Washington.- Las esperanzas de reelección en 2012 del presidente de EEUU, Barack Obama, están en manos de los empresarios de su país, ya que el sector privado tiene la llave para revivir la mayor economía del mundo y su debilitado mercado de trabajo. En ese contexto, no sorprende que el mandatario se haya embarcado en una misión para reparar su relación ahora fracturada con la comunidad de negocios del país. Con las arcas del gobierno vacías, es tarea del sector privado ayudar a que los estadounidenses vuelvan a tener empleo.
El nuevo tono se percibió durante el discurso sobre el Estado de la Nación pronunciado el martes por el presidente. No hubo dedos acusadores contra Wall Street como había ocurrido tras la crisis financiera de 2008, y en su lugar Obama se centró en la necesidad de mantener la competitividad del país en un mercado global muy exigente.
"Tenemos que superar al resto del mundo en innovación, educación y formación", dijo Obama en su discurso anual ante el Congreso. "Tenemos que hacer de EEUU el mejor lugar del mundo para hacer negocios", agregó.
Medidas concretas. El cambio de retórica sigue a una serie de medidas más sustanciales que buscaron ganarse el favor del sector privado en los dos últimos meses, comenzando con el nombramiento de personas más centristas entre su círculo de asesores.
El nuevo jefe de gabinete de la Casa Blanca, William Daley, y el principal asesor económico del presidente, Gene Sperling, tienen ambos estrechos lazos con la comunidad de negocios. Y el viernes Obama nombró al CEO de General Electric, Jeffrey Immelt, para encabezar un panel externo sobre empleo y competitividad. El mandatario llegó además a un compromiso con los republicanos para extender los recortes de impuestos aprobados en la era Bush y eliminó tasas a las empresas que vayan a hacer inversiones en 2011.
Estas medidas le granjearon elogios de la Cámara de Comercio Estadounidense, la mayor asociación de hombres de negocios del país, que en los últimos dos años se había enfrentado sistemáticamente con Obama.
Quedarse sin recursos. Aunque el giro al centro de Obama ha irritado a algunos de sus simpatizantes más de izquierda, hay muchas razones para este acercamiento al sector privado.
La principal de ellas es que la administración se ha quedado sin espacio fiscal para dar impulso a la economía mediante el gasto público. La deuda estadounidense ha superado los 1,4 billones de dólares y se acerca al 100 por ciento del rendimiento económico del país.
Por el contrario, las empresas tienen mucho efectivo porque han vuelto a las ganancias tras la recesión de 2008-09. A fines del año pasado las compañías contaban con casi 2 billones de dólares en capital, según la Reserva Federal. El problema es conseguir que lo gasten en crear trabajo. La tasa de desempleo sigue sin cambios por encima del 9 por ciento pese al crecimiento.
La renuencia a gastar se entiende porque el clima económico sigue difícil: las compañías no consiguen predecir cuándo aumentará la demanda de sus productos, porque muchos ciudadanos ya no compran a crédito y se han vuelto más ahorradores.
La analista Lynn Reaser cree que la retórica a veces populista de Obama en sus primeros dos años, en respuesta a la indignación pública que causaron los excesos de Wall Street que llevaron a la crisis, hizo que el presidente y su Partido Demócrata pasaran a ser vistos como “anti-empresas”.
El tono más suave del presidente en los últimos meses ha rebajado ahora las tensiones, y según algunas encuestas los inversores ven de forma menos negativa la actuación del gobierno. l (DPA)