Leer es una actividad que se hace continuamente, aún sin que quien lee se dé cuenta de ello. No se puede evitar. Se lee una receta, un mapa, las instrucciones de uso de un electrodoméstico, el subtitulado de una película, un cartel, un folleto, un email, una factura, un mensaje de texto, un WhatsApp, una carta, un diario, una revista, un libro.
Se lee en papel, en pantalla, en la pared. Se lee porque se sabe leer, porque se puede leer, porque se quiere leer, o aun sin quererlo. Afortunadamente, resulta difícil dejar de leer, al punto que más de una vez no sabemos dónde, pero sí sabemos que leímos.
Leer es mucho más que poner los ojos en lo escrito, es ponerse uno en lo escrito, con su propio bagaje interpretativo. Leer tiene un significado tan profundo y denso, que en su extensión polisémica se lee la coyuntura, la realidad, se leen las circunstancias, se lee la música, se lee la cancha, se leen cifras y porcentajes, se leen las estadísticas, los mapas, las manos, se lee la intención y hasta con doble intención, se lee al pie de la letra, se lee literalmente y se lee entre líneas. Se lee de un vistazo, se lee deletreando, se lee de corrido, se lee sin leer.
Leer supone interpretar, comprender, producir significado, crear. Este concepto encierra un profundo sentido que ubica al sujeto lector, al sujeto cognoscente, como eje y protagonista de la acción interpretativa.
En consonancia con esta lógica, leer no es descifrar. No se puede reducir un acto de tal cuantía a un simple acto perceptivo de reconocimiento de formas gráficas asociadas a sonidos determinados.
La lectura se adquiere en épocas tempranas y por lo general acompaña a cada sujeto hasta los últimos momentos de su vida. Noble función que se ejerce aun cuando otras claudican o se entorpecen. La lectura es uno de los productos culturales más valorados por la sociedad.
Saber leer es poseer una herramienta de inclusión social. No acceder a la lectura marca una exclusión que conmina a los sujetos iletrados a la transmisión oral, a que otro les lea lo que ellos no pueden, a que otro les explique o les cuente aquello de lo que la mayoría de la comunidad se apropia con autonomía a través de la lengua escrita.
La condición de no lector ubica al sujeto que no lee en una relación de sumisión y dependencia respecto de un otro que entiende lo escrito y le transmite el conocimiento y la información según ese que sabe leer la interpreta. La condición de no lector coloca al sujeto en una situación de vulnerabilidad. La posibilidad de leer es fundamental para la autonomía personal, el bienestar y el desarrollo de la persona, de las comunidades y las naciones. Leer es un derecho que se puede desplegar y cultivar tan sólo si se aprendió a leer. Si hubo una escuela, un maestro que enseñó a leer y que ofició de garante de ese derecho.
Durante décadas la escuela ha propuesto la lectura como un conjunto de habilidades a desplegar a través de un severo entrenamiento, la comprensión de lo leído será una consecuencia lógica del afianzamiento de estas destrezas. Promediando ya la segunda mitad del siglo pasado se registra, dentro del campo pedagógico, el aporte de la lingüística, que ubica la lectura como un proceso lingüístico en el que se conjugan pensamiento y lenguaje. Esta mirada hace hincapié en que el sentido de un texto no se restringe a las palabras u oraciones que lo componen, sino que habita en la mente del escritor que lo produce y en la del lector que reconstruye ese texto escrito en forma significativa para él.
Leer es una aventura, es un riesgo, es un logro, es la conquista de un saber, de un instrumento, es un poder. Leer produce extraños y variados efectos.
Aprender a leer supone un largo proceso psicogenético que va desde un primer ensayo imitativo hasta una interpretación comprensiva.
“Para que la institución escolar cumpla con su misión de comunicar la lectura como práctica social, parece imprescindible una vez más atenuar la línea divisoria que separa las funciones de los participantes en la situación didáctica. En efecto, para comunicar a los niños los comportamientos que son típicos del lector, es necesario que el docente los encarne en el aula, que brinde la oportunidad a sus alumnos de participar en actos de lectura que él mismo está realizando, que entable con ellos una relación de lector a lector. Desde esta misma perspectiva, en el curso de una misma actividad o en actividades diferentes, la responsabilidad de leer puede recaer en algunos casos sólo en el maestro o sólo en los alumnos, o bien puede ser compartida por todos los miembros en grupo. La enseñanza adquiere características específicas en cada una de estas situaciones” (Lerner, 2011: 152).
Las posturas constructivistas ubican la lectura como un proceso interactivo, como una transacción que se establece entre el lector y la información que aporta un texto, a partir de la cual se genera el sentido. De esta fusión entre el lector y el texto ambos resultan transformados.
La lectura se concibe entonces como un proceso global de interacción entre el lector y el texto. El sentido de aquello que se pretende transmitir a través de la escritura no es patrimonio del texto, sino que habita entre la mente del autor y del lector y es este último quien construye el sentido interactuando con el texto. En la comprensión de un texto se amalgaman las cuestiones que el autor intenta transmitir con la intencionalidad del lector, con aquello que este busca al leer, sus motivos e intenciones.
El que escribe tiene un propósito de significación, pero es el que lee quien sanciona el escrito y le confiere valor, significación. El lector otorga sentido a la palabra escrita desde sus propios esquemas referenciales, sus hipótesis y sus búsquedas, desde su lugar de sujeto activo. Se suman y amalgaman los saberes previos con que cada lector se acerca al tema. Quien lee entonces puede producir significado porque reconoce en ese texto información muy variada, visual, sintáctica y semántica de la que él es capaz de dar cuenta.
Al leer, el sujeto lector reconoce los vínculos que existen entre esa representación gráfica, el lenguaje y el mundo de las ideas. Interpreta cuestiones sintácticas, reglas que gobiernan el ordenamiento de los elementos lingüísticos que le permiten obtener significado y reconoce la información semántica que revela los conceptos expresados a través de un vocabulario determinado.
Las derivaciones lógicas que cada sujeto puede establecer ante un texto dependen de sus experiencias previas al respecto, de los contactos que ha tenido con los actos lectores, de los esquemas conceptuales desde los que interpreta y produce el conocimiento y de su deseo por leer, independientemente de la edad y o el “nivel escolar” en el que se encuentre, y con todo esto se las tiene que ver la escuela secundaria, lo que justifica trabajar con las intervenciones textuales que vimos en páginas anteriores y con todo recurso que fomente, acerque, incentive, favorezca y propicie el acercamiento a un texto.
(*) El texto forma parte del libro “Accesibilidad educativa en la escuela secundaria” (Homo Sapiens Ediciones).