"La realidad no me interesa"

La parte soñada es la última novela de Rodrigo Fresán, que saltó a la fama a principios de los 90 con los cuentos de Historia argentina. También periodista, en charla con Cultura y Libros dio pistas para acceder a su mundo, donde el rock y la literatura funcionan como faros
11 de junio 2017 · 00:00hs

Zadie Smith escribió un ensayo donde afirma que la literatura de Nabokov es tan bella como rígida. "Vivirás en su casa a su manera. Y esa manera implica que el lector renuncie al derecho de paso lineal y tradicional por la novela (empezando por la primera página y acabando por la última) y se enfrente en su lugar a una red de leitmotivs, citas, pistas y enigmas interconectados que, más que leer, hay que descifrar", dijo la escritora británica sobre el escritor ruso, nacionalizado estadounidense. Rodrigo Fresán escucha esta frase en la habitación del hotel de Buenos Aires, donde está de paso para presentar La parte soñada. Se trata de un volumen de casi 600 páginas editado por Random House que viene precedido por La parte inventada (que se publicó en 2014) y seguirá con La parte recordada. Y dice que sí, que cualquiera de estas tres novelas —a las que considera un tríptico más que una trilogía— pueden leerse en la clave que propone Smith.

La parte soñada se construye a través de muchos momentos, todos contemplados a la vez. Así que cada lector elegirá su propio recorrido. Por ejemplo, es posible transformar este libro en un viaje por la cabeza del escritor. O en un catálogo exhaustivo de los autores y los músicos que enamoran a Fresán y que han pensado en los sueños al menos alguna vez. Se sabe, a él le gustan las listas. Entonces puede utilizar una página completa con unas cincuenta "canciones sobre soñar para mantenerse despierto", desde Enter Sandman de Metallica hasta I often dream of trains de Robyn Hitchcock. A la vez, retornan personajes que ya estaban en el libro anterior, miembros de una familia cuya disfuncionalidad está relatada como un largo cuento de ciencia ficción. Y en ese universo poblado de referencias reales y ficticias EN_DASHlos juegos de espejos son aquí una constante, a no desesperarEN_DASH hay dos en las cuales se detiene esta vez con obsesión: Nabokov y las hermanas Brontë. De ahí que la frase de Smith le provoque, además, una sonrisa. "Es que leer es elegir. Yo también lo hago cuando leo a otros", afirma.

En tu caso, leer y escribir parecieran ser partes de un mismo proceso.

—Sí, es como dormir y estar despierto. El acto de dormir implica la contracara de estar despierto. El acto de recordar algo implica lo que decidiste olvidar para recordar eso. Todo el tiempo estamos buscando y sacrificando a la vez. Esto me pasa en especial con los escritores que me interesan. No sé si existe un género en donde pueda agruparlos, pero me interesan los libros que transcurren dentro de cabezas. Nabokov, John Banville, Kurt Vonnegut podrían entrar en ese género. Pasan cosas en sus libros pero en el fondo, hay una especie de velo o filtro que ocurre dentro de una cabeza. Son yos autorales o "desautorales" muy fuertes.

También aquí pasa algo así. Si en La parte inventada estaba la figura de "El Escritor", con mayúsculas, aquí aparecen tres momentos: el "nextcritor", el escritor e incluso el "excritor". ¿Cómo fuiste trazando esas continuidades?

—Cuando terminé el primer libro, La parte inventada, pensé "se acabó". Pero pasaron algunas cosas. La buena y gratificante es que mucha gente me preguntaba qué ocurriría con Penélope, por qué ese personaje no aparecía más. Incluso con un reproche: "Ella es la protagonista del libro, no el escritor este", decían. Después, desde el punto de vista más técnico, hubo una confusión que me gustó mucho. El libro estaba escrito en tercera persona, pero como la presencia autoral es fuerte mucha gente consideraba que era primera persona. Así que digamos que está escrito en una tercera persona de la primerísima. Lo inquietante es que terminé el libro y siguieron ocurriendo cosas. Es que los libros nunca están muy terminados. Así seguí escribiendo La parte inventada, no como textos nuevos sino como inserts y acumulé unas ochenta páginas más. Y no empezaba nada nuevo. De hecho, esas ochenta páginas están incorporadas a la edición americana y a la edición francesa, que salió hace poco. Pero a la vez llegó un momento donde quería un proyecto distinto: escribir de manera rápida y lineal, casi despojada. Así que después de La parte inventada me puse eso como parámetro. La historia iba a transcurrir en una noche, sería el vagabundeo por una Buenos Aires crepuscular de los años setenta de dos chicos buscando sus padres con un tío medio loco... Ahí me di cuenta de que La parte inventada iba a tener una continuación. O sea, La parte soñada. Y que inevitablemente iba a haber una tercera parte.

