OPINIÓN

Kabul o el espanto

La terrible situación que se vive en Afganistán tras la retirada de las tropas de Estados Unidos

Miércoles 18 de Agosto de 2021

Seguramente el nombre de Hubert van Es no les diga nada. En 1975, siendo reportero de United Press, capturó la imagen de la evacuación de la Embajada norteamericana en Saigón, con un helicóptero posado en la azotea. La canción White Christmas sonaba en todas las emisoras de radio, era la señal de la puesta en marcha de la operación Frequent Wind para sacar del país a los ciudadanos norteamericanos y a los colaboradores sudvietnamitas que les pudieran acompañar. En realidad en la fotografía que dio la vuelta al mundo no salía la Embajada, sino un edificio colindante en el que se encontraban los operativos de la CIA, pero tanto da.

Estos días la pregunta recurrente era si tendríamos en Kabul una foto parecida. Las dudas han quedado rápidamente disipadas. Si en lugar de un helicóptero chinook hubiera sido un huey como en Vietnam, la estampa habría sido idéntica. Eso y que en esta ocasión se tomó con un teléfono. La tecnología como símbolo de la mediocridad de nuestra época.

"Era inevitable que ocurriera". Así se manifiestan no pocos analistas viendo las imágenes de las columnas talibán entrando en la capital afgana sin práctica oposición. Al fin y al cabo ya se sabe que aquel país asiático es desde tiempo inmemorial la "tumba de los imperios". La Grecia de Alejandro Magno, el Imperio Británico, los soviéticos y ahora los norteamericanos; un hilo común de frustración y fracaso ha enmarañado en una misma madeja todas las incursiones extranjeras más allá del Hindu Kush.

Si se atiende a las declaraciones del presidente Biden del pasado 8 de julio, sin embargo, nada hacía presagiar este fatal desenlace. El mandatario recordaba que desde 2001 el contribuyente estadounidense había gastado en Afganistán 83.000 millones de USD, que existía un ejército tan bien equipado como los mejores del mundo, perfectamente capacitado para garantizar la estabilidad del gobierno. Sorprende por tanto el vuelco en los acontecimientos en poco más de un mes, y produce directamente estupor que la inteligencia norteamericana no anticipara que el régimen podía caer en cuestión de días.

Es cierto que la decisión de retirar las tropas ya fue tomada por el presidente Trump con el horizonte temporal fijado en mayo de 2021. El problema no ha sido en este caso el qué sino el cómo. Es lo atropellado de la maniobra lo que llama poderosamente la atención, sobre todo cuando hablamos de una intervención que nunca fue demasiado impopular en Estados Unidos (esto no era Vietnam) y que se prolongó bajo cuatro presidentes; dos demócratas y dos republicanos. Todo ello para confirmar la máxima de que lo complicado no es ocupar un país, sino estabilizarlo.

Es posible, paradójicamente, que ese haya sido un elemento diferencial. El tiempo jugó siempre a favor de los talibán. EEUU ha pasado en veinte años por cinco legislaturas y el sistema democrático difícilmente aguanta un despliegue tan prolongado. La derrota norteamericana no ha sido militar, sino provocada por la política interna. Esto sí es común con Vietnam.

La realidad, en cualquier caso, es tozuda y nos encontramos de nuevo ante la pesadilla de ver cómo un grupo de alucinados fanáticos religiosos recupera el control de toda una nación, con el nada disimulado propósito de (re)establecer una teocracia medieval. Con un liderazgo difuso, ya que no hay una única figura sino que aparecen al menos tres en la cúspide de la pirámide radical, financiados con los nada despreciables ingresos provenientes del narcotráfico, ya que producen el 90% de la heroína que se consume en el planeta, un negocio sin duda innovador para un grupo fundamentalista religioso, pero que proporciona a sus arcas una salud robusta.

