“El objetivo es sentarse a pensar sobre la convivencia sin que haya una persona en el centro. Las asambleas escolares precisamente son eso: dispositivos o rondas donde los niños y las niñas toman la palabra para pensar mejores formas de estar y llevarse bien”, afirma Horacio Cárdenas inspirado en su experiencia como docente en una escuela primaria estatal de un barrio popular. El educador y autor del libro “Los chicos toman la palabra” de Editorial Siglo XXI rescata un dispositivo pedagógico de larga historia, pero poco utilizado: las asambleas de aula, y plantea cómo utilizar este recurso para la convivencia y la resolución de conflictos en la escuela.
El docente presentó su libro en Rosario durante la Feria Internacional del Libro acompañado por la escritora y promotora cultural María Eugenia Pon. “Cuando la palabra aparece, los problemas empiezan a volverse oportunidades de pensar juntos”, explica Cárdenas sobre esta dinámica escolar que a partir de situaciones conflictivas permite abrir el juego sin poner en riesgo el vínculo pedagógico. La ley 26.892 avala la creación de espacios para la Promoción de la Convivencia y el Abordaje de la Conflictividad Social en las Instituciones Educativas. En la búsqueda de herramientas para abordar los conflictos en la escuela, las chicas y chicos asumen el protagonismo: confrontan, despliegan identidades, elaboran violencias, comparten dichas y padeceres, siempre con la intervención docente para dar confianza y ayudar a poner en palabras.”La propuesta no es tirar un montón de anécdotas sino un conjunto de escenas y experiencias reflexionadas y teorizadas, que no disparen grandes verdades pero sí algunas ideas para prestar”, dice a La Capital Cárdenas, que es maestro y autor de otros dos libros, “Diario de ruta” y “Construir matemática”. Tiene larga trayectoria en escuelas primarias, y en la actualidad se desempeña como formador docente en el profesorado de la Escuela Normal N3 de Buenos Aires.
—¿Qué contexto o situaciones inspiraron este libro?
—Esta publicación cuenta escenas de aulas reales sucedidas en una escuela de Villa Lugano, un barrio de la periferia ubicado al sur de la ciudad de Buenos Aires. En esa institución llevamos adelante junto a otros compañeros y compañeras docentes un proyecto a largo plazo sobre convivencia centrado en asambleas escolares. Como su nombre lo indica son rondas donde los niños y las niñas toman la palabra para pensar formas de estar mejor, llevarse bien y de disfrutar el paso por la escuela.
—Esta modalidad de resolución de conflictos dentro del aula, ¿todavía no está instalado como debería dentro de las instituciones?
—Si uno lee a viejas pedagogas y pedagogos encontrará que las asambleas en las escuelas existen desde hace cien años. Muchas maestras las impulsaron como las hermanas Cossettini. Sin embargo, pese a su larga historia es cierto que no está extendido. Han pasado muchas cosas en la escuela, entre ellas la dictadura militar que prohibió todo tipo de reunión que se pareciera a tomar la palabra y pensar algo en conjunto, por eso es que quizás la continuidad se ha roto, pero hay muchas asambleas y son una herramienta indispensable.
—¿Cómo recepcionan los chicos y las chicas esta intervención?
—Muy bien, primero como una necesidad, también manifiestan entusiasmo y apropiación de la herramienta y participación. Evidentemente es un aprendizaje, no siempre la primera asamblea en el primer año de la escuela nos sale perfecto. Hay que aprender a tomar la palabra, a escuchar y decir para no exponer o matar en silencio, hay que aprender a decir para conmover y explicar pero también para contradecir una idea.
—Cuando te referís a situaciones concretas que se reflejan en el libro, se piensa en el bullying o situaciones de violencia. ¿Cuáles fueron las más resonantes?
