bordabehere al 1400 como epicentro. Fueron tres tiroteos y una persecución policial que terminó, la tarde del jueves, con dos patrulleros del Comando Radioeléctrico de Villa Gobernador Gálvez inutilizados.
Fuentes judiciales confirmaron que el jueves por la mañana el padre y uno de los hermanos de Colazo llegaron a Tribunales para denunciar que en el término de nueve horas, entre la tarde del miércoles y la madrugada del jueves, su casa de Bordabehere al 1400 había sido baleada dos veces. En uno de esos hechos se incautaron 24 vainas calibres 9 milímetros y 11.25 además de cartuchos de escopeta. Los Colazo apuntaron contra una familia de Villa Gobernador Gálvez ligada al narcotráfico y conocida por sus vínculos con la interna de la barra brava de Newell's Old Boys. La denuncia quedó radicada en el juzgado de Instrucción 15, a cargo de Alejandro Negroni, el mismo que ahora investiga el homicidio. Voceros tribunalicios indicaron que existen al menos tres denuncias cruzadas entre los dos sectores en pugna.
¿El motivo del ataque? En la calle se barajan al menos dos hipótesis: una apunta a otro capítulo de la interna en la barra leprosa; la otra es que Colazo, quien estuvo ligado tiempo atrás a las huestes que ahora su familia denuncia, buscó venganza tras ser baleado en una pierna y su final estaría vinculado a la réplica de esa revancha.
Ataques previos. En tiempos en donde algunos lugares del departamento Rosario están inmersos en una espiral de violencia desquiciada y trágica, se hace complejo tratar de entender historias que mezclan realismo sucio con adrenalina callejera. Ni buenos ni malos. Humanos al otro lado de la ley. Para intentar comprender lo que le sucedió a Juan Pablo Colazo el viernes a las 4 de la mañana, día y hora en que un proyectil le perforó la cabeza, hay que volver en el tiempo hasta la tarde del miércoles. A las 17.30 de ese día, en la esquina de San Martín y Eva Perón, jurisdicción de la seccional 29ª de Villa Gobernador Gálvez, se produjo una balacera en la que Juan Pablo Colazo recibió un tiro en una pierna. También fueron alcanzados por las balas un Honda Fit estacionado y el frente de una concesionaria de motos. En la escena quedaron vainas calibre 11.25 y 9 milímetros y plomos compatibles con un proyectil calibre 38. Un escenario donde hubo tres armas diferentes y donde los testigos indicaron que los disparos partieron desde una camioneta.
Cuarenta minutos más tarde, cerca de las 18.10 del miércoles, el pandemónium de balazos se trasladó hasta el cruce de Oppici y Soldado Aguirre, en la zona de la seccional 26ª. Esta vez las ráfagas de plomo partieron desde dos vehículos y cuatro autos de vecinos (entre ellos un VW Polo, un Fiat Siena y un Renault 11) recibieron impactos. No se denunciaron heridos, aunque en la escena quedaron una veintena de vainas de 11.25 y 9 milímetros y cartuchos de escopeta 12.70.
Ya entrada la madrugada del jueves, el ataque se desplazó hasta Bordabehere al 1400, entre Bomberos Voluntarios y Urquiza. Más precisamente a la casa en la que Juan Pablo Colazo reside con sus padres y uno de sus hermanos. El frente quedó decorado por 24 balazos de calibre grande. Posteriormente se supo que, según denunciaron en Tribunales los familiares de la víctima, existió un ataque previo el miércoles por la noche. Desde ese momento los Colazo dicen haber perdido contacto con el muchacho.
Persecusión y final. El jueves a la hora de la siesta, con tres balaceras denunciadas, efectivos del Comando villagalvense intentaron cruzar a Juan Pablo Colazo cuando circulaba en un Peugeot 307 gris acompañado por otras tres o cuatro personas. Entonces, dos móviles del Comando comenzaron a perseguirlos en una carrera que, según confiaron fuentes de la pesquisa, incluyó varios cruces de balazos.
El 307 gris fugó a lo largo de varios kilómetros, desde el sur hacia el oeste del departamento Rosario. En las inmediaciones de Ovidio Lagos y Lamadrid, en la zona sur rosarina, uno de los móviles quedó fuera de carrera al quedar en medio de dos camiones. En Uriburu y Las Palmeras, límite con Pérez, el patrullero 4409 volcó y el 307 gris huyó hacia Cabín 9. El saldo de la persecución fue dos patrulleros inutilizados, cuatro policías con heridas leves —una suboficial rompió con su cabeza el parabrisas del móvil y debió ser hospitalizada— y Colazo con una denuncia por resistencia calificada a la autoridad.
Lo próximo que se supo de Colazo y el Peugeot 307 gris fue a las 4 de la mañana de ayer. A esa hora varios balazos sobresaltaron una vez más a los vecinos de Bordabehere al 1400. Cuando el olor a pólvora no se había disipado, los que salieron a ver qué había pasado se toparon con el cuerpo de Juan Pablo Colazo sobre la vereda.
La gorra blanca que llevaba en la cabeza, humedecida con su sangre, era una mala señal. También tenía impactos en las piernas. El chaleco antibalas, la pistola cromada y la escopeta estadounidense Mossberg 500 (poco vista en las calles rosarinas y con alto poder de fuego) no le alcanzaron. El 307 mostraba las huellas del ataque. Siete disparos sobre la carrocería, del lado del conductor, otro del lado del acompañante y todos compatibles con proyectiles 11.25 y 9 milímetros. También tenía un abollón que podría ajustarse a un autazo.
Consultados sobre el móvil del hecho y su posible vinculación con la interna de la barra leprosa, el comisario Inspector Claudio Peralta indicó: "Eso no se puede confirmar ya que todo está sujeto a análisis".
La investigación quedó en manos del juez Negroni y la fiscal Nora Marull.