Una bajada en rafting por el caudaloso río Jáchal, a 200 kilómetros de la ciudad
de San Juan, se transforma en una experiencia única con el derroche de adrenalina que conlleva ese
tipo de navegación, a lo que se suma el magnífico paisaje que rodea las márgenes del curso de
agua.
La travesía se inicia en la villa turística Rodeo, cabecera
del departamento sanjuanino Iglesia, y en el trayecto de 10 kilómetros por la vera del río Jáchal
los visitantes pasan por el dique Cuesta del Viento.
Así se llega hasta el punto en el que se inicia la aventura
fluvial, un sitio en el que el cauce ofrece excelentes condiciones para la práctica del
rafting.
La bajada empieza tranquila, con un grado de dificultad que
los expertos califican como "más 2", pero a medida que se navega por caudalosas aguas del Jáchal el
grado de dificultad aumenta a "más 3", mientras que sube la expectativa y a veces el miedo de los
noveles navegantes.
Es el primer disfrute con el vértigo que produce esa
categoría, la máxima permitida para los principiantes.
En ese trayecto se destaca el paraje Templos del Viento,
donde se evidencia cómo el paso del tiempo esculpió las rocas que el Jáchal atraviesa, formando un
cauce turbulento que los "rafters" atraviesan con no poco trabajo.
Se hace difícil describir la fabulosa garganta por la que
luego discurre el Jáchal.
Entre rápidos, un estrecho cañón de apenas 6 metros de
ancho, curvas y contracurvas, y paredones de 25 metros de altura, el río muestra cuán bravo puede
resultar. Pero a poco de pasar por el estrecho paso, las aguas se aquietan y los turistas pueden
observar el monumental paisaje que los rodea.
Esa sensación de paz no dura, porque la adrenalina regresa
con fuerza y cualquier maniobra incorrecta puede redundar en un percance, que puede resultar de una
caída al agua o un golpe en el interior del gomón.
En una de las travesías, Oscar, un turista que se había
situado en la parte delantera de la balsa, no alcanzó a concretar bien una maniobra indicada por el
instructor y la embarcación golpeó contra una roca. Tanto él como sus dos hijos fueron impulsados
violentamente hacia el interior del gomón.
El episodio disparó el espíritu aventurero de los "rafters"
a pesar de estar seguros con sus cascos y los chalecos salvavidas de corcho, que amortiguan en
parte los golpes.
Ante cualquier contingencia los remos se levantan para
permitir que el curso de agua "acomode" al gomón, para inmediatamente después recuperar el gobierno
de la embarcación.
"Hay dos tipos de bajada, una completa de 11 kilómetros, que dura casi 2
horas, y otra más corta y menos dificultosa de 7 kilómetros", explicó Julio Gómez, de la operadora
sanjuanina encargada de organizar las excursiones de rafting. l (Télam)