—Una escena de asamblea que desde mi punto de vista fue reveladora, sucedió en cuarto grado a raíz de una pelea en el recreo entre dos niños. La asamblea se reúne, empieza a conversar y se plantean algunos enojos respecto a uno de los chicos que llamaremos Dilan. Entonces una de sus compañeras, muy analítica y serena, levanta la mano para decir que lo que estaba pasando era muy evidente y que Dilan era malo y tenía el demonio adentro. Si esa era la caracterización del problema la solución no era muy variada. En ese caso la asamblea funcionó para seguir pensando la construcción del problema. Así empezaron otros compañeros a manifestar su opinión mientras Dilan escuchaba, se pensaba en las soluciones pero también en las causas. Una de sus compañeras dijo que pegaba porque no hablaba y otro niño porque extrañaba a su mamá, algo que conmovió a Dilan y abrió el diálogo con él. Sus compañeros querían demostrarle que sus actos traen consecuencias y que se iba a quedar sin amigos. ¿Esa asamblea transformó a Dilan? No y esa tampoco es la idea, pero modificó la forma en que los niños y las niñas se percibían entre sí y el clima en el aula fue mucho más agradable.
—¿La asamblea es el puente para iniciar el diálogo entre pares?
—El objetivo principal de la asamblea no es resolver problemas sino construir, configurar y pronunciar el problema, y decir lo que está sucediendo resulta difícil. En la sociedad, incluso en algunos programas de televisión, se arrojan formulaciones muy livianas como “lo que pasa es que los docentes no quieren trabajar”, “lo que pasa es que los chicos ya no respetan nada”, “lo que pasa que ya no es como antes”. Se tiran frases como si esa fuera la caracterización del problema y dista mucho de la realidad.
—¿Con qué herramientas cuenta el docente para trabajar en clase y que no sea una tarea que requiera de un tiempo extra?
—La idea no es sobrecargar con otra tarea a los maestros y maestras, no es usar más tiempo del poco que tenemos sino proponer algo que reemplace aquello que no nos está funcionando. En las escuelas, tenemos problemas de convivencia, sabemos que existe la discriminación y palabras silenciadas. No nos está funcionando el reto ni la payasada o un reglamento escrito a las apuradas que se cuelga en la pared. Entonces que tal si probamos algo que quizás toma un poco de tiempo al principio pero que nos permite que las clases de matemática y lengua funcionen mejor.
—El ejercicio de la asamblea los prepara también para la convivencia fuera de la escuela y en su trayecto hacia la adultez.
—La escuela, particular con este tipo de propuestas, ofrece algo que en el resto de los espacios sociales no sucede: un lugar donde los pibes y las pibas tomen la palabra, tengan tiempo para escucharse, para aplacar la ira. Ante un niño que pega, la sociedad propone una respuesta inmediata, rápida y violenta nuevamente. La asamblea propone otra cosa: vamos a pensar qué hacemos, démonos un tiempo para reflexionar si corresponde o no lapidar a este chico, quizás hay otras cosas para hacer que no se tienen en cuenta, sabemos que depende de él y que también parte de la responsabilidad es de los demás.
—Son tiempos donde cuesta escuchar las voces de los chicos?
—Y que mal si no lo hacemos, porque los niños y las niñas van a seguir pensando e interpretando cosas, haciéndose ideas del mundo pero para adentro. En la medida que podamos compartir las ideas con otros, desequilibrar o contradecir y nos topemos con otras que sean distintas, se podrán revisar.
—¿Con qué frecuencia se plantea la asamblea escolar?
—A veces cada quince días y otras semanalmente. No hace falta que pase una situación violenta para organizar una asamblea. Puede ocurrir en un grupo que funcione armónicamente y se nuclean en asamblea para estar mejor.
—¿Cómo abren el diálogo los maestros en clase para conectar con el grupo?
—A veces simplemente alcanza con preguntar qué podemos hacer para estar mejor o qué está pasando, y otras veces hay algunas dinámicas de tipo cooperativa y juegos donde se pone un poco el cuerpo. Los chicos y chicas la pasan bien pero además ponen en movimiento algunos de los vínculos y situaciones grupales. Luego viene la ronda para hablar de ese juego que en realidad es hablar de lo que les pasa. El objetivo de la asamblea es sentarse a pensar sobre la convivencia sin que haya una persona en el centro porque en ese planteo se va aprendiendo que aquello se dice ayuda a los demás a pensar mejor.