2679382.jpg
Marta Bonaudo, en una imagen de 2006.
Entre las tantas preguntas que se pueden plantear ante una empresa de tal envergadura, hay dos fundamentales: ¿cómo escribir una historia continental sin que sea solo una sumatoria de historias nacionales?, y ¿cómo seleccionar los acontecimientos “importantes”, para que no sea imposible su relato? En principio podríamos preguntarnos y preguntarles ¿qué decimos cuando decimos América? ¿Qué continente lleva ese nombre? Si hablamos del espacio físico abarca desde Groenlandia hasta la Argentina, pasando por Estados Unidos y Colombia. A partir de esto podemos establecer que hay básicamente dos continentes culturales: América anglosajona y América latina. Los autores del libro optaron por contar la historia de América Latina, sobre la cual también se podría discutir si detrás del nombre no se esconde una diversidad cultural, económica y social importante.
Pero, ¿qué une a países tan diferentes como Haití, Argentina, Brasil y Cuba? Esta pregunta desveló a más de un investigador, y la respuesta se convirtió en la hipótesis que recorrió centenares de libros. Cardoso y Faletto, en su clásico Dependencia y desarrollo en América Latina, plantearon que los países del subcontinente habían llegado tarde al reparto del mercado mundial, y quedaron con un rol subordinado desde el punto de vista económico con respecto a Estados Unidos y Europa. Esta hipótesis fue y es una de las más aceptadas, y está presente en casi todos los libros de historia latinoamericana desde la década del 50.
Sin embargo, no termina de explicar otros aspectos de la historia latinoamericana, como su evolución política. En este punto el continente fue más de una vez estigmatizado como el de caudillos personalistas, que desde el siglo XIX y en el siglo XX, traspasaba irrespetuosamente las fronteras políticas que había prescrito la filosofía política occidental.
Investigaciones más recientes, como las de José Carlos Chiaramonte, Antonio Annino, François Xavier Guerra e Hilda Sábato, han puesto sobre el tapete la fuerza de las ideas republicanas en la región. Las naciones hispanoamericanas nacieron republicanas y fueron más consecuentes que las europeas en establecer la soberanía popular como base de legitimidad del poder político. Esto acerca la historia del siglo XIX hispanoamericana a la de EEUU y la separa al mismo tiempo de la de Brasil, que en un primer momento de su vida independiente fue una monarquía constitucional. Europa, se sabe, mantuvo gran parte de sus monarquías y la restauró, a partir de 1815 en Francia, una de las patrias de la república moderna.
Volviendo al libro, los autores plantean una hipótesis fuerte: América Latina, nacida de una revolución, se ha pensado a sí misma como algo inacabado, que necesita una transformación para “lograr su destino”. Dicha transformación podía consumarse mediante reformas o revoluciones. Precisamente Reforma y Revolución son las palabras claves del libro.
833436.jpg
Eduardo Galeano, autor de un libro que aún dispara polémicas.
El siglo XIX se inauguró con las revoluciones de independencia, y en el mismo siglo se discutió qué hacer con el legado colonial, que reformas institucionales eran necesarias para construir un nuevo orden. Concretamente la pregunta era que hacer con la Iglesia, la esclavitud y la autoridad, que preservar y que transformar de ese legado. Contemporáneamente las élites latinoamericanas se enfrentaban a otro desafío: la inserción económica, luego del dislocamiento de la economía colonial no se discutió demasiado acerca de una economía liberal y proveedora de materias primas y mercado de consumo de los escasos países industrializados, básicamente Inglaterra, con la que se establecería una relación de dependencia. El objetivo fue modernizar, y fue logrado, aunque el costo haya sido la supervivencia de la esclavitud o sistemas semiserviles como el peonaje por deudas en el mundo rural, al mismo tiempo que se desarticulaban las comunidades originarias.
Políticamente se definió por un régimen cuya legitimidad teórica se basaba en la soberanía popular, pero que en la práctica era elitista. Los autores prefirieron llamarlo “Régimen de Notables”, lo que otros como Waldo Ansaldi llaman “Régimen oligárquico”. Precisamente esa contradicción tuvo como consecuencia que a principios del siglo XX se planteara nuevamente la reforma o la revolución para hacer coincidir la teoría con la práctica política. México optará por la primera revolución del siglo XX, legitimada por la tiranía del régimen de Porfirio Díaz, otros países como Argentina y Uruguay harán reformas más o menos profundas al sistema político.
