Política

Lifschitz no logró todo el aval que buscaba para su intento reeleccionista

El mandatario expuso, cena de por medio, ante su tropa las razones para impulsar una reforma. Hubo opiniones divididas pero el tema sigue abierto.

Jueves 01 de Marzo de 2018

La primera cena reformista de Miguel Lifschitz, anoche, fue como un empate de fútbol. Según se mire, tuvo sabor a poco, o no. Ciertamente no fue una derrota. No en el sentido de que no hubo una cerrada negativa, ni tampoco un desaire al convite. Sólo faltaron los que están de viaje y Alejandro Boscarol.

Por cuestiones de cortesía y mínimas formas, no se hace fácil negarse a una reunión convocada a ese nivel o expedir un pronunciamiento negativo in límine. No se le dice que no al gobernador, sostiene una máxima no escrita de la política.

Ello tampoco importa decir que sí, y así quedó en evidencia anoche en la reunión previa a la cena convocada exclusivamente para tratar el tema de la reforma. Al menos no otra cuestión se incluyó en el texto que el ministro de Gobierno, Pablo Farias, envió a cada senador y diputado del Frente Progresista. "Para avanzar con la iniciativa de Reforma de la Constitución" fue el único motivo de la invitación.

Anoche, después de una introducción política del gobernador bastante general en la que sobrevolaron los temas de reforma y se acentuó la necesidad y oportunidad de acometer la empresa de alcanzar el consenso que quiere y estima necesario: amplio y sin fisuras entre la propia tropa.

Nadie lo contradijo y se lo escuchó con respeto. Fue un primer paso a favor del mandatario, pero aún restaba saber qué dirían los legisladores. Y muchos hablaron.

Los radicales aguaron el vino. El titular del partido, Julián Galdeano, y el líder del MAR, Santiago Mascheroni, le dieron la noticia que el jefe de la Casa Gris no quería escuchar al proponer una reforma basada en un núcleo de coincidencias básicas y debatida a nivel de partidos políticos y no con los legisladores.

En rigor, esta postura del radicalismo se conversó antes de la reunión, y hay algunos que han llegado a afirmar, sin que este diario lo haya podido corroborar ayer, que la posición fue avisada a la Casa Rosada.

Acordar un núcleo de coincidencias básicas como quieren los radicales (al estilo del que ensayaron con el Pacto de Olivos en 1994) importa incluir en él un cúmulo de temas a reformar sin posibilidad de que la Asamblea Legislativa se declare soberana y pueda reformar libremente como quiere Lifschitz.

El mandatario ha propuesto que sean los convencionales los que debatan y resuelvan las cuestiones más vidriosas que podrían entorpecer los acuerdos y consensos previos indispensables para declarar la necesidad de la reforma. Tal el caso del más emblemático de estos temas: la reelección del gobernador.

Es poco probable que en un núcleo de coincidencias básicas acordado a nivel de los partidos —ya no sólo los que integran el Frente Progresista Cívico y Social— se logre incluir la reelección. Por lo menos la reelección para el gobernador actual. De ahí que la propuesta con que los radicales abrieron su participaron no fue la mejor noticia, aunque después vendrían los cruces entre los propios socialistas.

Para quienes se ven tentados a ver el vaso medio vacío, el hecho de que los socialistas no ofrecieran alternativa más eficaz que la de Mascheroni y Galdeano para afrontar la empresa reformista fue un hecho poco halagüeño.

Eduardo Di Pollina ensayó los atajos extrapartidarios ya conversados en todos los foros: debates públicos, asambleas populares, movilización de la sociedad. Nadie lo dijo pero muchos se revolvieron en sus sillas. Esas iniciativas tienen todas la finalidad de presionar a los partidos y a los legisladores a actuar conforme el pueblo quiere. El antecedente fresco es la reacción del gobierno de Mauricio Macri habilitando el debate (que no será todavía, al menos) sobre el aborto luego de una marcha de mujeres y antes del 8 de marzo, pero porque necesitaba, de paso, oxigenar la agenda pública.

Rubén Galassi —después del presidente del PS nacional, Antonio Bonfatti—, convertido en la referencia más elocuente, y el propio Di Pollina ahorraron el trabajo a todos los que fueron con la intención de consumar la incómoda tarea de decirle al gobernador que la reelección no puede plantearse para él porque es violar la Constitución por la que juró y en base a la que gobierna. No se legisla, salvo excepciones para beneficiar a los ciudadanos con carácter retroactivo.

Ambos socialistas se cruzaron con su par senador (también socialista) Miguel González, quien defendió el derecho de Lifschitz a aspirar a un segundo mandato consecutivo al frente del Ejecutivo.

El cruce entre Di Pollina y González no sólo fue extendido sino que terminaría siendo muy duro, mientras la mayoría cruzaban miradas de ojos extremadamente abiertos y cambiaban de posición en sus sillas.

Galassi y Di Pollina se mantuvieron firmes y tajantes defendiendo lo que —lo reiteraron hasta el cansancio— es la posición histórica y orgánica del PS de no habilitar reelección al que juró por otra Constitución. Bonfatti siguió el durísimo duelo sin abrir la boca.

Cuando el tocó el turno de dar su opinión, el ex gobernador fue más que claro: consideró una "torpeza" hablar de la relección del actual jefe de la Casa Gris.

Para entonces algunos ya se habían parado y hecho corrillos. "Que se maten entre ellos", dijo alguien medio en broma medio en serio.

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