—¿Te referís a La parte recordada, que aún no se editó?

—Sí, ya la tengo bastante inventada y escrita. Desarrollo toda la historia de cómo Tío Hey Walrus se transformó en mascota y amigo de los Beatles, se sabe lo que le pasó al hijo de Penélope, que aquí desaparece de modo misterioso, se sabe quién es la chica que se cayó en la piscina... Todo queda explicado, cierra como trilogía.

—¿Por qué esa decisión de explicarlo todo?

—Porque si no voy a escribir otro libro y otro libro más para averiguar qué pasó. El primero que tiene curiosidad por saber qué pasa soy yo.

—Tu curiosidad es enorme porque escribiste una trilogía.

—Sí, pero cada uno de estos libros no es necesariamente una secuela o una precuela: es una durantecuela. O sea, cuentan cosas que pasaron antes o después pero no necesariamente es un proceso cronológico. El otro día fui al programa radial de Rep y me dijo algo vinculado con la plástica que me resultó muy útil para terminar el proyecto. Me dijo que lo que hice no es una trilogía sino un tríptico. Como esos biombos de tres cuerpos que podés desplegar de un modo u otro para que vayan contando una historia no lineal. Me divierto.

—¿Te referís a que te divierte escribir?

—Claro. Cuando escribo, una cosa que me preocupa mucho es que no quiero perder mi parte de lector. Qué pasará, qué pasará qué pasará: ese interrogante me divierte, me empuja y me sostiene. Cuando el editor de estos libros, Juan Ignacio Boido, leyó La parte inventada me preguntó si estaba bien. Porque el libro tenía zonas de tristeza. Y yo respondí que estaba más feliz que nunca. Una cosa es el libro y otra cosa es uno. Me refiero a que el libro se burla de esta especie de última convención de que todos los libros son testimoniales. A mí me importa un cuerno.

—¿Por qué?

—Porque no me interesa la realidad ni que los méritos de un escritor pasen por contar su vida al detalle. A (Karl Ove) Knausgård, por ejemplo, no lo entiendo aunque su escritura esté sostenida por un gran estilo.

—Sin embargo, Mira los arlequines, la última novela de Nabokov, está escrita a la manera de una confesión o autobiografía.

—Sí, pero lo de Nabokov no deja de ser ficción. O, como digo en el libro, uno de sus aspectos maravillosos es que no hace otra cosa más que pulir un estilo. Antes, apenas llegaste, hablamos de mi gusto por la literatura norteamericana. Y en verdad, no es tan así. O sea, me gustan determinados libros que fueron escritos casualmente por gente que nació en Estados Unidos. Pero la gran novela norteamericana la escribió un ruso y se llama Lolita. No hay novela más norteamericana que esa, escrita por un ruso que aprendió el idioma y que reinventa el idioma y así, todos los Estados Unidos. La vida de motel, por ejemplo, no existía antes de Lolita.

—En La parte soñada pudiste explorar, entonces, esa idea de crear una nueva realidad como gran ejercicio de estilo.

—Nabokov dice que la realidad está sobrevalorada, que hay una realidad neutral que es como Suiza, en la que todos convivimos y en la que todos aceptamos que esto es una botella. Pero después esta misma botella es mirada por un niño, por un manco que no puede cogerla, el que ve la mitad llena, la mitad vacía... Todo empieza a ser irrealizable dentro de la realidad. Eso también le pasa a la escritura.

—¿De ahí al mundo de los sueños hay un solo paso?

