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Una crónica para saber cómo funciona el servicio que ofrece viajar con desconocidos

Ir de Rosario a Buenos Aires no tiene en principio nada de particular. Salvo que sea con desconocidos, como se cuenta en esta crónica, de acuerdo a un servicio que se ofrece por internet.

Domingo 08 de Febrero de 2015

Primer intento de viaje - 20/10/14
 
Estoy sentada frente a un mensaje de Facebook y siento un poco de miedo. Un tipo de más o menos treinta años que tiene una foto de perfil con un vaso de cerveza y una de portada con un grupo de amigos, en lo que parece ser un casamiento, respondió mi solicitud en Carpoolear, para ir a Buenos Aires este fin de semana. Me pasa su teléfono para coordinar el viaje y me cuenta que planea salir al mediodía. Intento convencerme de que es un hombre decente y de que no hay probabilidades de que me mate o me viole en la autopista Rosario- Buenos Aires. Reviso su perfil una y otra vez.
Incluso le muestro la foto a algunos amigos esperando que puedan identificar un posible psicópata a partir de una imagen. Le contesto que al final no tengo que viajar y que gracias por responderme. Le miento.
 
Segundo intento - 27/10/14
 
Una cosa es hacer dedo y otra carpooling, sin embargo ambas comparten la similitud de viajar con extraños en un mismo auto y yo nunca hice ninguna de las dos. La práctica de carpooling es muy frecuente en Europa y Estados Unidos y consiste en utilizar plataformas digitales para publicar viajes en auto y que personas con el mismo destino se sumen para dividir gastos, cuidar el medio ambiente, reducir el tránsito y, en consecuencia, la posibilidad de accidentes. El mecanismo es sencillo, los conductores comparten detalles sobre el auto, horario de salida, la zona donde dejan a sus compañeros y los pasajeros informan el destino al que se dirigen, el horario y otros datos, como si cuentan con registro de conducir.
 
Hace días que navego por la lista de viajes disponibles en Carpoolear, uno de los servicios de carpooling local, creado por la ONG STS Rosario. Veo en la lista mujeres solas que ofrecen su auto, grupos de jóvenes buscando un transporte para un festival de rock en Capital, alguien que cruza a Santiago de Chile desde Mendoza. Todos están a la espera de una pequeña serie de coincidencias. ¿Todos tendrán dudas? ¿Soy la única que tiene miedo de que le toque un inconsciente que maneja 180 km/h, por el carril izquierdo, pasa autos por la derecha y a lo mejor no tiene luces? ¿Puedo reconocer a un asesino por su foto de perfil?
 
Abro cualquier viaje, viajes al azar que ni siquiera me importan para ver los perfiles de los conductores y encontrar una cara que me convenza, algo que me inspire confianza en el servicio. Hay fotos de familias, de parejas, otras recortadas de una imagen grupal. Facebook es una construcción de la identidad, todos somos potenciales asesinos. Si alguien cree que puede sobrevivir a un viaje de nueve horas a Chile con un colorado que tiene cara de psicópata sin que lo arroje del auto en plena cordillera, entonces es improbable que mi conductor pueda matarme en 300 kilómetros de llanura y vacas en una autopista muy transitada y que conozco mucho.
 
Respiro hondo, tomo coraje y vuelvo a crear un viaje de pasajero. Destino: Buenos Aires. Fecha: sábado. Mensaje: “Puedo salir a cualquier hora, tengo carnet y equipo de mate”. Publicar.
 
¿Otro intento fallido? - 28.10.14
 
Es viernes y todavía no tengo respuesta. Ya estoy por armar planes de fin de semana en Rosario cuando recibo un mensaje de un tal Emilio que recomienda que vuelva a mirar la lista de viajes creados por conductores, hay nuevos y es probable que pueda sumarme a alguno. Emilio no es un aficionado buena onda sino uno de los creadores de Carpoolear que cada noche busca coincidencias entre viajes para ayudar a los más inexpertos en la plataforma. Tiene razón. Un tal Juan Manuel creó un viaje que parece hecho para mí. Propone salir a una hora que me queda bien, el día que yo quiero y encima vamos para la misma zona. Doy algunas vueltas, hago un café y miro llover, redacto un mensaje, lo borro, hago otro café y miro por la ventana los charcos de agua que ya se están secando, doy una vuelta más. ¿Por qué tengo tantas dudas sobre esto?
 
