Cientos de crucecitas blancas cubren el inmenso campo ubicado en la zona oeste del cementerio La Piedad, cerca del crematorio. Aquí y allá se observan algunas flores, más frescas o más marchitas. Algunos lo llaman “el barrio de los pobres”. Son solares en su mayoría gratuitos, donde se sepulta a los muertos de los barrios populares de Rosario. Directo en la tierra, muchos incluso sin nombre. Allí, un grupo interreligioso se dio cita este lunes al mediodía para alertar sobre el crecimiento de la violencia en los barrios periféricos y pedir que la sociedad entera se involucre en la búsqueda de una solución.
Débora está sentada en un banco de piedra y acuna a su bebé, que intenta dormirse bajo el tímido sol del mediodía. El viento apenas le mueve el flequillo. Debajo del pelo oculta una mirada triste. Hace un mes mataron a su marido en un tiroteo en Villa Manuelita. El cuerpo aún está en el depósito del cementerio, a la espera de ser ubicado en los solares gratuitos. En la necrópolis admiten algo de demora en los trámites. El desborde no solo se explica por las víctimas de hechos violentos, que son muchas, al menos una cada día. A ellos se suman los fallecidos por Covid.
“Fue un ajuste de cuentas. Pasa siempre, quieren balear a uno y terminan baleando a todos los que están cerca. Después averiguan recién quiénes eran. No hay diálogo”, lamenta María Elena, misionera mexicana que hace tres años trabaja en Rosario. Está a cargo del centro de niñez y vida, donde asisten los cinco hijos de Débora. “Trabajamos para prevenir, para que los chicos no entren en el consumo de drogas, que lleva a la violencia. En la pandemia se triplicó el consumo y en situaciones violentas murieron unos 15 chicos”, estima.
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Un grupo interreligioso hizo una ceremonia para alertar sobre el crecimiento de la violencia en barrios periféricos.
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Foto: Sebastián Suarez Meccia / La Capital
“Los chicos no tienen un horizonte. Con las escuelas cerradas, sin la posibilidad de jugar al fútbol no ven otra opción que delinquir. Consumir y delinquir, que es lo mismo”, sostiene. “Cada vez se meten antes en la droga, si antes era a los 13 años, ahora es a los 8”, remarca. A la hora de hablar de cuánto inciden las políticas públicas, elige para responder un refrán: “Se barniza la caja pero no se la abre para ver qué tiene dentro”.
En la pequeña ceremonia que se desarrolla al costado del solar 65 hay gente de Las Flores, Tablada, Moderno, Santa Lucía, San Martín Sur, La Lata y Ludueña, entre otros barrios. En ese espacio de duelo colectivo -porque los muertos de un barrio son los muertos de todos- arman con flores un corazón sobre el pasto. "La gente está adormecida”, remarcan algunos asistentes en diálogo con La Capital. “Estaba todo complicado pero con la pandemia se puso peor", coinciden. “Los dirigentes muchas veces no toman dimensión de lo que está ocurriendo”, critican.
El padre Claudio Castricone, que coordina la Pastoral de los Barrios Populares con presencia en 12 barrios populares de la ciudad, es quien lidera el acto junto al imán Walter Calleri, representante de la mesa interreligiosa de la UNR.
Un documento elaborado por la pastoral y difundido este lunes alerta sobre “la creciente violencia instalada en nuestras calles en los últimos años”. Sostiene: “No son solo noticias, sino rostros concretos de hermanos, hijos, vecinos y amigos. Para sus familias ya no existe ninguna esperanza de justicia: la venganza o resignación resultan sus únicas alternativas. El Estado se muestra incapaz de dirimir muchos de los conflictos y el vecino se encuentra solo”. El pedido es concreto: “Que la sangre de nuestros hermanos no siga derramándose”.
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Cientos de crucecitas blancas cubren el inmenso campo ubicado en la zona oeste del cementerio La Piedad, cerca del crematorio.
Foto: Sebastián Suarez Meccia / La Capital
“Queremos visibilizar nuestra preocupación ante el avance de la violencia y las drogas. La violencia se está llevando a muchos jóvenes”, explica el coordinador de la Pastoral Social de la Drogadependencia, Fabián Belay, que trabaja en villa La Lata. “No es solo responsabilidad del Estado, es responsabilidad de todos unirnos para dar una pelea contra este horizonte cada vez más complicado”, remarca. A su lado, el padre Marcelo Ciavatti, de Santa Lucía, estima que “en tres meses se murieron diez jóvenes de menos de 30 años, muchos con hijos”.
Dos mujeres forman parte de la ceremonia luciendo remeras de la pastoral penitenciaria. En sus rostros usan tapabocas con la imagen de la virgen. Se llaman Isabel y Mirta. Cuentan que hace 24 años que trabajan tras las rejas. “Conocí en la cárcel a mucha gente pesada, chicos que después se hicieron famosos. Pero cuando los conocimos ellos tenían ilusiones, no nacieron delincuentes, nadie nace delincuente", insiste. "De esto no salimos de manera individual, nos tenemos juntar para poder hacer cosas en los barrios, sea la iglesia o alguien más, ofrecerles a los chicos sentido de pertenencia, que sepan que no están solos. De esta salimos juntos o no salimos”, remata.