—Sí. Nuestra vida se divide en una tercera parte laboral, una tercera parte afectiva y una parte soñada donde está todo: el odio, el amor, el trabajo. La historia de la humanidad tiene una pista paralela que es la historia de sus sueños, desde los sueños despiertos a los ideales, a los sueños de los oráculos, desde los sueños que acaban convirtiéndose en grandes textos religiosos en los que millones de personas creen a David Lynch. El sueño es un material muy rico, si bien hay escritores que lo denuestan.

—Como Henry James cuando dice "cuenta un sueño y pierde un lector".

—Lo que él critica es que un sueño sea la explicación de algo y que el sueño tenga una línea narrativa clarísima, que es la idea de Freud. Pero a mí no me interesan esos sueños. Me interesan los sueños que no explican nada pero abarcan todo.

—En el libro también te detenés en el clan Brontë.

—Porque me fascinan. Cumbres borrascosas es uno de mis libros capitales desde siempre y me pareció que fuera bueno que fuera el libro capital para Penélope. Tanto Fitzgerald en el libro anterior, como Emily Brontë en éste, como Nabokov y como Bob Dylan, que es un secreto a voces en La parte inventada, fueron y son artistas que trabajaron mucho la reescritura de sí mismos como personajes. Emily escribió un libro que la escribe a ella. Cuando lo terminás, volvés a mirarla y a entenderla. Y también me gusta Jane Eyre. Creo que, con su propia épica, Charlotte Brontë inventó el concepto de la loca en el altillo que después fue un recurso narrativo muy usado.

—El onirium de La parte soñada también es un espacio cerrado, a modo de altillo demencial o de cabeza de un escritor.

—Y es el espacio del insomnio. Tener insomnio no es no dormir, es dormir de otra manera. Se te ocurren cosas cuando tenés insomnio que no se te ocurren cuando estás despierto. Yo no sabía que hasta la Revolución Industrial, la noche no era como es ahora. La gente se acostaba a las ocho y se despertaba a las dos de la mañana y entre dos y cuatro había como una especie de vida a oscuras donde se recitaban poemas, iban a fiestas y luego volvían a dormir. El trabajo regulado cambió eso.

—Hablando de trabajo, hay información en estos libros que aparece en tus columnas en Página/12 a través de Rodríguez, el personaje que creaste.

—Me fui a Barcelona en 1999 como corresponsal extranjero. A los cuatro o cinco años, a los corresponsales los suelen cambiar de lugar porque el país te tiene que parecer nuevo, si no tu trabajo deja de funcionar. Yo me quedé ahí, tengo un hijo ahí. Así que lo curioso de estos tres libros es que coinciden con un tiempo donde mi parte de la corresponsalía la pongo en los ojos de un español. Invento un personaje que no existe, un publicista sevillano que se llama Rodríguez. Del mismo modo, en estas ficciones invento una especie de pseudo Rodrigo Fresán que no soy yo. Yo no tengo una hermana loca autora de best sellers, mis padres no desaparecieron, mucho menos llamé para que se los lleven. Pero sobre todo, cuando en el primer libro tuve que plantar esa voz narradora, me pareció que lo que lo convertía en alguien completamente diferente a mí es que el tipo era un militante de no tener hijos en nombre de la literatura. Es una idea muy adolescente que me parece ridícula.

—¿Te parece que uno es mejor escritor si tiene hijos?

—Sí, es lo que me pasó a mí con el nacimiento de mi hijo. Porque recibís una cantidad de información que te hace pensar en cosas que no pensarías. Y porque de algún modo volvés a vivir toda tu infancia y eso es algo que aparece mucho en mis libros.

—En un tramo de La parte soñada uno de los personajes admite que la poesía nunca fue lo suyo, que para él los poetas son escritores "cableados de una manera diferente" que pueden explicar el mundo en pocas líneas. ¿Coincide en algo con tu mirada?

—Soy un mal lector de poesía. Todo el mundo piensa que leo poesía, pero no. No es que no me interese sino que es un misterio, como el jazz. No la entiendo, no entiendo cómo funciona, cuál es el poema bueno, cuál es el poema malo. Siento que no estoy a la altura, que me falta un chip. Me gusta, como escritor, no entender cosas.

—Sin embargo, tu narrativa tiene ritmo, yuxtaposiciones, repeticiones...

