Un reciente libro, compilado y editado por el rosarino Reynaldo Sietecase, hace foco en los dilemas que acosan hoy a quienes ejercen el oficio periodístico. En Periodismo. Instrucciones de uso, que reúne textos de nombres consagrados como Leila Guerriero, Martín Caparrós, Cristian Alarcón, Graciela Mochkofsky y Ezequiel Fernández Moores, entre otros, se proponen como punto de partida preguntas inquietantes: ¿cómo contar una noticia de manera atractiva y que se destaque entre el aluvión de información que se genera en la era digital?; ¿se puede hacer una buena investigación sin importar a quién afecte en un medio comercial?; ¿es posible introducir variantes radicales y creativas en la narración de noticias y crónicas?; ¿cómo lograr que la publicidad privada u oficial no funcione como condicionante?; ¿se puede desafiar a las audiencias en lugar de intentar complacerlas?; ¿puede sobrevivir el periodismo de calidad en el tiempo de los freelancers?; ¿cómo buscar caminos nuevos e independientes?
Como se verá, el desafío de contestarlas es arduo y a semejante tarea se dedicaron los desdichados autores. Quien firma este texto admite que no los envidia: no debe haber sido sencillo el trabajo. Pero el fruto que quedó es ciertamente apetecible: provocativos y lúcidos, la mayoría de los miniensayos que integran el volumen editado por Prometeo ayudan a pensar una época en la que la misma existencia del periodismo parece encontrarse en duda.
Puesto en vilo, en efecto, por la vertiginosa deriva hacia la virtualidad, e inquieto por la súbita horizontalización de espacios que tradicionalmente eran jerárquicos, el cronista busca en la maraña signos que le permitan sostener las viejas banderas, es decir, adaptarse a los lenguajes que llegan sin dejar en el camino, hecha jirones, el alma. Escuchemos la voz de ese gran periodista (y no agrego el adjetivo “deportivo”, que parece encasillar su talento) llamado Ezequiel Fernández Moores: “A golpe de cierres de empresas, despidos y precarización, el que fuera un oficio que combinaba altas dosis de calificación intelectual, olfato político y bohemia, y ofrecía estabilidad e ingresos razonables, se convierte en una carrera de obstáculos darwinista que demanda nuevas capacidades de rebusque y adaptación ligera, aunque no garantiza la supervivencia ni siquiera a quienes logran desarrollarlas”. Es una descripción tan dura como certera. Y lo que más preocupa es que la pérdida de calidad que se percibe en los medios no provoca la reacción del público, que consume pasivamente —e incluso, con placer— el cóctel de liviandad, amarillismo y absoluta carencia de rigor que suele brindársele. El mismo Fernández Moores alude a otro de los factores que enturbian las aguas, que es el penoso posicionamiento político adoptado por medios poderosos, en obvio desmedro de la calidad de la información que reciben sus lectores: “Curioso —afirma, con inocultable ironía, nuestro periodista deportivo—: en tapa, el diario afirma que no hay libertad de prensa, pero esa misma tapa incluye cinco titulares y tres columnistas todos críticos hacia el gobierno”.
La caída de los medios tradicionales tiene también sus beneficiarios. Los grandes intermediarios, como Google y Facebook, se apropian de los contenidos que no producen y se adueñan de la parte del león de la jugosa torta publicitaria. Naciones del llamado mundo desarrollado ya comienzan a poner coto a semejante abuso, como Australia y Francia. En la Argentina, cuyo Estado no posee similar poder, no será tan sencillo ponerle el cascabel al gato.
Como ocurre habitualmente, el nudo podría y debería empezar a desatarse desde la política porque “...el derecho a información pertinente, comprobada y veraz es un derecho humano que no debería depender del poder adquisitivo de los ciudadanos”, según recuerda oportunamente, en el libro que comentamos, Noelia Barral Grigera. Las urgencias, sin embargo, son otras, sobre todo en estos oscuros tiempos de pandemia.
Cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, en 1949,el gran novelista estadounidense William Faulkner lanzó una frase que aún resuena: “Me niego a aceptar el fin del hombre”, dijo el narrador que escribió varias de las mejores obras en prosa del siglo veinte. Robando impunemente la idea, me niego a creer en el fin del periodismo. En las redacciones, pese al avance de la frivolidad y la triste pasión por los “clics”, todavía vive el espíritu indomable de quienes se apoderan de las palabras para informar con exactitud, contar con pasión o explicar con lucidez, y así conmover al lector, sacarlo de la pasividad y la indiferencia. Franz Kafka decía que un libro debía ser “el cuchillo que rompa el mar helado que llevamos dentro”. Así, también, tiene que ser el periodismo. Nadie renuncia. Aquí estamos.