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Volver al aula: una oportunidad para mamás de la Champagnat

La escuela incorporó una aula modalidad adulto pensando en aquellas madres que no pudieron terminar el secundario.

Viernes 30 de Abril de 2021

Para Marina, terminar el secundario significa concluir una etapa pero también cumplir con un requisito que le piden cada vez que se presenta a un trabajo. Para Sandra implica empezar todo de nuevo pero con otra edad y experiencia de la vida. Laura en cambio sabe que volver a estudiar es también una manera de incentivar a sus hijos y Margarita reconoce que no es fácil pero vale la pena intentarlo.

Un grupo de madres de alumnos y alumnas de la Escuela Nº 3.161 Marcelino Champagnat tienen a partir de este año la oportunidad de cursar el nivel secundario, una etapa que dejaron pendiente para criar a sus hijos y sostener la familia. Pensando en este contexto, la institución ubicada en la zona sudoeste de la ciudad —Rueda al 4500— decidió habilitar un aula modalidad adulto para aquellas mamás que tienen chicos cursando en la escuela, y responder así a una de las tantas necesidades que tiene el barrio y su comunidad.

“Durante el 2020 y ante una cotidianeidad afectada por la pandemia, la escuela observó que muchas madres que acompañaban a sus hijos e hijas en las tareas habían abandonado los estudios por maternidades tempranas. También que la mayoría de los comedores y obras con fines sociales son atendidos por ellas”, argumenta Fernando Acosta, director del nivel secundario de la escuela.

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Con el apoyo de la congregación marista y la aprobación del Ministerio de Educación de la provincia, la escuela para adultos abrió sus puertas en abril. La convocatoria se difundió a través de las maestras de nivel inicial que entrevistaban a las familias a principios de año. La propuesta despertó enseguida gran aceptación e interés de parte de las madres, en su mayoría de jardín y primaria.

“Sabíamos que muchas mamás no habían terminado el secundario, y que el acompañamiento de sus hijos a veces costaba. También teníamos la referencia que muchas habían cursado hasta octavo y noveno año del polimodal, y como en ese momento la escuela todavía no tenía secundario, no continuaron en otra institución fuera del barrio”, explica el director respecto de la decisión de comenzar con el cursado de segundo año. Veinte mujeres conforman el primer grupo y desde la semana pasada se incorporó otro curso, separados por burbujas con el fin de reducir posibles contagios del Covid.

Volver al aula: una oportunidad para mamás de la Champagnat

“Por el momento todas las clases son presenciales y actualmente se contempla cómo abordar la situación en caso de necesitar implementar una cursada virtual”. El director destaca que el desafío en este caso es muy grande debido a los problemas de acceso a internet que tiene el barrio La Boca, y que la comunicación por WhatsApp y el uso de fotocopias en papel son los recursos más valiosos.

“Además de la falta de conectividad, el soporte técnico es otro de los problemas que enfrentamos desde el año pasado con la pandemia. Los cuadernillos entregados desde Nación y provincia son estupendos pero no suficientes cuando no existe un acompañamiento y alguien que oriente la actividad”, apunta.

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Espacio de escucha

En el aula que llamaron “8 de marzo”, las madres tienen clases todos los días de 14 a 16, un horario que coincide con el cursado de sus hijos. La Capital presenció una de las actividades grupales que planteó la profesora de ciencias sociales Berenice Bruno, para expresar ideas y pensamientos, y luego escribirlos en un afiche. “La propuesta de esta clase es que sea un espacio no solamente donde se vengan a aprender contenidos sino también valores, a tener mayor confianza sobre una misma, y reivindicar determinados derechos. Es un espacio de escucha y de respeto a las compañeras, un lugar donde manifestar algunas situaciones de su vida”, dice la docente.

En su trabajo en el aula, la profesora percibe la necesidad y el deseo que tienen de terminar el secundario, “el placer de poder participar y compartir un momento donde todas reflexionamos sobre la situación de la realidad colectiva, individual y familiar”. Un espacio “donde surgen muy buenos trabajos y reflexiones, eso es lo más importante para poder generar un pensamiento libre y romper con determinadas estructuras que generan ciertos estigmas sobre las mujeres”.

