Nueva York- Delante, Spiderman salta de un techo a otro; en los brazos se
acurruca la primera novia, y encima se extiende el cielo estrellado: no hay nada mejor que el
autocine. Desde hace tres generaciones la experiencia de ver películas en el propio coche fascina a
los fans del cine, a las familias y los jóvenes enamorados. La invención del estadounidense Richard
Milton Hollingshead cumplirá pasado mañana 75 años y aún se mantiene como institución para
alegría de muchos nostálgicos.
Con el slogan “cada quien en su propio palco”, Hollingshead hizo
publicidad para su primer autocine, que inauguró en 1933 en Camden (estado de Nueva Jersey). Hijo
de un fabricante de líquidos limpiadores para coches, la leyenda dice que sólo pretendía aumentar
el número de ventas de su padre.
Para ello experimentó durante un tiempo hasta que llegó a la brillante idea de
montar rampas sobre las que los automóviles podían subir para tener una buena vista de la pantalla.
El sonido salía al principio sólo de los dos altoparlantes a ambos lados de la pantalla, y luego de
altavoces que se colgaban directamente en la puerta de los coches. Hoy en día se capta a través de
la propia radio del coche.
La idea de Hollingshead, el “Drive-In”, se extendió al principio
lentamente por Estados Unidos, pero después de manera arrasadora. A mediados de los años 50 había
ya 4.000 autocines, muchos de ellos en las zonas rurales. Al fin y al cabo, la diversión sólo
costaba 25 centavos por persona, es decir máximo un dólar para todos los ocupantes.
Fue una solución para muchas familias numerosas que no podían comprar las
entradas para el cine, y hasta el bebé o el perro podían ir también en el asiento trasero. Pero
además se volvió un punto de atracción para las jóvenes parejas.
En la “Lover's Lane”, la última fila, donde la película era de
cualquier manera secundaria, había arrumacos y más.
Los Beach Boys le dedicaron en 1964 una de sus canciones: “Forget about
the plot, it'll do very well/But make sure you see enough so you're prepared to tell/About the
Drive-In! (Olvídate de la trama, que de todos modos estará bueno/Pero ocúpate de ver lo suficiente,
para poder contarlo después/Sobre el Drive-In)
Con humor se suele bromear acerca de que uno de cada cuatro estadounidenses de
esa generación fue concebido en el ”Drive-In“.
El autocine sólo podría haber surgido en Estados Unidos. Se adapta al
”American Way of Life“: rápido, fácil, barato y sobre todo con el propio coche. Esa es
la mayor libertad. Lo que comenzó con el cine siguió con las cadenas de comida rápida, los cajeros
automáticos y los cementerios.
En el autocine uno está en un lugar público pero a la vez privado como en su
propio living. Se puede fumar, comer sándwiches con ajo, hablar por teléfono en mitad de la
película y los pelos de perro en el asiento de al lado no molestan a nadie. Y además se llega
rápido de vuelta a casa, a menos que haya embotellamientos a la salida del autocine.
Con la llegada del video en los años 80, que sumió a los cines convencionales en
la crisis, también fue la hora del declive de los autocines. Hoy en día quedan unos pocos, pero
firmes en su función de entretenimiento. (DPA)