Si no dar conferencias de prensa es un acto de censura, lo primero que debe
resaltarse es que la presidenta de la Nación rompió el miedo escénico —patología que
arrastraba su esposo y antecesor— y se atrevió a contestar las preguntas de un enjambre de
periodistas. Lo segundo es que la pulpa del sentimiento kirchnerista quedó ayer empíricamente
comprobada: no hay margen para la autocrítica —al menos en público— pese a que el
gobierno se desbarrancó en la consideración popular.
Cristina Fernández de Kirchner se floreó ante cada pregunta apelando a una
capacidad oratoria notable, haciendo una verónica tras otra y apelando a un tono moderado que tornó
poco menos que soporífera a la reunión con los periodistas. La duda es: ¿por qué si la jefa del
Estado tiene como cualidad su estilo dialéctico a la hora de las respuestas, ha dejado que el
tiempo la envuelva en la cerrazón, recibiendo apenas a un puñado de periodistas amigos de la casa?
Habría que apelar al politólogo francés Dominique Moisi, quien se interroga: "¿Puede un hombre (en
este caso una mujer) actuar en contra de su naturaleza más profunda? La respuesta probablemente sea
no".
Ayer, Cristina cambió de estrategia porque su caída en las encuestas preocupa al
oficialismo y tiene de muy mal humor a la propia protagonista. Se adelantó en exclusiva hace siete
días en esta página que en las últimas horas un trajinador permanente de las alfombras del poder le
aconsejó a la presidenta la contratación de un experto en consultoría política que saque del
pantano a un gobierno que perdió la agenda, mantiene un agudo enfrentamiento con los grandes medios
y no cree en que, a veces, un paso atrás significa dos hacia adelante.
Tantas veces se criticó el desapego del matrimonio presidencial hacia la prensa
que hay que ser cuidadoso a la hora de criticar la inédita situación que se vivió ayer en la Quinta
de Olivos. No hay país normal en que la gran noticia sea la de un presidente convocando a una
conferencia sin agenda previa, que no se acepten repreguntas y que muchos se hayan quedado con las
ganas. Pero esto es Argentina.
La caída. El dato político cualitativamente más trascendente es que la
presidenta ha acusado recibo de la caída y, como tal, actúa desde la debilidad aceptando —al
menos por una vez— que la realidad suele convertir en una hoja en el viento las creencias,
las obsesiones y la terquedad. Por primera vez el kirchnerismo tomó nota de la crisis que se aloja
en el poder y respondió sin desvaríos verbales ni actitudes caudillescas.
Cristina obvió lo más importante a la hora de contestar: la extrema fragilidad
de la relación con su vicepresidente, Julio Cobos, quien ha limpiado de funcionarios propios al
Ejecutivo. Si continúa la escalada, el país ingresará en otra tormenta institucional de resultado
imprevisible. El mendocino es el titular del Senado, cuerpo que le ha marcado la cancha al gobierno
con un mensaje claro y contundente: se terminó el margen para levantar las manos toda vez que
Balcarce 50 lo ordene.
Pese a la enorme oposición que generó la resolución 125 sobre retenciones, la
glamorosa Cristina se atalonó: volvería a actuar de la misma forma y no se arrepiente de una medida
a todas luces errada. Frente a los dislates de su secretario de Comercio, Guillermo Moreno, quien
nadie sabe si pasaría un módico examen sobre relaciones públicas, la presidenta tampoco se amilanó.
Criticó a los medios por "satanizar" al ineficiente funcionario, que tiene como lógica dominar la
inflación a latigazos.
Una buena noticia para los Kirchner es que, por primera vez en mucho tiempo,
ganaron la tapa de los diarios del domingo por una no noticia. Al menos no fue por una
complicación. Como resumen de la tertulia masiva en la Quinta no hay mucho más para decir. De
acuerdo a las primeras encuestas que hicieron los diarios on line la mayoría de la sociedad quedó
disconforme con las respuestas de Cristina. En verdad, el rechazo se forja en los antecedentes y no
en el coloquio de ayer.
Sin cambios. También descartó que vayan a producirse más cambios en el gabinete,
algo que debería ejecutarse para salvaguardar el futuro del gobierno, con ministros y secretarios
de Estado cuestionados. Algo así como tirar lastre para que la embarcación K pueda de una vez por
todas desplegar las velas y gozar de un viaje más placentero. Pero aquí habría que volver a las
palabras del politólogo galo, o sin tanto ejercicio de archivo, apelar a la popular fábula de
Esopo.
Resulta más que evidente cuál será la respuesta del Poder Ejecutivo a los
grandes títulos de los diarios, al menos internacionales, como el de El País de Madrid, que puso en
portada: "Cristina no se arrepiente de nada". Le dejarán la pelota picando a Aníbal Fernández,
abonado a los refranes: "Palos porque bogas y palos porque no bogas".
La alfombra roja hizo mutar de personalidad a la presidenta. Siempre fue una
mujer afable que, cuando los micrófonos se apagaban, se entusiasmaba hablando con su interlocutor
sobre gustos musicales, literarios y cuestiones por el estilo. Hoy todo su bagaje —y su
aura— está rodado de un halo de soberbia.
"Too much", diría Cristina.