La noche de verano en la terraza de la Plataforma Lavardén es perfecta. Un telón de estrellas ilumina la ciudad solitaria y desamparada de la pandemia. Sobre el pequeño escenario hay un hombre frente a un teclado. También lo rodean computadoras y adminículos cuyo significado es imposible de descifrar para quien no sea un experto. Lo único que importa, de todas maneras, es la música. Honda, compleja, bella, obliga a la concentración y demanda un bienhechor silencio absoluto. No hay ningún celular encendido. Instalados en sus sillas en el marco de un estricto protocolo, los espectadores escuchan con unción. La emoción se percibe en los rostros, como en el del joven que tengo a mi derecha, que bebe vino tinto. El pianista no habla, no lo hizo tampoco al instalarse ante su instrumento: apenas una inclinación de cabeza. Claudio Cardone, sin embargo, no necesita de las palabras para comunicarse.
Cuando a fines de la década del ochenta del remoto siglo veinte partió hacia Buenos Aires para jugarse entero por lo que amaba, el bisoño pero ya brillante tecladista rosarino ignoraba el destino que lo esperaba. Aquí, en su ciudad, gozaba de un reconocimiento unánime pese a los pocos años que revelaba su documento de identidad. Los mejores lo buscaban para que tocara con ellos, para que arreglara sus temas, para que participara en sus discos. El primer “elepé” (qué hermoso es escribir este término) de Adrián Abonizio, de 1984, tiene la virtuosa impronta de Cardone, en el marco de una banda notable que también integraban el ya desaparecido –y tan querido– bajista Armando Sabia, el baterista Maxi Ades y el saxofonista Mario Olivera. Pero claro, la moneda no alcanzaba y ya se sabe, Dios solo atiende en la cabeza de Goliat (Martínez Estrada dixit). Hacía allí partió resueltamente Cardone, que carecía hasta de lo más básico: un instrumento propio.
La solidaridad de los amigos músicos lo rescató. Generoso como siempre, Lalo de los Santos le dio amparo y el gran Litto Nebbia le prestó un teclado. Ya había comenzado a recorrer el áspero camino. Se integró a la banda de Fito Páez y su deteriorada economía comenzó a mejorar. Lo esperaba, más adelante, un faro que iba a iluminar desde entonces el trayecto de su vida: se llamaba –nada menos– Luis Alberto Spinetta.
Spinetta, se sabe, es una religión. Sus devotos lo aman de una manera tan honda que resulta imposible de describir con el limitado medio que suelen ser las palabras. Cardone integró esa exquisita legión de fanáticos del Flaco desde siempre. Y aquel cuyos discos conocía de memoria lo llamaba ahora para sentarlo a su lado, para convertirlo en el corazón mismo de su música. Fue un regalo, sin dudas. Y, también sin dudas, más que merecido. Spinetta, por supuesto, era consciente de la estirpe del tecladista que había convocado y que a partir de entonces ya no lo abandonaría.
Años más tarde, claro, llegó la muerte impiadosa y lo hizo –para qué negarlo– antes de tiempo. Spinetta partió y Cardone, como quien no quiere la cosa, despacito fue volviendo a su pago. Se instaló, finalmente, en Funes.
Los aplausos coronan el trabajo del artista, que –ahora sí– habla y deja al descubierto su sensibilidad y humildad. Agradece, habla de su amor por los perros, de la necesidad de empatizar con el paisaje y de vivir con hondura el presente. La gente se le arrima, le expresa su afecto. La entrada que pagó para asistir a tan hermoso espectáculo costaba apenas trescientos pesos.
Después, ya en charla mano a mano, Cardone revela que está a punto de viajar hacia la provincia de Córdoba, donde proyecta radicarse. Aquí, los escasos alumnos que tiene no le permiten sostenerse. La ciudad, acaso, debiera ser más generosa con un músico de su talento y retenerlo para que lo vuelque entre nosotros. Dejarlo partir –pienso– sería una omisión triste, tal vez incomprensible.