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Golosinas retro: las 10 favoritas de los adultos argentinos

Martes 31 de Agosto de 2010

Hay golosinas que parecen haber estado en los quioscos desde que el mundo fue creado. ¿O alguna vez viste un quiosco que no tuviera una Rhodesia, un Cabsha o un paquete de DRF? Los dulces que marcaron nuestra infancia siguen vigentes en nuestra adultez. Estos son 10 de los hay que probar para viajar un rato en el tiempo.


1. Cabsha
¿Qué importa pegotearse los dedos abriendo el embadurnado doblez de papel metalizado? ¿Cuánto más importa que la dichosa golosina dure lo que un bocado, a lo sumo dos? Los instantes en que trituramos ese tierno bizcocho, mientras el dulce de leche, apenas rociado de licor, se derrama por las papilas gustativas, provocan un placer exultante. Y perdurable. Para muchos, fue el primer “touch licoroso” de sus vidas.

2. Chiclets Adams
Ya sea en su cajita de doce unidades, o en las pequeñas de dos, lo irresistible de Chiclet’s Adams era sacudirlos y sentir las coberturas acarameladas golpeteando cual bolas de billar. Masticarlos sin ese paso previo era una picardía. Un dato: Thomas Adams, fundador de la empresa, fue el primero en comercializar chicles allá por 1870, y en 1888 inventó la primera máquina de expendio automático. Actualmente, la marca es comercializada por Cadbury.

3. Alfajor Jorgito
Ya lo dice el lema: es “el nombre del alfajor”. Y en el año de su cincuentenario, la fórmula sigue siendo (aunque el paladar no tenga memoria exacta) inalterable. Los clásicos son los de chocolate, con una cobertura especialmente generosa en los bordes; pero la alternativa del de dulce de leche, con deliciosas placas de azúcar impalpable que se desploman al abrir el paquete, permanece única e inigualable.

4. Chocolatín Jack
Gran parte de la cultura pop más naif pasó oculta cual polizonte por estos mini cajoncitos de chocolate: de los titanes de Martín Karadagián a la familia Simpson, de Súper Hijitus a los súper héroes de Marvel y DC. El chocolate sería lo anecdótico. De chico, se los compraba por sus “muñequitos”; de grande, por esos deliciosos, si bien escasos, bordes de chocolate con leche.

5. Mantecol
Entre duro y blando, postre y turrón, dulce y grasoso. Empezó como golosina y llegó a ser torta. Pero lo más peculiar del Mantecol es que se trata de una golosina 100% nacional. La inventó un tal Miguel Georgalos, de procedencia griega y dueño de la famosa compañía que lleva su nombre; de hecho, Mantecol está inspirado en algunas recetas griegas. A sesenta años desde su aparición en los quioscos, sigue siendo una de las golosinas con mayor personalidad en la vitrina.

6. Galletitas Manón
Un clásico escolar. Entre las Manón y las Lincoln se disputaba la merienda de los recreos. Aunque muchos admiten que era una galletita aburrida, tenía un suave sabor a leche, y por eso se la usa en la elaboración de tortas caseras. Además, son el ingrediente principal de la Tita.

7. Tita y Rhodesia
Imposible imaginarlas por separado. Tita y Rhodesia son un clásico que ha divido familias. La Tita, con relleno esencia a limón y bañada en chocolate, un tanto dura, versus la Rhodesia, con esa crocante oblea que tras ser mordida derrapaba todo el chocolate, obligando luego a pasar la lengua por el envoltorio. Con el tiempo, ambas se convirtieron en clásicas y crecieron juntas hasta el día de hoy, que siguen vendiendo, aunque con un desafortunado cambio de packaging: se reemplazó el clásico papel metalizado por un desalmado celofán plástico.

8. Bananita Dolca
Es un bombón aflautado. No, es un Snickers abananado. No señores, es una Bananita Dolca, y hasta donde pudimos averiguarlo ni en los Estados Unidos ni en Europa se consigue. Hace poco trascendió que la misteriosa masa amarilla, por la que tantos mueren de amor, es tan sólo vulgar fondant de pastelería, y por ende circulan profanas recetas para prepararla. Todo esfuerzo será fútil. La verdadera fórmula permanece oculta y habrá que seguir recurriendo al quiosco para degustarla.

9. Biznikke Nevado
Imaginar una galletita recubierta de chocolate, incluso en proporciones generosas, no auspicia demasiada satisfacción. Sin embargo, algo en esa fórmula hace del Biznikke una golosina única en su clase. Quizá sea por el tornasolado blanquinegro (el “nevado”) de la cobertura; pero a medida que los bocados avanzan, el placer de sentir cómo la galletita se disuelve en chocolate se hace más intenso. Llegando al final, a diferencia de sus congéneres, sacia. No pide repetición.

10. Pastillas D.R.F.
En el país siempre hubo abundancia de buenos caramelos, desde los confites Sugus hasta los corazoncitos Dorin’s, o los controvertidos 1/2 Hora, cuyo extremo anetol dividía al público más que los alfajores Capitán del Espacio. Pero por alguna razón (su anís dulzón, la facilidad con que el paquete se introduce en cualquier rincón de la ropa), las pastillas D.R.F. llegaron más cerca del alma del consumidor. Desde aquí, nuestro homenaje a Don Darío Rodríguez Fuente.


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