En este país donde hay cada vez menos oficios terrestres y cada vez más ocupaciones, por lo menos, extrañas, siguen sorprendiendo los que se ganan la vida paseando perros.

Por Alfredo Chies
En este país donde hay cada vez menos oficios terrestres y cada vez más ocupaciones, por lo menos, extrañas, siguen sorprendiendo los que se ganan la vida paseando perros.
Es un metier variopinto que integra una vasta paleta tanto de un lado como del otro de la correa. Hay pibes flaquitos que intentan domar siete, ocho animales de distintos tamaños, y los hay forzudos, de esos que se los asocia más a algo relacionado con las tareas de un edificio en construcción. Los hay profesionales y también bisoños, se les nota a la legua porque los perros lo llevan donde ellos quieren.
No se puede hablar aquí de una pasión, pero sí de una afinidad con la actividad en la gran mayoría de los casos porque es rarísimo, o no existe paseador de perros que maltrate a sus ocasionales pupilos.
Sin embargo, la cuestión no está en quiénes sostienen las correas sino en las otras puntas que tironean de collares finitos, gruesos, grandes, chicos. Es inevitable la analogía con las películas de dibujitos donde se dan las situaciones más disparatadas. Porque, ¿en qué puede coincidir un chihuahua y un labrador? Se sabe, el primero es chiquito pero gritón y prepotente y el otro lo aguantará según su naturaleza servicial y afable. Pero, ¿y si el de al lado es un pit bull, o un doberman, o un rottweiler?, ¿y cómo se concilian intereses de perros de distintos cuadros?
Alguna magia aprenden los paseadores porque los animales van todos juntos, emparejan su marcha y el que se quiere quedar atrás olisqueando algo es arrastrado sin miramientos.
Bueno, parece que no es algo tan sencillo. Otros de los secretos es la cantidad de cuadras que recorren.


Por Tomás Barrandeguy