El régimen económico empezó su crisis con la Primera Guerra Mundial, y se agudizó con la crisis de 1929. En ese momento también se planteó la reforma, que implicó una mayor intervención del Estado en la economía, lo que implicó, avanzado el proceso, reformas sociales. Estas fueron encabezadas por los nacionalismos populares, como los de Cárdenas, Vargas y Perón, gobiernos que otros llamarán “populismos”, pero los autores decidieron evitar esta denominación, “Tomamos esta decisión -nos dice Diego Mauro- porque entendimos que el concepto estaba muy sucio, tanto en el discurso académico como en el periodístico y político, por lo tanto más que explicar o iluminar una realidad la terminaba oscureciendo. Hay demasiadas discusiones acerca de que significa ese concepto y qué realidades abarca que nos pareció mejor explicar directamente a los procesos concretos antes de involucrarnos en la polémica”, -remata Mauro-.
En las décadas del 50 al 70, reforma y revolución significaron salir del subdesarrollo y la dependencia, dentro del marco del capitalismo, o, luego de la Revolución Cubana, con la revolución socialista. En 1952 Bolivia había hecho su propia revolución, que no fue socialista pero transformó profundamente el país andino. El período abierto con la Revolución Cubana se cierra con el golpe de estado a Salvador Allende en Chile con su proyecto de vía chilena al socialismo. La palabra revolución reaparecerá en 1979 con la Revolución Sandinista en nicaragua, quizás por última vez, en función del nuevo tema de agenda: la democratización, que es una excepción en el nuevo período que se abre en el que precisamente se da este proceso, de formas más o menos pactadas, más o menos reformistas.
“Sobre el tema reforma y/o revolución hay un debate histórico, teórico y político, que dio nombre a libros, artículos, capítulos y combates políticos, sobre todo en las décadas del 60 y 70 -nos dice Silvia Simonassi-. En los capítulos finales retomamos de James Petras la idea de que las consecuencias de la Revolución Cubana van más allá del proceso de radicalización y movilización y se extienden al interior de las instituciones puntales del sistema, como son las Fuerzas Armadas y la Iglesia. Atilio Borón plantea que en América Latina para hacer reformas hay que hacer revoluciones y el historiador inglés Alan Knight afirma que hubo revoluciones que implicaron largos años de lucha armada o grados importantes de violencia para parir un ratón político”.
La agenda de la Reforma no se terminó allí pero la palabra cambió de significado: si en los 60 y 70 implicaba una intervención del Estado para reducir desigualdades y planificar el desarrollo económico, en los 90 significó todo lo contrario. Las políticas neoliberales se tradujeron en una retirada del Estado en la economía, una privatización de lo público y la subordinación a las lógicas del mercado. La situación estructural que dejaron esas reformas generaron las condiciones de posibilidad de una verdadera “contrarreforma social”, que puso en entredicho las conquistas sociales de las clases trabajadoras.
La palabra Revolución quedó casi desterrada del lenguaje político, tanto a izquierda como a derecha, salvo para hacer vagas alusiones metafóricas o para referirse al pasado. El final del libro hace una reseña de las experiencias “posneoliberales”, “progresistas”, “bolivarianas” o “neopopulistas” que emergieron de las crisis del neolberalismo y volvieron a poner sobre el tapete el tema de la desigualdad y la dependencia. A estos gobiernos los autores decidieron llamarlos reformistas, retomando el sentido original de la palabra. Sin embargo, queda para una próxima edición un balance de estas experiencias, sus alcances, posibilidades y limitaciones.
Como decíamos al principio, el libro fue pensado para un lector europeo, pero conocer la historia latinoamericana puede ser una excelente herramienta para un lector argentino que quiera entender la historia de su país, sobre todo si se dedica profesionalmente a la política o al periodismo. Ese conocimiento puede contribuir a desestructurar ese sentido común tan extendido, que, para demostrar una supuesta decadencia argentina, tiende a comparar nuestra realidad con la europea y norteamericana.
Dos fragmentos del libro
La tensión entre revoluciones y reformas de distinto signo recorre las “venas abiertas de América Latina” a lo largo de los siglos XIX, XX y XXI. En efecto, la historia contemporánea de estos espacios se inicia con un hecho revolucionario –el de las luchas por la independencia– que se despliega al calor del agotamiento y crisis global de la formación imperial hispánica. Un hecho a partir del cual se irán redefiniendo secularmente las relaciones sociales y de poder bajo los paradigmas liberales y republicanos. Posteriormente, diversas luchas revolucionarias así como diferentes estrategias reformistas –algunas, sin duda, claramente orientadas a neutralizar las propias vías revolucionarias– intentan modificar las direcciones de sentido precedentes, gestando otras nuevas”.
“Las coyunturas revolucionarias a veces son precedidas o sucedidas por momentos reformistas. Mientras las reformas decimonónicas giran alrededor de cambios en las instituciones políticas y, particularmente, en torno a las ampliaciones o reducciones de la participación electoral ciudadana, las del siglo XX no pueden obviar la presencia de nuevos actores –fruto de profundas transformaciones sociales y económicas en la región– y del peso de un conflicto social que tuvo diferentes intensidades pero se hizo sentir en toda la América Latina, desestabilizando los regímenes políticos precedentes y alentando las demandas de cambio y democratización”.