Rusia 2018

Francia - Croacia, un partido decisivo que pocos imaginaban

Francia y Croacia definirán el título con el arbitraje del argentino Néstor Pitana. Ambas selecciones se ganaron el derecho a ir por la gloria en un cotejo que paralizará al planeta fútbol. Arranca a las 12 y transmite la TV Pública.

Domingo 15 de Julio de 2018

Durante algunas horas, el corazón de Moscú dejará de latir al pulso de la Plaza Roja, el Kremlin o esa maravilla arquitectónica que es la Catedral San Basilio. El mausoleo de Lenin tal vez interrumpirá sus veneraciones constantes. Y el río Moscova, siempre rodeado por esos edificios stalinistas que hoy lucen como palacios, seguramente aquietará sus aguas. Todos los encantos de la capital rusa estarán concentrados en el estadio Luzhniki, uno de los emblemas más reconocibles del pueblo moscovita porque se celebraron los Juegos Olímpicos de 1980. Ahí se disputará el partido que paralizará al planeta fútbol entre Francia y Croacia para definir al campeón del mundo en Rusia 2018.

Será una final que pone contra las cuerdas a los sabiondos. A aquellos que creyeron sabérselas todas. A los que durante las cuatro semanas del Mundial se esmeraron por desarrollar sus antídotos. Pero una vez más, como tantas, el fútbol se encargó de mofarse de las pretenciosas verdades absolutas, se ocupó de asestar una nueva lección y se burló de todos los pronósticos. Rusia 2018 podrá tener a un campeón que ya lo fue en el pasado (Francia), pero también podrá consagrar a una selección (Croacia) que está lejos de alumbrar a los poderes históricamente establecidos. Y que ve esta posibilidad histórica como una reivindicación de su identidad nacional luego de sufrir la guerra de los Balcanes.

Se acortó una brecha

Por fin se acortó esa brecha que parecía insalvable entre los que ya marcaron una época y los que aspiran a hacerlo. Ya no manda la vieja aristocracia de los campeones tradicionales. Este juego alcanzó semejante gigantismo que relegó a esas selecciones ancladas en su pasado y nostálgicas de sus proezas, para darle lugar a una final que muchos ni habrían imaginado cuando compraron sus tickets para presenciarla.

Igual, Francia-Croacia será muy bien recibida. Dará gusto verla. No sólo porque ambas selecciones se ganaron fielmente el derecho a ir por la gloria. También porque será un partido que encerrará un fuerte contenido geopolítico. Un mano a mano entre la Francia multirracial, en la que conviven con armonía africanos, árabes y galos, y esta Croacia de la homogeneidad de nacionalidades.

Poco importa que el escenario futbolístico de lo que se verá hoy esté montado arriba de una desproporción. Porque Francia es una selección plagada de estrellas y con peso propio para arroparse de favorita. En cambio, Croacia está sostenida por un equipo de hombres, siempre dispuestos a reinventarse y transformar en épica ese cansancio físico de haber jugado tres suplementarios más que el rival. Pero los iguala saber que la memoria colectiva sólo distingue a los campeones y quieren pertenecer a ese club de inmortales.

Una final del mundo siempre estará sometida a una fuerte carga psicológica que muchas veces condiciona los resortes futbolísticos. Además, sobran ejemplos en los que el de más abajo en los papeles detecta en esa subestimación la motivación para impulsarse.

Toda la mística del torneo más trascendente se pondrá a disposición de un cotejo que entiende como pocos de pasiones y definirá quién dominará los próximos cuatro años.

El ambiente también será halagador para el hincha argentino. No jugará la selección de Sampaoli, como todos habían soñado, pero en la figura del árbitro Nestor Pitana y sus colaboradores estará muy bien representado el fútbol argentino.

Estar parado a 90 minutos, siempre y cuando no haya tiempo suplementario ni penales, de ser campeón del mundo produce vértigo, pero los futbolistas quieren ser héroes para siempre. Mucho más un país que vivió atravesado por el dolor como Croacia. Porque si algo demostraron los dirigidos por Zlatko Dalic es que el padecimiento no los asusta. Al contrario, los alimenta. Pertenecen a una raza que compite como pocas y que ni la fragmentación geográfica y política que sufrieron tras la guerra logró minarles la ambición para hacer historia. También saben ganar con juego y el coraje como banderas.

