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Se inició el juicio que podría aclarar la desaparición de Marita Verón

La joven tucumana tenía 23 años cuando fue raptada, hace 9, mientras iba al médico. Hay 13 imputados que llegan libres al juicio. Todos alegan inocencia y que son "víctimas".

Jueves 09 de Febrero de 2012

Tucumán - Enviado Especial.- Una chica que iba al ginecólogo. Un Duna blanco. Un culatazo. Así empezó hace casi ya diez años el caso que sacudió la indiferencia sobre la trata de mujeres. El caso que ayer finalmente llegó a juicio oral en la provincia de Tucumán.

Antes del caso Marita Verón, antes de la ley que hace tres años convirtió a la explotación de las mujeres en un delito federal, montar un prostíbulo, amenazar a las chicas, cobrarles multas insólitas para no pagarles, quitarles los documentos para que no se escapen, a veces secuestrarlas, pegarles a toda hora, empastillarlas para que duerman y darles cocaína para que se despierten era considerado una contravención, un delito menor, para peor, algo muy difícil de probar.

Sin embargo, ironías del sistema, los acusados de secuestrar y prostituir y tal vez matar a Marita Verón no serán juzgados por la ley que su martirio promovió. Son trece acusados de "privación ilegítima de la libertad y promoción de la prostitución", pero llegan al juicio oral libres y con la confianza del que sabe que en cualquier momento la acusación puede caerse por una chicana o un error procesal.

Otra ironía. Los que durante años se beneficiaron del encubrimiento de policías ciegos y jueces sordos que llegaban tarde a los allanamientos, son ahora los que dicen que la causa está mal instruida, que la prueba es pobre.

Por eso ayer las defensas de los 13 acusados, desde Domingo Andrada, el policía acusado de seleccionar mujeres por las calles tucumanas, hasta la familia Medina, regentes de los tres prostíbulos ruteros de La Rioja; desde los remiseros de Five Stars que secuestraron a Marita, hasta Daniela Milhein, la dueña de la casa donde todo indica que la mantuvieron drogada, todos, plantearon la nulidad del caso. Dicen que no hay pruebas, que son víctimas, todos, de una confusión.

Y ese puede ser el problema: hay pocas pruebas documentales porque la policía de Tucumán (gobierno de Julio Miranda) hizo todo mal de entrada: ignoraron la denuncia, alegaron que Marita se había ido con un otro tipo, plantaron pruebas falsas que hicieron perder un tiempo precioso. No hubo intercepciones telefónicas y las pruebas de ADN no estaban tan desarrolladas como hoy.

Las acusaciones están basadas en testimonios. Sobre todo en testimonios de chicas secuestradas en las redes de trata. Chicas aterrorizadas, rescatadas o escapadas de sus rufianes, a veces imprecisas en su relato. Pero esas voces, con todo, son las que permitieron reconstruir la que es hasta ahora la única versión razonable de lo que pasó con Marita Verón.

Eso es lo que se desprende del auto de elevación a juicio leído solemnemente ayer en la primera audiencia del juicio: voces, voces que rompieron el pacto de silencio. Gente del entorno de los Ale, célebre clan tucumano vinculado a la política y al fútbol (uno de ellos fue presidente de San Martín de Tucumán) dueños de la remisería Five Stars a la que pertenecía el famoso Duna blanco donde se la llevaron a Marita. Ellos hablaron y dijeron que Víctor Rivero y un cómplice secuestraron a Marita por pedido de María Jesús Rivero, dueña de la remisería y esposa de Rubén Ale. ¿Alcanzará para condenarlos? ¿Alguien dirá algo más en el juicio?

Hay otra voz importante que se escuchará en el proceso: la de una adolescente de 15 años a la que le ofrecieron ir a la casa de Daniela Milheim a cuidar niños y terminó secuestrada y casi arrastrada a los cabarets de Rio Gallegos. ¿Alcanzará para condenarla? Esta chica dice que vio a Marita Verón tonta de tanta pastilla en esa casa del barrio Yerba Buena, en las afueras de Tucumán.

Y está por último el testimonio fundamental de Andrea Da Rosa, otro caso increíble que por suerte terminó bien. Andrea fue secuestrada a los 15 años en Aristóbulo del Valle, Misiones, una tarde cualquiera, cuando iba a comprar pan. La subieron a un auto, atravesaron la Argentina y pasó ocho años esclavizada en La Rioja por los Medina. De día les tenía que limpiar la casa; de noche, acostarse con los clientes. Andrea vio cómo Liliana Medina una vez mató a una prostituta brasileña porque quería cobrar: la tiró de un segundo piso, la hizo desaparecer y nunca nadie preguntó por ella.

Andrea Da Rosa vio a Marita Verón y un día, mucho después, escapó para contarlo; vio cómo la tiñeron de rubio, vio como le pusieron lentes de contacto claros; la vio flaca triste, deprimida, hablando de su hija Micaela; vio cómo la hacían salir al salón con el mote de Lorena y vio cómo un día, los hijos de Liliana la subieron a un auto y se la llevaron.

Desde entonces no se sabe más nada de Marita Verón.

Entre esos trece acusados, apuesto, está la verdad sobre el destino de Marita: ¿la mataron? ¿la vendieron a sus amigos los rufianes de Rio Gallegos? ¿Luego alguien la sacó del país?

Nada se sabe, nadie habla y es difícil, muy difìcil, que se rompa ese pacto de silencio.

Pero a veces, sucede.

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