Opinión

Si volviera el arrullo de Dios

La lectura era el tema. Hablamos de una breve obra teatral del nuevamente en boga Cormac McCarthy en la que dos actores discuten acerca de la existencia de un ser superior.

Domingo 02 de Julio de 2017

La lectura era el tema. Hablamos de una breve obra teatral del nuevamente en boga Cormac McCarthy en la que dos actores discuten acerca de la existencia de un ser superior. Y le conté que estaba releyendo "Barrabás", un viejo librito del sueco Lagerkvist, que allá por los cincuenta había sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Precisamente su novela "Barrabás" fue la que en su momento inclinó a su favor el otorgamiento de tamaña distinción. El personaje, bíblico, es un hombre que asiste a la redención y no se redime. Ve la luz, y sin embargo permanece ciego. Tiene la dicha de conocer a Dios, pero no cree en él, dejando que su alma vague entre tinieblas. Fue sin advertencia alguna que lancé mi pregunta: "Y vos, ¿creés en Dios?" Sorprendido, casi sin tiempo para elaborar acaso una respuesta más elaborada, sólo atinó a decir tibiamente que no mientras su cabeza funcionaba en señal de alerta esperando lo que se pudiera venir. "Entonces sos un tipo peligroso; y mucho", comenté sin ánimo de ofender. Y agregué que una persona descreída de Dios puede verse más fácilmente tentada de incurrir en actos perversos ya que podría estar flaqueándole no ya la culpa sino el mismísimo sustento moral. Le recordé que en un comentario periodístico reciente José Pablo Feinmann alude a Iván Karamasov, personaje conocido del escritor ruso Dostoyevski, que decía: "Si Dios no existe todo está permitido". Y ciertamente es así, porque ese Dios, si está ausente, ya no podrá juzgarnos porque no es, no existe. No tiene nada que reclamar y por ende el descreído nada de lo que deba arrepentirse. Desde luego que la situación derivará en la impunidad que desconoce toda sanción. Y no habrá condena posible. O no debería al menos, si esa lógica es acertada. Pero lo peor de todo entonces no será ignorar la existencia de Dios, sino ver en el espejo a un hombre absuelto por él mismo. Y la maldad, llámese Demonio, se anotará otra batalla ganada. Me escuchó atentamente, me consta. Y me desarmó con una pregunta: "¿Quién dice qué es justo y qué no lo es?". Confieso que esta noche, como tantas otras, me costará dormirme.

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