A pesar de ese eclecticismo, Belloni se ganó el título de "Pintor de Tablada" al que él, cálido, sabio y prolífico, responde con pudor: "A Schiavoni lo conectaban con Saladillo, a Grela con Alberdi, a mí con Tablada, y bueno, yo digo que soy una persona de barrio como cualquier otra, alguien que pinta". Y como todo lo que pinta tiene historia, él la cuenta con meticulosa devoción.
"A mí lo que me interesa es la parte humana. Me interesa el carácter. Siempre cuando pinto pongo un carácter de villero, no me lo puedo sacar de encima. Cuando veo pasar por la calle a mis vecinos, me vengo corriendo a dibujar y después los paso a un cuadro. Cuando le llevaba dibujos a Gambartes, él me decía: 'pero Belloni, usted siempre le pone sentido proletario a todo lo que hace'. Me sale así. Yo soy uno de ellos", expresó el pintor en el libro "La Tablada" que publicó la editorial Iván Rosado el año pasado sobre el pintor.
Si se le avisa previamente él, su perro Horus y su gata blanca, Menfis, reciben desde una puerta minúscula sobre la que Belloni dibujó casi con trazos de niño una paleta de pintor como toda identidad.
Se recorren apenas unos pasos por el jardín, con verdes desordenados y troncos y ramas para esculpir, y se llega al atelier: un espacio que construyó el artista con sus propias manos de albañil, carpintero, mecánico y hasta letrista de carteles en láminas de oro, durante su vida.
Allí, entre pinceles, chapadures, tarros, frascos, pinturas, marcos, mazas, formones y gubias se zambulle cada día, tras años de pintar al aire libre. Ahora apenas junto a un anafe y bajo la luz de un fluorescente o solo la natural que entra por la puerta y un ventiluz del techo, lee, escucha tangos y chamamé por radio, pinta y esculpe.
La Capital lo encontró trabajando sobre una escena de pescadores que despinan sus presas y con un libro empezado sobre el "Egipto revelado".
Orlando Belloni, el pintor secreto de Tablada
"Mire, a este bote lo pinté verde y este va a ser rojo, especulo con el contraste", explica. "Soy lento, desde que empezó el año llevo apenas ocho cuadros, y podría decirse que soy un pintor más diurno, como lo era Van Gogh, mis noches no son muy oscuras, mi idea de la noche tiene cierta luminosidad", dice el pintor antes de remarcar que los marcos de sus cuadros también los hace él.
Hasta el 4 de abril se puede ver "La Marisa", una obra de Belloni en el Museo Castagnino (Pellegrini 2202), parte de "La sutileza de existir", una exhibición de 14 obras de otros autores expuestas desde febrero. Y en Buenos Aires también pudo verse hasta el 10 de marzo parte de su obra, óleos desde 1978 a 2020, en la galería Calvaresi de San Telmo (Defensa 1136); una de las pocas salidas de los cuadros de Belloni más allá de los límites de la ciudad ya que él prefiere regalarlos y exhibirlos acá.
Porque a riesgo de que se lo tilde de tradicionalista, Belloni prefiere que su obra perviva en Rosario, si bien cuando vivía en París su hermano Alberto -un militante sindical perseguido por la Triple A que se exilió en la década del 70 y ya falleció-, Orlando mostró en el exterior algunos trabajos.
Aferrándose a que el legado quede donde aún pinta, en 2018 Belloni donó gran parte de su patrimonio a la Biblioteca Vigil de Rosario. Nada menos que 125 óleos, 26 esculturas y 25 acuarelas.
"Con toda esa obra se está proyectando destinar un ala especial para guarda y exhibición de la obra en la biblioteca: será la sala Orlando Belloni", aclara su amigo, el también artista del barrio Diego Díaz, organizador del Facebook y visibilización de la obra a Orlando, quien no tiene celular ni computadora. Podría decirse que la más alta tecnología que circunda a Belloni la lleva sobre su muñeca izquierda: un reloj pulsera.
Así la comunicación en los últimos años se hizo más fluida para Belloni, que solo va al centro para ir al oftalmólogo o comprar pinturas y pinceles. A tal punto circuló su labor e imagen hace dos años que el Concejo Municipal lo distinguió a instancias de la ex concejala del Frente Social y Popular Celeste Lepratti. En ese momento y siempre él agradece a sus amigos y a artistas conocidos como Norberto Moretti y Juan Manuel Prol, entre otros tantos.
Los pasos de Orlando
"Para comprender a Belloni, de figuración áspera del mundo del suburbio, hay que conocer su biografía y la trama del campo artístico rosarino; desde muy joven vivió el mundo del trabajo: desempeñó oficios que lo entrenaron en lo laboral y sindical, junto a su hermano a quien estaba muy ligado, y también desde muy joven y con extracción popular se interesó por la cultura de la animación y del dibujo", dice el investigador, historiador y profesor titular de Arte Argentino de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), Guillermo Fantoni.
