Argentina

"La polarización en la Argentina es seria, pero no amenaza la democracia"

Steven Levitsky es politólogo, doctor por la Universidad de Berkeley y profesor de la Universidad de Harvard, en EEUU, y analiza el presente argentino.

Lunes 06 de Julio de 2020

Pese a la intensidad del debate público en el país, desde Boston el politólogo estadounidense Steven Levitsky ve a la Argentina como un caso de “polarización moderada”. Entrevistado por La Capital, el docente de la universidad de Harvard y coautor del best seller “Cómo mueren las democracias” destaca que el país tiene “una sociedad civil muy fuerte”, advierte que “las crisis económicas prolongadas tienden a debilitar y minar los regímenes existentes” y asegura que, aunque Donald Trump pierda las elecciones, el movimiento trumpista seguirá existiendo.

   Una particularidad: la charla se desarrolló en castellano. A mediados de la década del 90, Levitsky vivió poco más de un año en la Argentina, atraído por el objeto de estudio que desvela a tantos investigadores en el mundo: el peronismo.

   —¿Cómo ve a este justicialismo unificado en el gobierno, pero que tiene a sus bases de apoyo cada vez más fragmentadas?

   —Hace muchas décadas que el peronismo está en un proceso de transformación de una base mucho más sindical a una base más heterogénea. No podría haber sido de otro modo, porque la Argentina cambió. Además, en muchas provincias y municipios el peronismo se convirtió en una máquina clientelista, pero tuvo la gran ventaja de que opositores han gobernado muy mal. A pesar de todos sus errores y deficiencias, el peronismo sigue siendo la fuerza dominante del país porque, mínimamente, pudo gobernar, mientras sus rivales no.

   —¿Por qué la democracia argentina es tan resistente a las crisis económicas?

   —Hay dos maneras de ver la democracia argentina, y las dos tienen mucho de verdad. Tiene cierta debilidad en su institucionalidad, pero ha sobrevivido casi cuatro décadas. Este es el período democrático más largo de la historia argentina y, a diferencia de muchos países de la región, fue una plena democracia por 37 años. Además, logró hacer lo que poquísimas democracias del mundo hicieron: sobrevivir a las crisis infernales de 1989 y 2001. A pesar de todas sus deficiencias, hay cierta fortaleza en la democracia argentina que es impresionante.

   —¿Y en qué se basan esas fortalezas?

   —En parte, tiene que ver con la reacción de la sociedad frente a la última dictadura. A partir de 1982/83, hubo un consenso que sigue hasta hoy en la élite y en las masas de no querer volver a los militares. También hay un consenso alrededor de un sistema electoral: todos los argentinos quieren competir en elecciones. Además, en la comparación con otros países de América latina, la Argentina no tiene el estado de Derecho que tiene Chile, pero sí una sociedad civil muy fuerte, que moviliza en defensa de los derechos humanos y civiles. Luego de 1983 hay ciertos anticuerpos para salir a defender los derechos. Eso también es una fuente importante de fortaleza democrática.

   —En la Argentina solemos creer que la sociedad está muy polarizada. Viendo lo que ocurre en la región, ¿es efectivamente así?

   —Todo es relativo. Diría que la Argentina es un caso de polarización moderada. En Brasil y Estados Unidos el nivel de polarización está empezando a amenazar la democracia y en Bolivia la ha tumbado. En la Argentina la polarización entre el kirchnerismo y el centroderecha es seria, pero hasta ahora no se ve una amenaza a la institucionalidad democrática. Alberto Fernández busca un espacio más en el centro del sistema partidario y, si tiene éxito, ayudará a limitar o reducir un poco la polarización. Pero si fracasa, algo muy posible por las circunstancias, se podría terminar reforzando la polarización.

   —Antes del Covid-19 se registraron protestas en distintos países de la región, pero la pandemia puso todo en stand by. ¿Volverán los reclamos, incluso con más intensidad, cuando pase el coronavirus?

   —Es muy difícil saber, la última vez que tuvimos una pandemia así fue hace un siglo, era otro mundo. Sí sabemos que las causas de las protestas no han cambiado. Pero no se puede pronosticar nunca una ola de protestas.

   —¿Ve riesgo de inestabilidad democrática en la región?

   —Hay razones por las cuales preocuparse: una cosa que sabemos es que las crisis económicas prolongadas tienden a debilitar y minar los regímenes existentes. Creo que América latina seguirá siendo mayoritariamente democrática, pero las democracias más frágiles de la región, como Ecuador, Perú, Guatemala, Paraguay, serán muy ingobernables. También el régimen autoritario de Nicolás Maduro (Venezuela) será vulnerable.

   —El año pasado, antes del coronavirus y las protestas contra el racismo, usted decía que las chances de Trump eran 50-50. ¿Cuántas son ahora?

   —De 10 a 20 por ciento. Hoy Joe Biden está ganando por 9 ó 10 puntos y la situación económica probablemente no mejore mucho. De todos modos, faltan cuatro meses y medio, mucho puede cambiar. Lo que sí es cada vez más obvio es que el gobierno ha fracasado por completo en su respuesta al coronavirus. Igual, la elección será peleada: el electorado yanqui está tan polarizado y las identidades partidarias son tan fuertes que, pase lo que pase, el 40 por ciento va a votar por Trump, aún en las peores circunstancias.

   —¿Es más optimista respecto de la posibilidad de que la sociedad norteamericana y sus instituciones pueden bloquear las iniciativas más autoritarias de Trump?

   —La democracia norteamericana es dura de matar. Está en peligro, ha sido debilitada, pero tiene instituciones fuertes. Sin embargo, lo que ha debilitado a Trump son sus propios errores, su tremenda incapacidad política y administrativa, sus respuestas terribles ante el coronavirus y la muerte de George Floyd. La oposición es fuerte y eso ayuda, pero los goles en contra de Trump fueron decisivos. De todos modos, aunque la salida de Trump sea positiva, no creo que acabe con la crisis de la democracia norteamericana.

   —¿La agenda y la forma de hacer política de Trump llegaron para quedarse en Estados Unidos?

   —Trump es muy personalista y tiene características casi únicas, pero el trumpismo representa un sector de la sociedad. Es una especie de nacionalismo blanco y cristiano, un movimiento anti élite que, básicamente, quiere volver a la sociedad de la década del 50. Trump puede desaparecer del escenario político, pero el trumpismo va a persistir por un rato más.

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