La crisis política y humanitaria desatada en Afganistán tras la retirada de las tropas norteamericanas y de otros países de la Otán tendrá su punto de máxima tensión el próximo martes cuando finalice la operación de evacuación de miles de civiles y el remanente de soldados occidentales que sólo controlan el aeropuerto de Kabul.
Los talibanes, que aún no formaron gobierno pese a que anunciaron que lo harían apenas tomaron la capital del país hace dos semanas, ya advirtieron que no admitirán postergaciones al plazo del martes 31 de agosto para completar el tráfico aéreo de salvación de miles de personas. El terrible atentado del jueves fue más que un aviso, aunque adjudicado a una facción local de Estado Islámico.
En una declaración a la cadena británica Sky News, uno de los portavoces de los talibanes llamado Suhail Shaheen fue taxativo: “ Si Estados Unidos o el Reino Unido piden más tiempo para continuar con las evacuaciones, la respuesta es no. O habrá consecuencias”, dijo en tono desafiante y como una advertencia para la reunión de los líderes del Grupo de los Siete (G7), (integrado por Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Francia, Italia, Japón y Canadá) que se reunieron entre el martes y el jueves pasados en Biarritz, Francia, para intentar resolver la complicada situación afgana.
La desordenada y fuera de tiempo retirada de Afganistán por parte de Estados Unidos y algunos de los 29 países que integran la Otán va más allá de la catastrófica situación humanitaria de ese país asiático. Implica también un reordenamiento geopolítico de la región que también impactará en el siempre frágil Medio Oriente, donde coexisten distintos intereses políticos, religiosos y de poder que lejos de aplacarse se vigorizarán ahora con el control de Afganistán de unos 70 mil fanáticos islámicos que seguramente proclamarán un califato de estilo medieval.
Sin embargo y pese a sus estructuras rígidas y anacrónicas, los talibanes han demostrado tener un buen manejo político en favor de sus intereses. Mientras negociaban primero con Trump y después con Biden la retirada de las fuerzas de ocupación, ganaban terreno en el interior del país, que cayó como un castillo de naipes hasta la entrada en Kabul, donde no se disparó casi un solo tiro. Ahora, ya con el control total del país, salvo alguna pequeña zona rebelde, los talibanes esperan que a fin de mes se vaya el último soldado y los afganos que puedan escapar a su control para verdaderamente implementar la política interna que ya han anunciado: la vida civil dentro de las estrictas leyes islámicas que, sobre todo, arrasan con los derechos de las niñas y mujeres a las que cosifican y degradan a rangos subhumanos. En el orden estrictamente político habrá que ver si Afganistán se convierte otra vez en una base para distintos grupos terroristas como lo fue en la década del 90 o se mantiene al margen para que esta vez los talibanes puedan permanecer en el poder un tiempo más extenso y casi vitalicio si es que no aparece otra fuerza militar que los derroque. El voto popular no cuenta por la inexistencia de una cultura democrática.
El ex primer ministro laborista inglés Tony Blair mantiene una mirada muy crítica sobre la situación afgana. En la página web del “Institute for Global Change” (www.institute.global) que dirige publicó un artículo (se recomienda su lectura) sobre la actual situación política internacional.
Blair, en funciones en el 10 de Downing Street cuando en 2001 se produjo la invasión, cree que el “abandono de Afganistán y su pueblo es trágico, peligroso, innecesario y no sirve ni a sus intereses ni a los nuestros”. Y fue muy enfático sobre este proceso: “El mundo ahora no está seguro de dónde se encuentra Occidente porque es tan obvio que la decisión de retirarse de esta manera no fue impulsada por una gran estrategia sino por la política. No necesitábamos hacerlo –agregó– pero elegimos hacerlo obedeciendo a un lema político imbécil sobre el «fin de las guerras para siempre». Por eso, debemos evacuar y dar refugio a los afganos que nos ayudaron y tienen derecho a exigir que los apoyemos porque tenemos la obligación moral por un profundo sentido de humanidad y responsabilidad”.
También Ryan C. Croker, embajador estadounidense en Afganistán durante la presidencia de Barack Obama, fue muy crítico sobre la decisión de su correligionario Joe Biden. En una nota que publicó en The New York Times y que tituló: “Por qué la falta de paciencia de la estrategia de Biden condujo al desastre”, explica su punto de vista. “A medida que se percibe la enormidad de los acontecimientos –puntualiza– nos preguntamos cómo pasó esto, cómo no haberlo previsto, por qué los militares afganos no lucharon y no hicimos nada contra la corrupción. La respuesta es nuestra falta de paciencia estratégica en momentos críticos que ha dañado nuestras alianzas, envalentonado a nuestros adversarios y aumentado el riesgo de nuestra propia seguridad, además de burlado veinte años de trabajo y sacrificio”.
Tanto el ex primer ministro inglés como el ex embajador norteamericano en Afganistán antes citados distan mucho del pensamiento de lo peor de la derecha norteamericana que encarna Donald Trump o los antieuropeístas xenófobos y neofascistas que pululan por el Viejo Continente. Siempre, ambos, han mantenido posiciones moderadas pero hoy se sorprenden por la situación futura, no sólo interna de Afganistán y el respeto por las libertades de las mujeres, sino por el cimbronazo que produjo en materia de política internacional.
Una de las inquietudes es la relación de los talibanes con los grupos en Paquistán que los apoyan. Kabul e Islamabad, la capital paquistaní, están separadas por menos de 500 kilómetros. Los talibanes nacieron políticamente en el norte de Paquistán, donde tienen mucho predicamento. Esa relación con su vecino, también musulmán, es la que siempre ha puesto en alerta a la región porque Paquistán posee armamento nuclear. Es un panorama complejo, con final abierto, en un mar de incertidumbre.