Por Miguel Pisano
Si algunos grupos de defensa de la mujer plantean que su objetivo no es llegar al aborto, con los que coincido que es un fracaso y una calamidad ―inclusive algunos profetizan que con el aborto legal bajará el número de esas prácticas― cuesta comprender que impulsen alegremente la legalización de la interrupción del embarazo como la única solución de una problemática tan compleja. En este punto acuerdo con las consignas de "educación sexual para decidir" y de "anticonceptivos para no concebir", cómo no hacerlo, pero como bien señalan numerosas legisladoras, "la solución no es el aborto".
Uno de los argumentos centrales de los grupos abortistas es que "el aborto existe y existirá" y que "la mujer abortará", como si se tratara de una cosa juzgada, en un peligroso determinismo social y cultural, como si al resto de la sociedad que no pensamos así sólo nos quedara discutir cuestiones secundarias.
Será difícil hallar personas que no se conmuevan por los abortos clandestinos hechos en las peores condiciones sanitarias, que a menudo son las propias condiciones de vida de la injusticia social en la que se basa el sistema capitalista. "Las mujeres pobres se mueren con un perejil en la vagina", vociferan.
Chocolate por la noticia: el capitalismo es una fábrica en serie de injusticias y de calamidades de todo tipo. ¿Pero quién les dijo que toda mujer que queda embarazada de un modo impensado o no planificado sólo tiene como salida el fácil atajo del aborto, más allá de su estatuto legal?
Por eso acuerdo con el padre "Pepe" Di Paola, un cura villero que trabaja y milita en las villas de Buenos Aires, en el sentido de que "los pobres son quienes más defienden la vida, aun en las peores condiciones".
Como mi vieja, que allá en La Bajada cocinaba su especialidad, el hígado con cebolla, pero jamás arrugó cuando le tocó decidir poner un plato más en la mesa.

