Para algunos es el primer “súper sábado” de sus vidas. Por edad, nunca les tocó vivir una definición tan caliente como la que hoy le toca a Rosario Central. Y si lo hicieron, si alguna vez atravesaron una situación similar, no tuvo punto de comparación con llegar a la última fecha del torneo con chance de ascenso directo con rivales de la talla de River Plate, Instituto y Quilmes.
Por eso hoy, y los últimos días aún más, se han dejado ganar por los nervios. Incluso los menos pasionales, los que juran y perjuran que el resultado de un partido de fútbol no les cambia la vida, se encontraron, con la cabeza apoyada en la almohada, elevando una plegaria silenciosa para que esta tarde, en San Juan, los muchachos de Juan Antonio Pizzi estén inspirado y le ganen a Desamparados.
Los otros, los que calman las ansiedad con el mejor sedante del mundo, la tribuna, hicieron lo que hacen los maníacos para sobrellevar los momentos de zozobra: fueron al Gigante bien temprano, hicieron la cola a la intemperie y compraron las entradas para el partido. Su objetivo fue, claro está, viajar a alentar al canalla, pero también parar el difícil momento en compañía de sus pares.
Hubo quienes los días previos eludían el tema, a pesar de que sus eternos rivales, los primos del Parque, los azuzaban con preguntas, con chanzas, a pesar de sus ceños fruncidos, sus miradas oscuras, a pesar de los pasos apresurados con los que intentaban vanamente rehuir el encuentro. Esta semana fue imposible no hablar del final del torneo, que puede ser dulce o amargo.
Los cabuleros, que son legión aunque no lo dicen, cumplieron ritos inimaginables, sólo ellos saben cuáles son, sólo ellos saben la importancia que tienen. Separaron la ropa que van a usar en el momento en el que van a ver el partido, se aseguraron que los acompañe quien
los tiene que acompañar en el momento clave y ahuyentaron, tan lejos como sea posible, a los malos espíritus.
Porque para el hincha de fútbol que se aferra a su pasión con inflexible religiosidad, en una instancia de definiciones, es tan importante la ayuda celestial como ponerse a resguardo de todo y todos los que, a su criterio afiebrado, son imanes de la desgracia. Los
evitaron, no les dirigieron la palabra y si no tuvieron más remedio y tuvieron que estrecharles la mano, cruzaron los dedos.
Hoy, pasado el mediodía, después que la familia ya se haya dispuesto a retomar sus rutinas habituales, el canalla de verdad, el que siente que si hoy el equipo no asciende es el fin del mundo, aunque no lo sea, ni mucho menos, ese cumplirá el rito de sentarse frente al televisor y dejará que el destino juegue sus fichas. Pero no lo hará mansamente, no, será un manojo de nervios.
Después, como siempre, comenzará a rodar la pelota, los jugadores tomarán para sí las riendas del carro de la historia y todo será más fácil. Habrá a quien, al menos durante los noventa minutos de juego, echarle la culpa de los errores -el árbitro es el blanco más fácil de
las críticas- y endilgarle las virtudes que, si todo sale según lo planeado, hicieron que el sueño se cumpla.
























