Ver una ficción en la cual hay un viaje en el tiempo tiene un atractivo especial. Quizá por eso “Volver al futuro” es un clásico que resiste el paso del tiempo, valga la redundancia, y una serie como “Dark”, también de esta plataforma, fue todo un suceso. Aunque hay una larga lista de películas de ciencia ficción que juegan sobre los cambios determinantes que ocurren cuando se modifica un hecho del pasado para mejorar el futuro, “El proyecto Adam”, sin escapar de la misma lógica, cumple con entretener en una película ideal para ver con toda la familia. No es Shawn Levy precisamente un director que quiera arriesgar demasiado, pero se las ingenia para llegar a buen puerto con su relato. Esta es la historia de Adam (Ryan Reynolds), quien es un piloto interespacial que está en el año 2050 y decide viajar hasta el 2018 para salvarle la vida a su mujer (Zoe Saldaña). Pero por un error aterriza en 2022, y ahí se encontrará con su mismo yo, a los 12 años (Walker Scobell), para que sea el cómplice más fiel (y más conocido) para su riesgoso plan. Sin trucos majestuosos ni efectos visuales de alta gama, la película prefiere entrarle al público por la puerta de la sensibilidad. Es que Adam (el niño y el adulto) lleva sobre su piel la marca de la ausencia tras la pérdida de su padre (Mark Ruffalo, siempre impecable), un científico que pergeñó el viaje en el tiempo con un fin benigno pero su temprana muerte en un accidente posibilitó que la financista del proyecto se convierta en villana (Catherine Keener). La película tiene logrados guiños entre pasado y futuro, en los que se destaca la delicada interpretación de una actriz como Jennifer Garner, que entiende como pocas que hacen falta gestos mínimos para transmitir más emoción. Sin apelar a lo lacrimógeno, lo mejor de la película pasa por los buenos cruces entre las dos versiones de Adam y su padre. Y también en los ida y vuelta de máxima complicidad entre Adam joven y Adam niño, donde parecen jugar a “no sos vos, soy yo”. Y para el final, hay un toque romántico para que sean felices y coman perdices. Sí, es rosa, pero se disfruta.



