—Pero probablemente eso venga de una forma particular de poesía, que son las letras de canciones de los músicos que me gustan, desde Dylan hasta Ray Davies o Leonard Cohen.

—Me quedé pensando en tu parte periodística. Si tus libros no son convencionales, tampoco lo es tu escritura cuando hacés periodismo.

—Tuve la suerte de que durante mi quehacer periodístico me tocaran jefes poco ortodoxos que entendieron mi parte poco ortodoxa y me dijeron "corre libre como el viento". Nunca fui un periodista de ir con libretita a cubrir una manifestación. Ni siquiera intentaron enviarme. Bueno, sí, una vez, Ernesto Tiffenberg (actual director periodístico de Página/12) me envió al Obelisco a la celebración de un Mundial tras un partido de Argentina con Inglaterra. Fui, escribí, envié. Entonces me llamó y me dijo "está bien, pero esto que decís de que al final la gente se dispersó y en el suelo había un par de muletas, ¿pasó de verdad?". Y le dije que sí, que estaba ahí, que había pasado. No sé si me creyó o no. Después no me enviaron más a nada. Supongo que desde siempre vengo interpelando la idea de dónde empieza la realidad y dónde comienza la ficción.


Fragmento de La parte soñada

El sueño es, aquí, el cuerpo del texto.

Ahí está.

El cuerpo: en reposo y dormido pero aun así siempre alerta. El texto, en la más suspendida de las animaciones, abriendo sus ojos al abrir el libro, cada vez que se lo lee, como si al entrar ahí se encendiese una luz para que la luz salga. En shhhilencio. Sin hacer más ruido que un onomatopéyico y contagioso boquiabierto ajúm, y estirando los brazos de tanto en tanto, hasta que los huesos crujen.

Y eso es todo en lo que hace al afuera cuando la procesión va por dentro, oración a oración, orando.

Por eso, siempre, luego de siglos de leer en voz alta, se comprendió que era mejor leer sin hacer ruido: apenas moviendo los labios, dejando escapar el aire entre los dientes, y poco más. Con esa mezcla de devoción y temor con la que se contempla en las sombras a un luminoso e iluminador ser querido durmiendo. Y, sólo entonces, admitiendo y siendo plenamente conscientes, en nuestra oscuridad, de que aquel a quien amamos nunca nos será del todo claro, conocido, legible y comprensible.

Cuando alguien duerme, ese alguien es un misterio, y al mismo tiempo, es como es de verdad. Sin las poses sofisticadas y artificiosas de la vigilia, cuando se es tan vigilante del cómo se es percibido.

Dormido, en cambio, pocas variables: boca abajo o boca arriba o de costado y estirado o en contraída pose fetal, como cuando se flotaba dentro de ese cascarón de madre y fantaseando allí, como Hamlet, con ser un "rey de un espacio infinito" en el que no tienen cabida los malos sueños. Fácil de percibir pero, aún así, en esa engañosa sencillez, un cuerpo al que, como a los contados versos de un poema, podríamos recitar de memoria, sí; pero, de nuevo, jamás entendiéndolo por completo. Como sucede en y con muchos poemas.

Y sus posibles significados e interpretaciones son las notas a sus pies. Las notas en letra más pequeña, la cláusula secreta y definitiva. Debajo o al fondo de la cama. Los pies afirmando y buscando el calor y la compañía de otros pies. O, al menos, de esa bolsa de agua caliente con aspecto de prótesis orgánica y consistencia molusca, ahí en las profundidades del lecho cubierto por una manta azul marino. Los pies que siguen el ritmo sonámbulo de una canción que se canta dormida, meciéndose a sí misma.


Bio

Rodrigo Fresán nació en Buenos Aires en 1963 y vive en Barcelona desde 1999. Es autor de los libros Historia argentina, Vida de santos, Trabajos manuales, Esperanto, La velocidad de las cosas, Mantra, Jardines de Kensington y El fondo del cielo. Durante años se ha dedicado a prologar y traducir las obras de los escritores norteamericanos John Cheever, Denis Johnson y Carson McCullers, entre otros. Escribe regularmente para Página/12. Además, publica textos de crítica literaria en la revista Letras Libres y en el suplemento cultural del periódico ABC, de España.

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