La convivencia entre las vías del ferrocarril y las familias que asentaron sus precarias
viviendas a lo largo de los ramales no beneficia a nadie. Se trata de una realidad que se volvió a
desnudar esta semana: Rosario tiene 15 asentamientos irregulares que están a la vera del tendido
férreo en actividad por donde circulan a diario formaciones tanto de carga como de pasajeros. El
asalto en apenas 48 horas a dos convoyes de la empresa Nuevo Central Argentino (NCA) y un tercero
de América Latina Logística (ALL) que viajaban en la zona sur mostró no sólo la existencia de un
circuito de compra y venta del cereal robado, sino además una realidad de pobreza y de riesgo
constante para quienes habitan a apenas unos metros del lugar por donde pasa el tren.
Los especialistas afirman que la coexistencia de viviendas y trenes es
técnicamente reprobable e insegura; y los vecinos dicen que las ratas, la basura, las vibraciones,
el ruido y el miedo a que el tren se vaya encima de las casas es “un castigo”.
Uno de los últimos relevamientos de los asentamientos irregulares de la
ciudad fue realizado en 2005 por la Secretaría de Planeamiento de la Municipalidad a partir de
fotografías satelitales. Ahí se determinó que de las más de 90 villas que tiene la ciudad, 15 están
pegadas al ferrocarril (ver infografía).
De acuerdo a un informe realizado en 2008 por el Instituto de
Investigaciones Económicas de la Facultad de Ciencias Económicas y Estadística de la Universidad
Nacional de Rosario (UNR), Rosario contaba en 2005 con más de 90 asentamientos irregulares que
ocupaban más de 3,5 millones de metros cuadrados. Eso no sólo representaba el 2 por ciento de la
superficie de la ciudad, sino además el 15 por ciento de su población.
De hecho, entre 1996 y 2005, la superficie ocupada por villas aumentó
más de un 20 por ciento; y en cantidad de viviendas y de personas que habitan en esos asentamientos
el crecimiento fue del 30 por ciento.
Imposible. Para los conocedores del funcionamiento del ferrocarril, la convivencia entre las
precarias viviendas y el paso del tren es “técnica y definitivamente imposible”. Así lo
manifestó Angel Ferrer, integrante de la Asociación Amigos del Riel de Rosario.
“Eso no pasa en ningún país del mundo donde el transporte
ferroviario está debidamente organizado”, aseguró, y detalló que “la presencia de las
casas casi sobre la vías primero representa un peligro inmenso para la vida de las personas que
están allí, pero además genera dificultades en la operatividad del tráfico porque las compañías que
operan pierden el control de esos terrenos”.
Los propios voceros de la empresa NCA señalaron que así como las rutas
tienen banquinas, las vías del ferrocarril deberían respetar la llamada “zona de vía”,
que es un mínimo de 12 metros de terrenos libres a cada lado del trayecto. Está claro que eso no
sucede y acrecienta la cantidad de accidentes que van desde descarrilamientos hasta personas
atropelladas por el tren.
Vivir sobre la vía. Rubén Carranza es desde hace dos décadas presidente de la Vecinal Barrio La
Guardia, que está en Uriburu y España, a sólo tres cuadras del tendido donde ocurrieron los tres
atracos a los trenes esta semana. “Las numerosas familias que viven en las precarias
viviendas sobre el recorrido del tren suplican por una casa digna. Es lógico, nadie se merece pasar
sus días entre yuyales, basura y en un estado de peligro latente”, contó.
Alicia vive en el asentamiento de barrio Las Delicias y no lo desmiente.
Es mamá de cinco chicos y una de las personas que padece esta situación cotidianamente.
“Nuestro miedo es que el tren se nos caiga encima y nos aplaste a todos. Y acá la rata más
chica es de este tamaño (hace señas con las manos en paralelo). Las paredes se mueven, los chicos
no duermen y los tenemos que cagar a palos para que no se nos escapen a jugar en la vía”,
relató.
El sacerdote Edgardo Montaldo lleva 42 años viviendo en el empobrecido
barrio Ludueña, atravesado por el ex Ferrocarril Mitre. Si bien dice que desde hace muchos años la
fuerte presencia policial apaciguó los atracos a los trenes, los sucesos del barrio Las Delicias no
lo sorprendieron.
“Es paradójico, esta gente que ahora se hace con el cereal de los
vagones es la misma que trabajaba en los campos ricos del norte y que ahora vino desde esas
provincias a vivir a nuestros basurales”, dijo.
La religiosa María Jordán es un referente del barrio Toba de Empalme
Graneros desde hace 15 años. Recordó que cuando llegó a la zona lo llamaban directamente “el
basural”; y hace poco tiempo junto a la comunidad toba lo bautizaron “Madre de la
esperanza nam-qóm (de todos)”; un lugar donde según la monja conviven cada vez más
“tobas, criollos y paraguayos”.
El centro asistencial del barrio está a unas cuadras del ferrocarril.
Sin embargo, la mujer sabe qué significa vivir pegado a la vía y su definición sobre la situación
de estas familias es por demás de elocuente: “Es casi infrahumano. Una pobreza
continua”. l