Abro Facebook, busco el grupo “Viajo o vuelvo de/a Buenos Aires-Rosario”, una comunidad anárquica que tiene las mismas finalidades que Carpoolear pero en la que falta un poco de orden y claridad. Leo las solicitudes que aparecen minuto a minuto. Es complicado encontrar un viaje entre tantas opciones, propuestas y variantes. Pero nadie tiene el miedo que tengo yo. Todos parecen mucho más confiados, es su medio de transporte de cabecera. Según leo, algunos ni siquiera contemplan los métodos tradicionales de transporte, recurren siempre a que alguien los lleve o en todo caso los acompañe en su auto. No debe ser tan peligroso.
 
“Hola Juan Manuel. Tu viaje me viene fenómeno y si te parece bien me gustaría acompañarte. Tengo registro de conductor y cebo buenos mates!”. A los cinco minutos el viaje figura cancelado y tengo un mensaje privado de Juan Manuel. Se cayó, pienso.
 
“Hola Gala, buenísimo, con vos entonces ya somos cuatro. Di de baja el viaje para que no intentara subirse más gente. Nos encontramos mañana a la una del mediodía en la puerta del Teatro La Comedia porque tengo el auto en el garaje que está enfrente. Te paso los nombres y apellidos de los que viajan con nosotros por si conocés a alguno”. O Juan Manuel es igual de miedoso u olfateó mis dudas. Tenemos unos cuantos amigos en común. Con Nadia, la otra pasajera, también, y al tercero, Hugo, no lo encuentro, no existe.
 
Llegó el día - 29/10/14
 
Es sábado al mediodía y estoy en la puerta de La Comedia. Busco alguna persona que tenga cara de estar buscando a otra que no conoce y veo una chica parada delante de un garaje y un rubio que se le acerca. Él parece estar preguntándole algo, ella le responde y recién ahí se saludan. Tienen que ser ellos. Cruzo y repito la acción. Son Nadia y Hugo, y ahora estamos esperando que Juan Manuel salga de la cochera. De las profundidades del estacionamiento emerge un pequeño auto negro manejado por un muchacho de pelo largo y barba. Es Juan Manuel. Nos saludamos todos y subimos al auto.
 
Nadia es extrovertida y nos ofrece una botella de Sprite para matar la sed, el cemento, el sol y el calor. “No se ilusionen, es soda en realidad”, dice riéndose. Enseguida nos hace sentir que nos conocemos desde hace tiempo y se lo agradezco. Me siento más cómoda y creo que los chicos también se alegran de que Nadia descomprima el aire. Más tarde descubriré que su facilidad para desenvolverse en estas situaciones se debe a que es actriz y también a que su padre, cuando ella era chica, acostumbraba subir desconocidos que encontraba en la ruta.
 
Hugo no es de acá. Llegó hace tres meses como activista desde Portugal. Habla un español prolijo y en un tono de voz tan bajito que no escuchamos casi nada de lo que dice sobre su procedencia y su vida en el centro rosarino. Juan Manuel, por su parte, es un cineasta de 32 años y está viajando a Buenos Aires a una reunión sobre un documental que está en producción.
 
“Traje sandwiches de pollo”, dice Nadia, estamos llegando al City Center, empezando oficialmente el viaje. “Y yo el mate”, agrego, tímida. Afuera es noviembre, hace mucho calor y la conversación empieza a girar sobre si esta humedad densa y típica es el preámbulo de una tormenta.
 
Son las 2 p.m. cuando vemos pasar el cartel que anuncia la entrada a San Nicolás. A las cuatro Juan Manuel debería estar en Flores, pero todos menos Hugo, que no caza una, sabemos que es imposible. Hugo va despreocupado mirando por la ventana, tiene 23 años y está yendo a Capital a un festival de rock que comienza esta noche. Todavía no tiene la entrada pero piensa encontrarse con un tipo en Palermo que le va a vender una. No sabe dónde es Palermo, tampoco sabe bien qué es Palermo. “¿Es una calle o un sitio?”. No importa, el paisaje le interesa más que la información. Está viajando a lo que le han dicho es una de las ciudades más hermosas del mundo y la idea de perderse en Buenos Aires le fascina. Lo miramos sorprendidos. “Este portugués va a salir en los noticieros”, dice alguien. Nos reímos. Hugo no entiende. Más risas.
 