Tercera final francesa

La selección francesa saldrá a la caza de un sitial conocido en los mundiales. Jugará su tercera final en las últimas seis copas del mundo y además quiere sumar a su entrenador Didier Deschamps al selecto grupo que sólo integran el brasileño Zagallo y el alemán Beckenbauer, quienes se consagraron campeones como jugadores y DT. Igual, aquel título del 98 conseguido en su casa quedó lejos. Tanto, que ni Kylian Mbappé había nacido.

Francia aterrizó en Rusia con algunas de las individualidades más explosivas del torneo y rápido se convirtió en una formación de comprobada fortaleza futbolística y mental. Recorrió la ruta hasta la final con una solvencia asombrosa. Con algunos matices, se sacó de encima a Argentina, Uruguay y Bélgica como quien sopla una hoja en pleno otoño. Sin haber resignado un aire poético en su juego, mostró más hueso que la selección que levantó la copa en el 98 de la mano del genio de Zidane, la impronta de Henry y esa guardia pretoriana comandada por Deschamps.

Justamente cuando asumió el actual técnico se fijó la prioridad de fortalecer la zona defensiva y hacer del mediocampo una fortaleza táctica y futbolística. Le borró un poco de sonrisa al equipo y le agregó algo de lija. Así armó un bloque defensivo monolítico en el que se sustenta el equilibrio colectivo. Con N'Golo Kanté como el probablemente mejor recuperador del mundo, Francia despliega sus alas por los laterales. Pavard por la derecha y Lucas Hernández por la izquierda cumplen a la perfección con esa creencia tan trillada que primero se debe ser ancho para luego estirarse como chicle. Pogba juega liberado gracias a la simpleza de movimientos de Kanté, quien a su catálogo le agrega toque corto, capacidad de ubicación para relevar a los laterales y un infatigable esfuerzo para regar el campo con esfuerzo. Así, Pogba se olvida de la contención y se dedica a acompañar a Griezmann y Mbappé en la búsqueda de espacios explorables para la velocidad del niño maravilla o de la categoría imperial del delantero de Atlético de Madrid para romper defensas. Matuidi completa el repertorio de la medular con dinámica, músculo y apariciones sorpresivas en ataque. Una copia de lo que hizo en el gol de cabeza contra Bélgica por los cuartos de final.

Hace rato que Croacia merodea la cumbre del fútbol. Lleva un buen tiempo dando muestras cabales de sus convicciones y vaya si las tiene con todo lo que le tocó sufrir en la guerra y sujeción por parte de Serbia dentro de Yugoslavia. Por eso ya tiene asegurado un lugar en el podio. Igual, todo esto no invalida que le llegó la hora de dar el paso futbolístico más importante de su historia. Tiene todo para hacerlo. Así como fue gestando su identidad gracias a las intenciones independentistas y logró ser nación en 1991, la selección también demostró en el Mundial un espíritu de reivindicación admirable.

Con un equipo que siempre estuvo en movimiento y que nunca cayó en pasajes de subordinación. Ni cuando estuvo acorralado se dio por vencido. Y eso que Dinamarca, Rusia y, sobre todo, Inglaterra probaron su capacidad de rendición y a los tres los mandó para casa. Claro que si no tuviera a Modric le hubiera resultado imposible conseguir todo esto. El volante de Real Madrid es sencillamente un libro abierto de cómo se debe jugar al fútbol. Toma siempre la mejor decisión y entiende todo. Tiene al lado a un compañero ideal de aventuras. Rakitic es el complemento perfecto. Más posicional y laborioso que en Barcelona, jugó un Mundial arremangándose aunque nunca abandonó ese pase milimétrico para dejar a Rebic, Mandzukic o Perisic de cara al arco rival. Con Brozovic como el vértice más retrasado para proteger al triángulo defensivo que componen Vida, Louren y Strinic, es probable que Griezmann, Giroud o Mbappé no pasen una tarde de sol moscovita.

El Mundial 2018 de Rusia dirá adiós hoy con una ceremonia solemne y una final poco esperada. De contraste futbolístico y un fuerte costado geopolítico. Jugarán la Francia multiétnica contra la Croacia que es un símbolo de la homogeneidad. Habrá bicampeón o un nuevo campeón.

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