Turismo

Leyendas y personajes tras las rejas

Estatuas tamaño real de guardiacárceles que custodian los pasillos del museo. Adentro, en las celdas hay las esculturas de los presos

Domingo 01 de Febrero de 2015

Dentro de la ciudad, los museos son un mundo a descubrir. Para grandes y chicos, el Marítimo es quizás uno de los más emblemáticos. Allí se encuentra el Museo del Presidio, una historia que comenzó en 1896 con el arribo a la Isla de los Estados de 14 penados. La idea inicial fue el de una colonia penal para poblar la región. Por eso al poco tiempo un nuevo contingente llegó a la cárcel.

Con el nuevo siglo se mudó de lugar y allí comenzó a levantarse el presidio, cuya leyenda creció con la llegada de reos que habían cometido resonantes delitos, algunos de ellos condenados a prisión perpetua. Allí iban a parar los convictos que nadie quería. Por eso los mandaban allá lejos. A la “Siberia argentina”. Al fin del mundo.

Según la recopilación realizada por García Basalo, el régimen de los internos —que debían usar traje a rayas horizontales azules y amarillas, y grilletes que limitaban sus movimientos— era en extremo duro y disciplinado. Junto con la enseñanza primaria, había talleres que atendían a las necesidades de la cárcel y servicios de la ciudad, como imprenta, teléfono y electricidad. Afuera, los penados trabajaron en la construcción de puentes, calles y edificios. Gracias a su labor se habilitó en 1910 el tren más austral del mundo, ese que usaban los presos para conseguir leña y que hace 20 años volvió a renacer, ahora como atractivo turístico. Pero además del frío extremo, las condiciones en la cárcel eran verdaderamente terribles.

Sus muros aún transpiran las marcas de esa historia. En 1994 comenzó la etapa de recuperación patrimonial del lugar. Hoy estatuas tamaño real de guardiacárceles que custodian los pasillos del museo. Adentro, en las celdas hay las esculturas de los presos. Los visitantes se detienen más de la cuenta principalmente en dos reos “famosos”: uno de ellos, Simón Radowitzky, un obrero anarquista condenado por el atentado con bomba que mató a Ramón Falcón, jefe de policía responsable de una cruel represión de 1909.

En otra celda hay una imagen tan curiosa como siniestra. De pie, con una soga en la mano, un menudo cuerpo de un chico de grandes orejas. Esa extraña criatura es Cayetano Santos Godino, más conocido como el Petiso Orejudo, quien siendo adolescente llegó a la cárcel de Ushuaia como responsable de la muerte de al menos cuatro niños, varios intentos de asesinato y del incendio de edificios. Allí estuvo hasta 1944 cuando una úlcera lo mató. Aunque el mito señala que, previo a ello, fue víctima de una feroz golpiza por parte de los internos, cuando lo descubrieron quebrándole el espinazo al gato mascota del penal.

Sin embargo, una de las alas del penal se conservan tal como estaban a comienzos de siglo XX. El frío extremo, las paredes grises y la desolación a flor de piel son un túnel en el tiempo a las condiciones de vida —o de sobrevivencia— de los internos de la penitenciaría más austral de la Argentina.

El penal cerró por orden del gobierno nacional en 1947 y pasó a ser dependencia de la Armada. Sin embargo, y de acuerdo al libro “Tras las rejas” de Arnoldo Canclini, las instalaciones siguieron en pie posteriormente a esa fecha, al punto que entre 1955 y 1956 albergó a presos políticos identificados con el peronismo, como Héctor J. Cámpora, Jorge Antonio, Franklin Lucero y John William Cooke.

 

 

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