Berlín.- A veinte años de su muerte, el 16 de julio de 1989, el legendario
director de orquesta austriaco Herbert von Karajan sigue siendo sinónimo de música clásica. Sus
discos compactos llenan los estantes de las disquerías y los sellos tienen más de 800 grabaciones
en sus catálogos. Karajan sigue siendo un buen negocio.
A la distancia de dos décadas, el director parece pertenecer a otra era y haber sido precursor
de nuevos tiempos. Karajan apostó hace mucho tiempo por el efecto pletórico de imagen de sus
actuaciones y abrió las puertas de la televisión a la música clásica.
Ojos cerrados, melena plateada, jersey de cuello alto: el maestro atraía las miradas. Fue
fundador del culto multimediático a las estrellas de la música erudita de Mozart, Mahler, Bach,
Beethoven y tantos otros.
Enamorado de la tecnología, descubrió muy pronto las posibilidades de los multimedios. Una
grabación de un ensayo de “Walkiria” de Wagner con la Filarmónica de Berlín catapultó
al disco al éxito. El legendario presidente de la Sony Akio Morita no tuvo que convencer mucho a su
amigo Karajan para embarcarse en lo que entonces constituía todo un experimento.
La imagen de patriarca de orquesta de Karajan ha quedado un tanto obsoleta. El actual director
de la Filarmónica berlinesa, el británico Simon Rattle, adopta más el papel de uno entre
iguales.
Aún cuando los críticos recomiendan a todo amante de la música clásica la compra de muchas
grabaciones de Karajan, por ejemplo de obras de Brahms o Bruckner, el “sonido de banda
ancha” es de una época pasada en la que se creía que había un ideal de sonido más allá de la
interpretación de la obra en particular.
La imagen de Karajan se vio empañada tras la muerte del director al conocer el gran público su
estrecha relación con el Partido Nacionalsocialista del dictador Adolf Hitler. Karajan se afilió a
los 26 años cuando fue nombrado director musical de la orquesta de Aquisgrán, el más joven de
Alemania.
Su cercanía a los nazis le sirvió para hacer carrera. En 1937 debutó con “Tristán e
Isolda” en Viena; un año más tarde dirigió “Fidelio” en Berlín. Ya en aquel
entonces, los diarios hablaban del “milagro Karajan”.
Los nazis lo respaldaron como contrapeso a Wilhelm Furtwngler, de cuya lealtad desconfiaban. El
jerarca nazi Hermann Göring lo adoptó como protegido, mientras que el jefe de propaganda Joseph
Goebbels prefería a Furtwngler, a la sazón director de la Filarmónica de Berlín.
El Tercer Reich, que obligó a huir a directores como Erich Kleiber, Fritz Busch y Otto
Klemperer, ofreció a Karajan múltiples posibilidades de realización.
Más tarde, el director trataría de relativizar su afiliación a los nazis alegando que había
sido la condición para obtener el puesto en Aquisgrán. Tras la guerra los aliados le prohibieron
ejercer durante un año.
Karajan partió rumbo al extranjero. Primero fue a Italia y posteriormente a Londres. Allí
trabajó junto con la Philarmonia Orchestra, fundada por el productor Walter Legge expresamente para
grabar discos.
En 1955 hizo realidad el segundo “milagro” al suceder a Furtwngler en la Filarmónica
de Berlín, a la que fue fiel hasta su muerte.
Después llegaron los viajes con la afamada orquesta. En el cénit de su poder se enfrentó a
los músicos de la Filarmónica que se rebelaron contra la decisión de imponerles a la clarinetista
Sabine Meyer.
Tras un largo tira y afloja, Karajan acabó cediendo y presentando la renuncia. Se retiró a su
casa cercana a Salzburgo donde murió a consecuencia de un infarto cardíaco.