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"La inseguridad te deja huellas"; vacaciones truncadas en primera persona

Una familia rosarina fue asaltada mientras estaba de vacaciones en la playa Lagoinha del Norte, Florianópolis. Entre las víctimas estaba un periodista de La Capital, quien relata la violencia y la angustia generadas por el robo.

Domingo 30 de Diciembre de 2012

Elegimos Lagoinha por la tranquilidad que inspiraba. Asomaban unas vacaciones soñadas en una playa del extremo norte de la isla de Florianópolis, custodiadas por dos firmes puntas rocosas. La serena inflexión entre el mar abierto y el perfil continental. La contracara de la frivolidad que ofrece Praia Brava, su altanera vecina. Más de un kilómetro de arena, sencillez, agua clara, olas bajas y un inconfundible aire familiar. Una laguna escondida entre juncos. Un remanso para antiguos botes de madera y pescadores que tiran redes para vivir. Un deleite de la naturaleza adoptado por muchos argentinos como fuente de descanso e inspiración. Esa era nuestra idea.

Decidimos viajar en diciembre para adueñarnos antes que nadie del primer sorbo vacacional. Era una deuda familiar y queríamos festejar nuestro primer verano con nuestra pequeña hija de nueve meses con una belleza inmensa. Además, queríamos regalarle la complicidad de ese mar manso por unos días a nuestro hijo de siete años. Fantaseábamos con que él pudiese saltar las olas, bautizarlas, que aprenda a domarlas, a barrenar, a corajear y dejarse llevar, que pueda apropiarse de un escenario mágico y a su medida. Y en gran parte lo conseguimos durante ocho días que superaron nuestras expectativas.

Era miércoles, a las cinco de la tarde, y como el viernes ya nos teníamos que volver, decidimos ir a la playa a tomar unos mates, a pesar de las nubes que prometían alguna lluvia pasajera. Fueron sólo dos horas. Subimos el angosto camino de piedras hasta la casa que alquilábamos, como todos los días, y al ingresar, el nene bajó a las habitaciones, las vio desordenadas y corrió hasta nosotros para contarlo. Enseguida reparamos en que una ventana de la planta superior (donde estaba la parte pública que incluía el comedor y el estar) se encontraba abierta y con parte del marco forzada. Nos dimos cuenta que nos habían robado. Y no sabíamos si los asaltantes se habían ido de la casa. Alejé a mi mujer y los chicos a una zona más segura y sin pensarlo mucho fui a revisar todo. No había nadie. Ya se habían ido con todo el dinero que nos quedaba, tarjetas de crédito, alguna documentación, un celular, una computadora, el dvd portátil que usamos en los viajes, y como encontraron las llaves, también se llevaron el auto.

Fue un shock estremecedor. Empezamos a gritar para que algún vecino llame a la policía, nos agarrábamos la cabeza y corríamos sin sentido. Lo que más nos preocupó fue tratar de resguardar a los chicos de lo que se venía. Y lo que más nos perturbó, más allá de lo material, fueron las complicaciones que aparecieron para hallar la forma de regreso.

Rápidamente nos comunicamos con nuestra familia en Rosario, para ponerlos al tanto, anular las tarjetas, tratar de activar los seguros y para usarlos como principal puntal de acción ya que nos quedamos sin plata, muy lejos, con las lógicas dificultades que suma el idioma y con comunicación de escasa calidad ya que sólo nos quedó un celular (de mi mujer, el que teníamos en la playa) y no había señal en todas partes de la isla. Para colmo, no podíamos efectuar cargas a celulares argentinos desde locutorios brasileños y tampoco consultar saldos. Más angustia.

Angeles guardianes. Pasaron más de tres horas y la policía no apareció. Tuvimos que ir a la delegación de Canasvieiras para realizar la denuncia (indispensable para los seguros). Por suerte, una familia de Zárate, que alquilaba a unos metros, se acercó, nos ayudó y se transformó instantáneamente en uno de nuestros bastones fundamentales. Leandro, el padre de esa familia salvadora, hace más de 15 años que veranea en Brasil. No sólo colaboró con su mayor conocimiento del portugués, sino que durante los siguientes días, dejó sus vacaciones a un costado y me movilizó en su Zafira para armar el regreso. Un gesto que nunca olvidaremos, curiosamente de un hombre que una semana antes era un auténtico desconocido.

Esa misma noche apreció Antonio, otro de nuestros héroes ocasionales. Un brasilero, muy amigo del dueño de la casa que alquilábamos, que nos llenó de atenciones y nos ofreció otra vivienda, a cuatro cuadras en la misma Lagoinha. Mi familia no quería volver a dormir al lugar del robo así que aceptamos la propuesta, todavía más conmovidos por tanta generosidad.

Esa primera noche decidimos volver enseguida, pero antes debíamos pasar por el consulado argentino en Florianópolis, que se ubica detrás del céntrico shopping Beira Mar, para ver si conseguíamos alguna asistencia. Allí nos explicaron amablemente que no tienen herramientas para estos casos. No podían efectuar ayudas económicas, ni tampoco tenían canjes con empresas de transporte (aéreo o terrestre) para conseguir una rápida vuelta. "Sólo se colocan aviones cuando hay accidentes importantes y mucho muertos", nos explicaron como para calmarnos. Yo pensé irónicamente: "Parece que hay que morirse para que te ayuden".

Igual, nos prestaron el teléfono para combinar con nuestra familia en Rosario la vuelta en ómnibus. Mi hermana, otro eje vital de esta cruzada, me consiguió por internet cuatro pasajes en Flecha Bus para el sábado a la mañana y los pagó desde Rosario. Me ilusioné con que las cosas se empezaran a encaminar, pero no. Nada más lejos.

Cuando volvimos a Lagoinha, la policía había pasado y comunicó que había apareció el auto, tirado, del lado del continente, pero no dio más precisiones sobre su estado y dejó una dirección en la localidad de Palhoca para retirarlo. Tuvimos que suspender los pasajes en micro y allí perdimos un tercio de lo abonado, sin haberlo utilizado. Más plata perdida, más problemas.

En el viaje de vuelta nuestro hijo nos llenó de interrogantes con su inocencia. Preferimos dejar lo que nos pasó de lado y engrandecer las figuras de Leandro, Antonio y Héctor como ejemplos de nobleza en un momento de necesidad. Y también ponderar la enorme entereza de nuestras familias y una gran cantidad de amigos desde Rosario que estuvieron atentos cada minuto de nuestra situación. Todos ellos fueron nuestro verdadero soporte y nos marcaron el rumbo de regreso.

La inseguridad. Un fantasma que merodea, siempre cerca, y que tarde o temprano te atrapa, te atraviesa o te lastima. Un mal general, que impregna un dolor muy particular. Una infección social que no sabe de idiomas y que supera cualquier límite hasta arrojarte a la inquietante sensación de desprotección.

Fuimos a buscar tranquilidad y la perdimos. Desde el robo que sufrimos, el nene ya no duerme en su cama. El fantasma dejó su huella.

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