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Pensar que se puede

Entre las mamás anotadas en la escuela, Margarita Moyano es una de las pocas que no tiene chicos en etapa escolar. La mujer de 47 años y madre de tres hijos mayores de edad, se enteró por su cuñada y no dudó en anotarse. “Dejé de estudiar en primer año cuando quedé embarazada de mi primer hijo porque en ese entonces tenía vergüenza de llevar mi panza a la escuela. Como era chica no podía verlo de otra manera, hoy por suerte todo cambió”, cuenta Margarita, quien además integra la Corriente Clasita y Combativa (CCC). En otro momento de su vida, también había decidido volver a estudiar, incluso comenzó a cursar en una Eempa de noche pero uno de sus hijos enfermó y debió postergar otra vez el estudio.

Este año volví a probar suerte para ver cómo me va, sé que está complicado pero hay que saber adaptarse porque uno resurge todos los días”, dice. Retomar los estudios le permitió también conocer a un grupo nuevo de compañeras y aprender de la historia de vida que tiene cada una. A Margarita le gusta hacer poemas y también leer, un hábito que trató de mantener para no perder el vínculo con la escuela. Sabe que obtener el título secundario le permitía pensar algún día en otro proyecto para su vida.

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Clases por la tarde

“Tener la oportunidad de aprender en un horario accesible y que no fuera de noche me permitió pensar que era posible”, asegura Laura Bargas, mamá de seis. Como su hija mayor tiene 24 años logró organizarse para dejar al menor a su cuidado y darle la teta antes de salir. Aunque se casó a los 16 años y debió postergar varias veces la escuela para criar a sus hijos, cursó hasta primer año del polimodal y se capacitó para hacer trabajos de tapicería desde su casa, una actividad que en pandemia debió postergar.

Mis hijos están chochos de que ‘mamá venga a la escuela’ y que nos saludemos de lejos en el patio. Para nosotras también es una manera de incentivar a nuestros chicos y transmitirles que es bueno estudiar, algo que como mamás postergamos por la familia”, asegura Laura, que se propuso terminar sus estudios secundarios en la Escuela Champagnat y seguir los pasos de sus hijos mayores. “Me gusta aprender y saber que puedo ayudar en las tareas de mis hijos, algo que no supimos hacer en pandemia porque no entendíamos o no nos acordábamos”, dice.

Conseguir un trabajo mejor

Para Marina Ramírez, de 36 años y también mamá de seis hijos, terminar el secundario significa concluir una etapa pero también cumplir con un requisito que le piden cada vez que se presenta a un trabajo. “Para todo te piden el secundario completo, hasta para limpiar una casa. Por eso cuando me enteré que estaban por abrir una escuela para las mamás, enseguida quise anotarme porque conozco a todos los profesores y las maestras, y también porque todas nos conocemos del barrio”, asegura sobre esta etapa que no pudo concluir ante el avance de su embarazo. “Por eso con mi marido siempre les decimos a nuestros hijos que tienen que terminar, porque es la única forma de seguir adelante, y estamos contentos porque el mayor está estudiando para ser maestro de música”, cuenta con orgullo.

Sandra Núñez coincide con su compañera Marina y dice que terminar la escuela secundaria podría abrirles nuevas oportunidades laborales. Se desempeña como empleada doméstica y le gustaría tener la posibilidad de acceder a un empleo mejor pago que colabore un poco más en el economía de su casa. “Estudiar es como empezar todo otra vez pero con otra edad y experiencia de la vida”, admite la alumna de 33 años y madre de dos hijos.

Quiso retomar hace tres años el secundario en una Eempa del macrocentro de Rosario pero al cursar de noche llegaba muy tarde a su casa y no encontraba quién cuidara a sus chicos. “Al igual que mis hijos —dice— empecé la Escuela Champagnat en jardín pero llegué hasta noveno grado”. Reconoce que la institución siempre la ayudó y que gracias al maternal pudo salir a trabajar.

Cuando empecé mi hijo más grande que cursa tercer año me dijo que estaba orgulloso de mí y que era importante que terminara la escuela. Sus palabras me animan y me dan fuerzas todos los días, y ya me ofreció su ayuda para cuando no entienda algo”. El menor también quiere participar en sus tareas: “Siempre dice que me quiere ayudar. El otro día teníamos que entregar una polea y me perdió casi todos los palitos de brochette que había utilizado para armarla”, cuenta su mamá.

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