Belloni nació en Pérez en 1933 y cuando cumplió un año, murió su papá, un trabajador ferroviario. Él y su hermano quedaron al cuidado de sus abuelos, en un rancho campestre, para que la madre pudiera trabajar en la ciudad. Luego su madre se casó por segunda vez y se fue a vivir a Puerto General San Martín
Dice que no sabe cómo si vivía "en patas, como los indios, y cazando pajaritos con su hermano Alberto" nació su pulsión por dibujar, pero así fue. Todo lo que vio desde chiquito algún día empezó a plasmarlo cada vez que tuvo la oportunidad. Y las tuvo.
Se enteró por la publicidad de un diario de un curso de dibujos animados por correspondencia a cargo de Juan Oliva, un catalán y pionero de la animación gráfica en Buenos Aires que había realizado cortometrajes para el noticiero Sucesos Argentinos. La leyenda dice que hasta Ernesto "Che" Guevara Lynch pasó por esa escuela. A los 12 años, Belloni tomó clases.
De adolescente se mudó a una pensión rosarina con su hermano e ingresó como aprendiz en el Ministerio de Obras Públicas. Su hermano Alberto, marxista y trotskista, se dedicó a la vida sindical; él, al dibujo. A los 18 años, Orlando se inscribió en la escuela provincial de Artes Visuales y comenzó a trabajar en el puerto como mecánico. Luego pasó a la oficina de dibujo cartográfico del ministerio, donde bajo la mirada de Gambartes trabajó calcando mapas de la zona fluvial rosarina, con plumín y tinta china.
Fantoni cuenta que Gambartes era un "eximio dibujante a pluma y lo entrena a Belloni, quien a la vez se convierte en su asistente y le hace los fondos para sus famosos cromos al yeso".
Belloni rescata que fue Gambartes quien le sugirió tomar clases con Grela a fines de los años 50.
"Allí conocí a Ouvrard, con Grela aprendí la disciplina", dice Belloni sobre una escuela donde el clima de revuelta y tensión del mundo social y político se palpaba sin vueltas.
"Sin embargo la pintura de Belloni no tiene el heroísmo típico del arte de izquierda -opina Fantoni- sino que es una mirada especial en singular comunión con su objeto, la de la gente que él está representando; tiene pasión por el pueblo y se siente parte de él".
El rasgo grelaniano también es rescatado por Fantoni quien dice: "Los rosarinos podemos leer muy veladamente en Belloni el linaje de Grela, preocupado por las cuestiones sociales y por representar al Litoral, y que opera de algún modo en este artista intenso que encuentra su propio camino, sumamente personal, que se contenta con pensar y crear por placer, valores de esta figura más allá de la adquisición de un prestigio".
Tablada, el destino
El último destino hasta la actualidad es Tablada, el barrio de las casas bajas, la malaria y cercano al río, donde Belloni no deja de mostrar cómo vive su gente, sus alegrías y tristezas. Sus pinturas son una galería de vecinos comiendo un asado en la vereda donde también se dibujó a sí mismo, cuatro vecinos juntos en una moto, chicos jugando al carnaval, un colectivo de la línea E lleno de hinchas que van a la cancha, una fábrica de ladrillos, gente mateando, barcos, fábricas, fútbol en un potrero, prostitutas esperando a un cliente, trabajadores del puerto, gente sentada en la puerta sin trabajo, perros y gatos hambrientos, caballos, chanchos.
"Y el río, que lo pinté tanto que lo conozco de memoria", asegura.
Él muestra a los personajes y los nombra. "Cachilo, el Mono, Carozo, Tarántula -un perro negro-, Virulana, el Tacata, Miní", enumera y dice que muchos y muchas han ido a su taller a ver su obras y han posado para él.
"No uso modelos profesionales sino siempre de la villa, porque tienen la fisonomía de su vida", dice antes de contar que muchos vecinos le reprochan que aún no los haya dibujado.
Entre todos los cuadros que muestra sobre el atril, desempolva un autorretrato. Se lo ve con gorra delante de un puente del Saladillo, con un pincel en la mano y en un ángulo un avión. "¿Por qué una nave en el cielo?", se le pregunta. Y contesta: "Porque siempre me gusta que haya algo moderno, y fíjese que la curva del avión acompaña la de mi ceja", explica.
Sus esculturas de madera común y corriente podrían llenar una sala aparte. De plátanos, paraísos, un naranjo, o una planta de palta creó varias vírgenes con el niño, una pareja bailando tango, las tres gracias, el rostro de un amigo artista, un águila cazando una víbora y un Adán y Eva. A varias le da un color rebajado, tenue, para que "nunca deje de notarse la madera".
"Me dedico menos a esculpir ahora porque me canso y ando algo mal de los bronquios, yo no trabajo a máquina, todo es a mano, sin mucha idea previa, la madera con sus vetas y sus nudos, va haciendo la obra conmigo. Acá tenía dos ramas, podían ser las alas de un ángel, pero una mujer me había traicionado y me incliné por un águila", dice el hombre secreto, para gran parte de la ciudad, pero no para la gente de Tablada.