La nueva novela de Angélica Gorodischer se deslinda de su copiosa producción
anterior (veinticinco libros editados en registros narrativos diversos) en que la trama, que asocia
gastronomía, amor y final feliz, contiene como en el cine o en el teatro, elementos de comedia
romántica: equívocos, enredos y un sostenido tono humorístico y celebratorio, recursos que en
conjunto no son frecuentes en la literatura argentina. "Es un libro sobre el placer en el que pasan
cosas, pero el clima es feliz y si aparecen algunas cosas negativas, aparecen como al chanfle",
dijo su autora en una entrevista.
Desvinculada entonces de la regla general que nutre la narrativa actual, este
mix novelístico crea su propio referente, atemporal y en cierto modo idílico.
En tiempos globalizados y apocalípticos, Gorodischer propone un desafío: es
posible escribir la felicidad, es posible ordenar el mundo a favor de los deseos del personaje.
Lo es al menos en la literatura, como claramente lo expresó Cortázar en "Las
babas del diablo" (aludía a su personaje Roberto Michel, que descubrió el revés de la trama en la
ampliación de una fotografía): "Michel es culpable de literatura, de fabricaciones irreales. Nada
le gusta más que imaginar excepciones".
Siguiendo este sesgo, la edificación literaria de Gorodischer es culpable de
fabricaciones irreales, revierte la trama de la tragedia e indaga y tensa al máximo la textura de
la felicidad a partir del instrumento idóneo que mejor conoce: la ficción. "La vida y sobre todo la
literatura se alimentan de tragedias de amor, pasión y muerte, y si no sufrimos como marranas qué
gracia tiene", escribe, desmitifica, permite que entremos en su literatura que recupera una
modalidad ausente, nos sienta a la mesa sibarita de don Leonel Valdés Romero, el gran protagonista,
hombre que ama comer y cocinar, capaz de oír "las voces de los olores y los colores de los
ingredientes".
Don Leonel se sabe dueño de un tesoro: la célebre receta del "cabrito trois
couleurs", piedra angular de su gastronomía personal, siempre presente en las grandes ocasiones,
porque los tres colores —él cree— están tanto en la vida (que abarca la luz y la
oscuridad) como en la muerte, que reúne "el gris de la ignorancia porque no se sabe qué hay del
otro lado, el negro por la ausencia y el duelo y el verde porque las almas parten en el rayo verde
del atardecer".
Saborear el cabrito será la excusa para la reunión que selle el negocio que
emprende: la creación de los cinco restaurantes Leduc en las cinco capitales del mundo donde viven
sus cinco socios.
El escocés Maxwell O’Shannon será el elegido de Selene, la hija del
gourmet, de magros hábitos alimentarios en contraste con los de su padre, incontinente y obeso. La
trama avanza así en torno a las subtramas que componen las trampas ideadas por Selene para atraer a
O’Shannon (la comedia de equivocaciones) y de la organización por parte de Leonel, de los
Leduc.
Es en torno a la buena mesa, selecta y aderezada, de modales protocolares, y al
buen humor, que estas páginas dan forma y color al devenir.
Con un lenguaje sencillo y a la vez elaborado que apunta tanto a una oralidad
coloquial no exenta de poesía, cotidiana y reconocible, como a un decir global accesible para la
heterogénea población hispanoparlante, y deslizando explícitos indicadores a lo largo de la trama,
Gorodischer nos enfrenta a los aspectos ficcional y lúdico que encierra la literatura, levantando
su castillo en el aire; castillo sólido, tanto como puede serlo en el interior de una fabricación
irreal.
Leemos el texto como rara avis que permite la inmersión en el relato de la
felicidad. Y sin embargo no se elude, "como al chanfle", pisar algún borde desafortunado: "La
tragedia en la vida de Selene no tenía nada que ver con los amores desdichados ni con los amores
felices y era a la vez ambas cosas pero por distintas razones de las que una espera en una novela":
razones que sí se esperan de esta novela, del mundo alternativo que compone, cuyos códigos,
mientras se suceden sus páginas, compartimos entre sonrisas.
Tres colores - novela de de Angélica Gorodischer. Emecé, Buenos Aires, 2008,
177 páginas, $ 38