Enclavado en lo que ahora es un lugar estratégico de Rosario, donde nace la
avenida Alberdi, el barrio Inglés mantiene su encanto como puede. En sólo dos manzanas irregulares
alberga dos grupos de viviendas, el Batten Cottage y el Morrison Building, que muestran un estado
de preservación más que heterogéneo: algunas casas se ven cuidadas y mantenidas (más allá de con
qué criterios), mientras otras sufrieron todo tipo de intervenciones o el deterioro que trae el
paso del tiempo. Pese a que sus callecitas con aires de suburbio inglés cautivan a turistas y
fotógrafos, el abandono se enseñorea inocultable.
Con sus problemas a cuestas, el barrio Inglés ya ronda 120 años. Fue levantado
para el personal del ferrocarril Central Argentino, por entonces británico, que más tarde, tras la
nacionalización de los trenes decretada por Perón, se transformó en la línea Mitre.
Incluye dos conjuntos habitacionales: uno es el Batten Cottage, destinado al
personal administrativo jerárquico; el otro, el Morrinson Building, a obreros especializados. Los
dos grupos ocupan manzanas irregulares, separadas entre sí y de los espacios verdes del entorno por
calles de tierra. No por casualidad, una de las quejas más reiteradas de los vecinos es por el
barro, que las vuelve intransitables cuando llueve.
El barrio está limitado por otras dos calles importantes: Central Argentino, que
lo separa de los terrenos del Alto Rosario, y avenida Alberdi al 100. Sobre esa última arteria las
viviendas quedan semiocultas por otras construcciones de la misma época y mismo estilo inglés, en
sus comienzos sedes del culto y la enseñanza.
En una de ellas fue fundado, el 24 de diciembre de 1889, el Central Argentine
Railway Club, primer nombre que recibió Rosario Central. Por eso hoy esa antigua línea de
edificación se ve pintada en gran parte de auriazul. En ella se suceden un primer bloque señalizado
por una placa que atestigua el nacimiento de Central, un segundo bloque identificado por un cartel
del Organismo Nacional de Bienes Ferroviarios (Onabe) y un tercero que ocupa el Centro de Jubilados
y Pensionados Nacionales Ferroviarios. La construcción del Onabe, muestra todos sus vidrios rotos y
una bella ventana desvencijada.
No todos lo ven igual. Basta caminar un rato por las tres o cuatro calles del
barrio para entender que la diversidad de estados de conservación de las casas se corresponde con
otra diversidad de estados de ánimo. Están quienes aman el vecindario, pero también los que lo
tildan de "villa" o "conventillo". Y esa disparidad se traduce en dificultad para encarar cualquier
empresa común.
Entre los "enamorados" se cuentan el jubilado ferroviario como jefe de Despacho
Oscar Rodríguez (70) y su esposa Graciela Farulla (64), propietarios de una de las viviendas más
cuidadas del Batten Cottage. La pareja asegura que, desde que entró a vivir en su casa, preservó
todo lo que pudo: las dos chimeneas, las aberturas (entre ellas, ventanas bow-window), los pisos
entablonados de madera de vagón. Otros elementos arquitectónicos, como la escalera, ya habían sido
modificados. Su único reclamo es muy atendible: piden árboles por la calle Central Argentino.
Las doce casas del Batten son de dos pisos, con un jardincito adelante y otro
atrás. No todas conservaron ni el formato de sus ventanas, ni las verjas del jardín. Algunas
construyeron garajes, modificaron las aberturas, cambiaron todos los pisos. Pero desde afuera, con
sus techos de chapa a varias aguas, sus desagües a la vista y sus galerías, mantienen el
inconfundible perfil inglés.
Según cuenta otra vecina con 28 años en el barrio, María Esther Rodríguez (66),
la mayoría paga una cuota al Onabe para convertirse en legítimo dueño de su casa. Por mes, unos 120
pesos. Igual se queja: dice que hay que ir a abonarla a Buenos Aires o hacer un giro, lo que suma
no menos de 40 pesos. Al municipio le reclama pavimento para las dos cuadras que quedaron de tierra
en el barrio.
En el Morrison Building el deterioro fue mayor, pero también se advierten
fuertes contrastes en el estado de conservación. Se trata de un gran bloque sobre dos plantas donde
se alinean 24 departamentos de planta baja y alta, a los que se accede a través de galerías
perimetrales de circulación.
Allí la visión del barrio es bastante menos romántica que desde los ojos del
Cottage. Un vecino que pidió reserva de su nombre no dejó de tildarlo de "villa miseria" y se quejó
con abundancia tanto de sus linderos como de la Municipalidad, a la que acusó de "hacer una sola
cosa: poner trabas si se quiere arreglar algo". El hombre se mostró indignado.
Más diplomática, María Luisa Cuvertier (54) admitió que el vecindario carece de
un sentido de "unidad" para encarar un proyecto en común o simplemente "tirar para el mismo lado".
También reclamó "al menos un mejorado" para que los pasajes no se inunden cuando llueve. Por suerte
últimamente llueve poco, no como en Londres.