Soy la copiloto. No sé si es porque tengo el mate o porque encaré la puerta del acompañante antes que nadie, pero estoy sentada al frente y debo tomar responsabilidades. Juan Manuel pide que lo llamemos Juanchi y dice que en la guantera hay una caja de discos, que elijamos uno. El gusto de Juanchi es amplio, va desde Goyeneche hasta los Rolling Stones, pasando por un grupo italiano. Optamos por un grandes éxitos de Chuck Berry para animar el viaje y decidimos que el próximo será el compilado de los Rolling Stones. Para cuando estemos llegando a Retiro sonará el grupo italiano y Nadia, que vivió en Italia, intentará traducirle a Juanchi algunas letras mientras yo le explico a Hugo que eso que ve es la estación de trenes, aquello Aeroparque y ese río marrón ahora se llama Río de la Plata.
 
Cerca de San Pedro ya sabemos la vida de cada uno. Que Hugo va a estar acá por unos cuantos meses más, que no le gusta mucho el ritmo laboral argentino, “son un poco vagos”, dice. Nadia está un poco nerviosa por su regreso a Buenos Aires. Vivió allá hasta que se peleó con su novio, vino a Rosario y nunca más volvió a verlo. “Me preocupa cruzármelo”, confiesa mirando para abajo. Nadia es del sur pero vivió un poco allá, acá, en Buenos Aires y en Italia. Desde ese desamor da clases en Rosario, y dice que Capital sigue siendo una herida abierta. Juanchi bromea con la cantidad de habitantes y la escasa probabilidad de verlo, e río y ella explica que es posible que lo cruce en un evento. Hay un silencio incómodo. El disco se terminó, Hugo se quedó dormido y Juanchi y yo nos arrepentimos de habernos reído. Todavía me pregunto si lo habrá visto.
 
En Campana recibo un mensaje de mi amigo que me espera en su casa de Chacarita. Pregunta cómo viene todo, si estoy viva y cuánto me falta. Me siento una tonta por haber estado tan preocupada por el viaje. Me justifico con que es la primera vez que lo hago y con que mis dudas no eran tan ridículas. Tal vez debería repetirlo para saber si todas las experiencias son así. En el peaje de la General Paz propongo una selfie grupal. Clic y este viaje queda para el recuerdo. Mandala, dicen.
 
Les cuento mis miedos y Juanchi dice que también es su primera vez pero que no le preocupaba tanto el asunto. Hugo agrega que esto es muy común en Europa y que existen muchos servicios como Carpoolear para encontrar viajes. Nadia es la experta: “Yo no sé si a mi viejo no le importaba poner en riesgo a la familia o era muy confianzudo, pero no recuerdo un viaje familiar sin que subiera con nosotros a cuanto vago encontraba en la ruta. Antes de arrancar le hacía prometer que en algún punto compraría facturas y vamos andando”.
 
Cuando entramos a la 9 de Julio el auto se vuelve un griterío. Son las cuatro y media, Juanchi está llegando tardísimo y todos sugerimos formas de ganar tiempo, “tiranos por acá, boludo, que te tenés que ir”. Juanchi insiste en que si nos organizamos podemos encontrar un camino que nos quede bien a todos. Nadia es la primera en bajarse y el comienzo del fin del viaje. De su parada a la mía hay un par de calles, así que dividimos los gastos cuando ella se queda en avenida Córdoba. Nos saludamos como si en unos días nos volviéramos a ver en un asado o en el trabajo.
 
Bajo en avenida Corrientes y antes de despedirme lo aliento a Juanchi con su reunión y le doy algunos consejos a Hugo para manejarse en la gran ciudad. Juanchi toca la bocina y arranca. Mientras cruzo la calle veo que va a llover. Miro para arriba, hay grandes nubes grises cargadas de agua.
 

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