Una vez que se ha producido la proclamación de Afganistán como estado islámico desde un palacio presidencial que Ashraf Ghani dejó vacío hace días, son varias las cuestiones que cabe plantearse aunque ninguna mitigará nuestro pesimismo:

El país es hoy muy diferente a 2001; la población prácticamente se ha doblado, hay millones de teléfonos celulares cuando hace veinte años eran excepcionales, el uso de redes sociales es generalizado, la sociedad civil ha florecido y se ha vuelto más compleja y plural, con la frecuente presencia de mujeres en puestos públicos, universidades y escuelas. ¿Podrán los talibán acallar todas estas voces simplemente por medio de la brutalidad?

¿Se convertirá el recién proclamado califato de nuevo en un refugio seguro para el terrorismo internacional? ¿Volverán a servir sus intrincados paisajes como escenarios para la preparación de atentados en Occidente?

Otro de los efectos inmediatos del cambio de status será un tremendo éxodo, con Europa como destino predilecto. El estallido de una crisis migratoria es más que probable. A este respecto ya se ha manifestado Michel Barnier, reclamando la celebración de un Consejo Europeo extraordinario. Parece imprescindible: los gobiernos de la Unión deben moverse rápido para articular medidas comunes para afrontar este desafío. Lo contrario garantizaría el desastre.

La salida de Estados Unidos favorece el ingreso de nuevos actores en el teatro afgano: China, que pretende así hacer honor a su condición de mediador como nuevo Leviatan; Rusia, que aspira a recuperar el prestigio que se dejó en ese mismo lugar en 1989. Intrigante es el rol de Irán, donde hace pocos días que ha tomado posesión Ebrahim Raisi como nuevo presidente. De perfil muy conservador, debe administrar la paradoja del regocijo por la derrota del Gran Satán, a la vez que piensa cómo lidiar con un incómodo vecino que profesa además la militancia sunní wahabbita, enfrentada al chiísmo oficial en Teherán. Pakistán seguramente continuará haciendo equilibrios entre su apoyo a los talibán y la colaboración con EEUU, a la vez que mira a India de reojo.

El desplazamiento de fichas será también interesante en el tablero de Oriente Medio y la Península Arábiga. Arabia Saudí, en una posición seguramente reactiva a lo que haga su enemigo iraní. Qatar y Emiratos con su continuada rivalidad también en compás de espera. Este último hace tiempo que tomó medidas audaces, a la cabeza de las cuales está el establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel. Los israelíes también normalizaron recientemente sus relaciones con Bahrein y Sudán, a la vez que enviaron a Marruecos a su ministro de Asuntos Exteriores, Yair Lapid, cosa que no ocurría desde la proclamación de la Segunda Intifada, hace 21 años.

No nos engañemos. Los acontecimientos en Afganistán no son una derrota norteamericana, sino un fracaso de Occidente. Miles de soldados, diplomáticos y miembros de ONG´s (entre ellos 109 de mis compatriotas españoles), cayeron allí por defender la estabilidad, las vidas y los derechos más elementales de una población que, con horror, contempla el retorno del fanatismo. ¿Qué se les dice a las familias de aquéllos que no volvieron? ¿Ofrecieron un sacrificio en el altar de la Nada?

Esta vez no ha sido necesaria White Christmas para poner en marcha la evacuación. Una melodía disonante de estrépito sordo y muerte ha hecho que miles de personas se precipitaran hacia el aeropuerto de Kabul, la mayoría en vano. Esas imágenes agónicas son un torpedo en la línea de flotación de nuestra credibilidad y también de nuestra esperanza. De la nuestra y de la de tantos afganos que alguna vez creyeron en nosotros. Debemos hacer una reflexión profunda que vaya más allá de lo que Antonio Guterres, Secretario General de la ONU manifestaba con una candidez impropia de su cargo: "pido que el nuevo gobierno talibán ejerza la máxima moderación".

Así quizá, con Borges, logremos que si no nos une el amor, al menos lo haga el espanto.

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