"El domingo me hicieron el hisopado. Y el miércoles me dieron el resultado: negativo". Mariano Basavilbaso habla desde un barrio de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Hasta esta semana estuvo aislado en un hotel tras haber sido repatriado desde Perú. Aunque vive en Rosario, dice que por ahora se quedará en la capital argentina hasta ver cómo evoluciona la crisis del coronavirus y el aislamiento social obligatorio. "Lo peor ya lo viví, así que ahora no estoy apurado por volver", se sincera.
Basavilbaso es de Villa Cañás, pero como muchos jóvenes de los pueblos y ciudades de la región, a los 17 años se mudó a Rosario para estudiar. Es fotógrafo y aventurero: le gusta viajar, sobre todo al norte de Argentina, Bolivia y Perú. Dice que le agrada ir allí porque son lugares con una cultura muy diferente a la que impera en la pampa y sobre todo en las grandes ciudades argentinas.
Partió de Rosario un día después de la Navidad de 2019. Se subió a un colectivo y se fue a Bolivia. Estuvo en La Paz, en El Alto y en las jungas de Coripata. Un mes después viajó al norte de la provincia de Jujuy para la época de los carnavales. Estuvo en Santa Catalina, en la puna jujeña, y a mediados de febrero recibió el mensaje de una amiga que estaba en Cusco. Así que decidió ir allí. Fueron 48 horas de viaje, de subirse a un colectivo, bajar y tomarse otro, y así. Llegó a la ciudad peruana el 19 de febrero y allí se quedó. Hasta ese momento todo el recorrido desde que salió de Rosario el 26 de diciembre lo había hecho solo.
Los primeros días de la pandemia pasaron desapercibidos, pero después la situación se complicó. El gobierno de Perú tomó medidas extremas y fue especialmente estricto con los extranjeros. Había toque de queda, a veces desde las 5 de la tarde y otras desde más tarde, y a medida que los contagios del Covid-19 comenzaron a multiplicarse las medidas se endurecieron: los hombres sólo podían salir a comprar provisiones o medicamentos los lunes miércoles y viernes, y las mujeres los martes, jueves y sábados. Los domingos no salía nadie.
El regreso
Los días pasaron y Basavilbaso seguía en Cusco, hasta que la situación se complicó mucho más de lo previsto y hubo que pensar en el regreso. Comenzaron los contactos con la embajada argentina en Perú, ya que para entonces, mediados de abril, no había más vuelos comerciales y era muy difícil encontrar un medio de transporte para volver al país. Pero esos contactos se empantanaban por la burocracia: "Teníamos que llenar como 15 formularios y siempre aparecía otro. Nunca terminábamos de estar al día y siempre nos pedían algún dato nuevo", cuenta desde Buenos Aires. Los días pasaban y el retorno parecía cada vez más complejo.
"Teníamos que llegar como 15 formularios de la embajada y siempre aparecía otro" Fueron tres chicas argentinas, una de Rosario y dos de Buenos Aires, las que asumieron el rol de agilizar por su cuenta los trámites. "Ellas estaban varadas como yo y otros 146 argentinos. Se pusieron las pilas y organizaron todo", cuenta el santafesino. Finalmente, el 19 de abril se fijó como fecha para el vuelo. El regreso a casa parecía estar más cerca.
Después de esperar tres horas bajo el rayo del sol afuera de la estación aérea, ese día los 147 argentinos se subieron a un vuelo de la compañía aérea Latam. La máquina decoló del aeropuerto de Cusco, hizo escala en Iquique (Chile) para reaprovisionarse de combustible y aterrizó finalmente en Ezeiza. Un dato no menor es que el costo de los pasajes lo asumió la Cancillería argentina y que los pasajeros no pagaron nada. Pero el viaje, para Basavilbaso, todavía no terminaba.
A todos los que regresaban del extranjero en esa fecha el gobierno de la Ciudad Autónoma los aislaba en hoteles porteños. Así que a uno de esos establecimientos fue a parar el fotógrafo, en la zona de Retiro. "Teníamos que estar aislados entre 5 y 14 días, así que me preparé para eso", recuerda. Tuvo suerte porque la espera no fue tan larga: el domingo 26 le tomaron las muestras de hisopado de garganta y nariz y tres días después le informaron que no era portador del virus. "Ninguno de los 147 que vinimos de Cusco en ese vuelo estamos contagiados", cuenta.
Cuando el análisis le dio negativo, las autoridades sanitarias le proveyeron guantes y tapaboca. Ahora son días más tranquilos. Aunque no oculta una serena alegría por estar sano, sabe que la situación sanitaria es difícil y por eso prefiere quedarse en Buenos Aires por algún tiempo. "Voy a esperar a que todo se tranquilice un poco y después veré. No tengo apuro, veremos cómo evoluciona esta crisis", afirma desde la casa de uno amigo en Villa Urquiza. Después sí, será momento de regresar a Rosario.