Opinión

¿Y la bandera?

Un símbolo menospreciado. El autor reflexiona sobre los tristes hechos del último 20 de Junio, cuando la celebración se redujo a una expresión mínima y patética.

Lunes 24 de Junio de 2019

Aunque esta confesión para muchos pueda resultar polémica, e inclusive afrentosa, debo admitir que nunca tuve mucha devoción por los símbolos patrios…

El testimonio de la historia —desde la retirada de las tropas napoleónicas, devastadas por el cruel invierno ruso, hasta la desgraciada experiencia de Malvinas, y desde las embarradas luchas cuerpo a cuerpo de la Primera Guerra Mundial, hasta las masacres que, con el concurso de la más sofisticada tecnología, hoy se monitorean y se comandan a distancia a través de computadoras—, el testimonio de la historia, digo, se ha encargado de darle la razón a Bertolt Brecht, quien, palabras más, palabras menos, dijo algo así como: "Cuando los que mandan hablan de gloria, hombre de la calle, prepara tu tumba".

El Himno Nacional me emociona, ¡claro que me emociona!, y sobre todo en su versión instrumental, pero si me pongo a analizar fríamente eso de "coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir", descubro que, aunque mi humilde cabeza tenga que continuar prescindiendo del ornato de gloriosos laureles, como a cualquier otro bicho que camina, lo que más me importa es salvar el pellejo… Cabral hubo uno solo, Aquiles hubo uno solo también, y la vida es un bien demasiado precioso —¡es lo único que tenemos!—, como para andar canjeándola por una corona de hojas lanceoladas con las que, en última instancia, también se puede condimentar un guiso…

Pero hay ciertas tradiciones —o si algún lector un poco cínico lo prefiere, "slogans"—, que no hemos podido dejar de interiorizar y de adoptar como cosa propia, sobre todo cuando la "creencia", ya que no encuentro otra forma de llamarla, nos fue inculcada desde nuestra más maleable y tierna infancia. Y para los que habitamos esta porción de la Pampa Húmeda, uno de los slogans más arraigados es el que reza: "Rosario, Cuna de la Bandera".

Para una ciudad que, a mi modo de ver, todavía no ha logrado digerir del todo su falta de prosapia, y de padres fundadores conocidos y prestigiosos, el hecho de que la bandera nacional haya sido izada por primera vez junto al río que lame sus barrancas, inevitablemente debía erigirse en una gesta heroica, y hasta digna de aparecer representada en su escudo.

Sin embargo, más allá del reconocimiento heráldico, la epopeya terminó cobrando cuerpo en un monumento de dimensiones colosales, en una mole de majestuoso travertino que pasó a ser el símbolo de la ciudad, así como la metálica tour Eiffel es el símbolo de la Ciudad Luz, y el fálico obelisco —interpretaría Sigmund Freud—, es el símbolo de la reina del Plata.

Y como era de esperarse, nuestro Monumento a la Bandera —que Guido diseñó para dar cabida a multitudes— fue escenario de ceremonias conmemorativas de la creación de la enseña patria, cuya impronta varió, siguiendo la tónica impuesta por los gobiernos de turno. Hubo actos presididos por "autoridades civiles, militares y eclesiásticas, y público en general" —este último es el estado llano, el de los hombres de a pie—, hubo actos partidarios teñidos de la más enfervorizada mística política, y hubo centenares de chicos pensando en cualquier cosa y muriéndose de frío, mientras le juraban eterna fidelidad al lábaro celeste y blanco… Hasta ahí todo bien, o al menos todo medianamente previsible.

Pero este último ¿festejo? del 20 de Junio fue a todas luces "histórico", por la sencilla razón de que ventiló un montón de debilidades, apetitos y miserias de nuestra clase política, que habitualmente tienen su morada recóndita debajo de la alfombra.

La celebración que organizó la propia ciudad tuvo una duración de apenas siete minutos —aclaro que nadie pretendía un desfile con tanques y misiles, que durara siete horas—, y en cuanto al aporte del gobierno nacional, consistió en un discurso no mucho más extenso, que el presidente pronunció desde un club del barrio de Tablada, para poder cubrir de improperios a uno de sus más enconados adversarios, y luego de eso partir aceleradamente hacia una quinta que posee en el Gran Buenos Aires.

En otras palabras: este singularísimo festejo para lo que sirvió fue para demostrar que los políticos están demasiado preocupados por sus triunfos y sus derrotas, por sus expectativas y frustraciones, como para seguir fingiendo patriotismo, y seguir alimentando la engañapichanga de "honrar a la bandera".

Como ya lo señalé al comienzo de la nota, no tengo una especial debilidad por los símbolos patrios, pero creer que hubo un señor al que le interesaba tanto el destino de sus conciudadanos como para exclamar, antes de exhalar el último suspiro "¡ay, patria mía!", no dejaba de tener algún encanto. Por más que quizá todo eso no haya sido más que una mentira, como para engatusar a colegiales que, pensando en cualquier cosa se mueren de frío en el inhóspito Monumento, mientras le juran fidelidad ya no se sabe muy bien a qué.

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